5. Rolando Andrés Escobar Contreras

Relato basado en los testimonios de su madre Roxana y de su hermana Sandra

Rolando Andrés Escobar Contreras

Rolando Andrés Escobar Contreras

-¡Laco, te llama el Reyes por teléfono!
Se estaba quedando dormido. Era cerca de la medianoche y al otro día debía
levantarse temprano para irse al regimiento. Desde Cabrero a Los Ángeles el trayecto
duraba, en promedio, una hora.
-¿Aló?
-Oye Escobar, ¿te conseguiste la cámara? Ya tengo el rollo para que nos
tomemos las fotos en Los Barros, a lo mejor hay nieve y es la última vez que voy para
allá. ¿Y cuándo te venís? Yo estoy desde el domingo en el regimiento.
Rolando no parecía muy animado. En verdad, esta vez no tenía tantas ganas
de ir a la instrucción de los “pelaos”. Ya conocía el Refugio Mariscal Alcázar de Los
Barros y la perspectiva de ir nuevamente, esta vez en el rancho, no le parecía tan
atractiva, por lo menos, comparado al interés de Reyes. Le parecía un poco raro que él
anduviera tan contento, porque nunca le gustó estar adentro del ejército. Quizás era
por la perspectiva de que le quedaba poco para salir licenciado, ya que a fines de ese mes terminaría su instrucción.
-Escobar, ¿me escuchái?
-Sí, sí, no te preocupís, yo llevo la cámara.
Volvió a acostarse. Hacía frío en Cabrero esa noche y arriba sería mucho peor.
La certeza de esto le dejó un cierto grado de angustia e inquietud. Claro, Rubén Reyes
estaba contento porque sabía que de vuelta de esta campaña los licenciarían. Pero su
propio destino era algo incierto, ya que él quería seguir en el ejército. En cambio,
Rubén lo único que anhelaba era salir luego del servicio y volver a Mulchén con su
familia, juntar plata para estudiar algo con su hermano que había salido del regimiento
en marzo. Rubén le había contado que tenía un nexo especial con su gemelo Benjamín,
en realidad eran idénticos, y por eso mismo los habían dejado en distintas compañías.
Era simpático y buena persona Rubén, ahora le estaba enseñando a tocar guitarra y
lo había invitado a la iglesia cristiana, religión que compartían. Le regalaba textos
sagrados, ya que su padre era pastor en Mulchén. Lo extrañaría una vez licenciados.
-¡Laco, contesta ese celular, ya son como las dos de la mañana!
-Sandra, si es el Reyes dile que estoy durmiendo y que ya tengo lista la
cámara.
Su hermana contestó el llamado. Claro, era otra vez Reyes desde el regimiento.
Le dejó el mensaje que tenía todo listo para el otro día. Era llegar y embarcarse a Los
Barros. Rolando se durmió.
-Laquito hijo, despierta. Son las seis. Levántate para que tomes el bus de las
siete.
Se acabó el descanso. Ya era martes. Sabía que debía regresar al regimiento y
pese a que no habían razones concretas, no tenía ganas de irse de la casa.
-No mamita, no te preocupís, si ya hablé ayer con mi sargento Monares y me
dijo que llegara más tarde, como a las nueve.
A las ocho de la mañana, su madre volvió a hablarle.
-Hijo, son las ocho, levántese a tomar el bus.
-No mamita, me voy más tarde.
-Laquito, no vaya a ser que tengas problemas allá, porque me dijiste que tenías
que irte antes de ayer, que te ibas ayer, ahora que te ibas a las nueve y nada.
-Ay mamita, no. Si llamé de nuevo para allá y me dijeron que me fuera en la
tarde.
Está raro Laquito. Así lo había visto Roxana, la madre, desde que llegó el
viernes pasado para quedarse unos días en casa antes de irse a Los Barros. No parece
el mismo, está mucho más callado que de costumbre, come poco, sólo se lo pasa
escuchando música con audífonos en la pieza. Y resulta que ahora Rolando no quiere
irse, cuando siempre le ha gustado tanto el ejército y estaba tan contento, porque lo
dejaron quedarse hasta mayo y no lo licenciaron en marzo, como a la mayoría de sus
compañeros.
Mientras para unos soldados quedarse hasta mayo fue un verdadero castigo,
Laco lo consideraba como un premio y a la vez, una posibilidad de continuar trabajando
de planta en el regimiento, tal como se lo había explicado el sargento segundo Luis
Monares Castillo, a quien le tenía mucha estima.
-Mamá, sabes que mi sargento Monares me dice que siga aquí en el rancho, que
él mismo me puede “apitutar”, aunque sea para reemplazos. Pero que después puedo
quedarme adentro y tener hasta un sueldo fijo.
-Ay Laquito, ¿por qué no te sales del regimiento mejor? Yo te pago un curso de
guardia y te quedas aquí, en la fábrica en Cabrero.
-No pues mamá, si hasta mi teniente Aguirre dice que soy un siete para el
ejército.
Su madre sabía que el hijo no le mentía y que los militares tampoco lo adulaban
gratuitamente. Rolando desde pequeño, a diferencia de sus hermanas, no cuestionó
órdenes en la casa, así es que cumplía con el prototipo de disciplina militar. En el
regimiento obedecía a todo rápidamente. Su hijo tenía la mentalidad de un niño, no le
gustaba tomar alcohol ni salir a fiestas. Jugaba con niños menores que él y ella sabía
que eso, en parte, se debía a que Laco era un poco más lento que los jóvenes de su
edad. Cuando era pequeño y tenía un rendimiento deficiente en el colegio, ella lo había
llevado al médico, donde le dijeron que siempre iría un poco más atrás que los niños
de su edad. Le recetaron medicamentos y con eso superó algo sus notas, pero fue una
profesora la que les dijo que suspendieran el tratamiento, que mejor era aceptar al niño
y dejarlo así, en lugar de hacerlo dependiente de pastillas. No lo medicaron más.
De niño formó parte de un club de fútbol, al que perteneció hasta que una riña
después de un partido le quitó todas las ganas de seguir jugando a la pelota. Ese fue
más o menos en el mismo periodo que se mudaron a Cabrero, desde Chillán. Su familia
recuerda que un poco antes de esa mudanza y siendo aún muy pequeño, Rolando se
subió al techo de la casa, siguiendo los pasos de su padre que estaba haciendo unos arreglos.
Cuando llegó arriba encontró que estaba tan alto que se asustó y decidió bajar.
El problema fue que no encontró escaleras, así es que cayó sorpresivamente desde el
techo al suelo, provocando las estrepitosas risas de sus hermanas mayores y la ira de
la madre, que llevaba rato previniéndole que no subiera. Pero Rolando era difícil de
seguir, porque era muy silencioso, entonces sus travesuras salían a la luz una vez que
ya estaban hechas y no quedaba más que reírse de ellas.
Se transformó en el regalón de la familia y más que nadie, de la mamá. Era el
menor de tres hermanos y el único varón, así es que se sabía protegido por todos en
la casa. En especial por Roxana, que prácticamente no le daba autorización para que
saliera a ningún lado. Lo crió apegado a ella. Durmió con él hasta los quince años y lo
sacó a regañadientes de su lado. Pero hasta ahora, lo seguía yendo a dejar al bus cada
vez que se iba al regimiento a Los Ángeles, motivando las burlas de los choferes que le
recordaban que su hijo ya “estaba grandecito”, como para que ella lo fuera a dejar.
Esto mismo hacía que Roxana tuviera sus aprensiones de que siguiera en el
ejército. Ni siquiera quería que hiciese el servicio, para que no le maltrataran a su
chiquillo. Durante ese primer período se despertaba angustiada todos los días a las
cuatro de la mañana, porque alguien le había dicho que a esa hora levantaban a los
“pelaos” y los hacían ducharse con agua helada. Su marido se reía de ella. Pero ahora
Rolando ya estaba en la fase final de la instrucción y había encajado a la perfección en
la rígida estructura militar.
De todo esto se acordaba Roxana de viaje a Los Ángeles. Había salido cuando
su hijo dormía, confiada en que éste se iría a las seis de la tarde y ella alcanzaría a llegar
a Cabrero para despedirlo y entregarle el dinero necesario para los pasajes de regreso
a casa.
Pero cuando volvió, Laco se había ido. Desesperada, le preguntó a Sandra,
quien la tranquilizó diciéndole que había ido a dejar a su hermano menor y que le dio
“cinco lucas”, para que se comprara algunas golosinas que quería llevar a la cordillera y
le quedara algo de dinero a su regreso. Partían al día siguiente a Los Barros y apegada
como era a él, no pudo más que sentirse deprimida. Entonces recordó un diálogo que
habían sostenido el día anterior, en el dormitorio de Rolando, mientras arreglaba sus
cosas.
-Mamita, voy a Los Barros y si a mí me llega a pasar algo tienen que entregarte
una bandera.
-¿Y para qué?
-Todos los soldados tienen derecho a una y cada uno de nosotros tiene la suya
si nos llega a pasar algo.
-¿Qué te va a pasar? ¿Y yo para qué quiero una bandera?
-No sé, pero tienen que dártela. Sabes que igual tengo un seguro de vida y hay
una indemnización que tiene que darte el ejército por cualquier cosa. Además, tienes
que quedarte con sueldo.
-¿Y por qué estás hablando esas leseras tú? Si me voy a ir yo primero, soy
hipertensa y vas a tener que enterrarme tú.
-Pero es que hay que ponerse en todos los casos, ¿cómo sabís que me pasa algo
arriba? Su madre intentó borrar la conversación de su mente. Pero no pudo. Sintió
como si una sombra oscureciera de pronto lo que quedaba de día. Como no logró
alejarla, optó por irse a descansar. Mejor dormir antes de pensar que algo malo pudiera
pasarle a su hijo más mimado.
Mi hermano Laco fue de los primeros cinco en llegar. Aunque no decían nada
oficial, yo desde el mismo miércoles 18 supe que algo malo había ocurrido. Primero,
porque supimos de un accidente en los camiones y sabíamos que el Laco, como era de
rancho, tenía que bajar en ellos y no marcharía. Entonces, temí que estuviera entre
los muertos que decían por el volcamiento. Pero después supe que no, que no era eso,
que fue una tormenta que pilló a unas compañías. Tuve la esperanza en que el Laco
no hubiera marchado, porque no era pelao, y que permanecía en el refugio de Los
Barros. Pero no. El Laco, por una razón que todavía no entendemos, marchó. Parece
que como los camiones quedaron enterrados en la nieve, el sargento Monares tenía que bajar a preparar la comida para las compañías que llegaban a La Cortina y en eso, lo
acompañaron tres soldados de rancho: sólo uno se salvó. El Laco murió con su amigo
Reyes. Pero esa claridad la tuvimos meses después, cuando incluso vino un tal sargento
Ríos a contarnos que allá arriba le dijo al Laco que no marchara, pero ellos estaban a
cargo del sargento Monares…
Esos testimonios no hacen más que remover nuestro dolor, porque las
verdaderas respuestas se las llevaron quienes ya no están con nosotros. Y con el tiempo, poco se nos ha aclarado. Aunque al principio todo era confusión. Primero el miércoles en la noche, el Laco salía en las listas que pegaban en el gimnasio militar y aparecía entre los que estaban en el refugio, pero cuando volvimos a mirar los listados los habían cambiado sin que nos diéramos cuenta y el Laco ya no aparecía. Mi mamá se volvió loca. Comenzó a gritar en medio del gentío que su hijo no aparecía. Entonces un milico nos dijo que si no estaba en las listas, era porque venía marchando. Yo estaba con un familiar de otro soldado de por acá, era un caballero de Cabrero que encaró a un militar.
Le dijo que si no decía la verdad, le iba a sacar la cresta, porque él conocía la montaña
y sabía que ellos ocultaban algo. El militar, el capitán Alliende, le dijo: “Está la pura
cagá, porque hay más de cien desaparecidos y la mayoría muertos, porque ya hemos
localizado a trece cuerpos”. A esa hora, a las nueve de la noche en la tele, decían que los
muertos eran sólo cinco. Yo ya sabía que eran muchos más y supuse que mi hermano
estaba allí.
Pero al día siguiente, el jueves 19 en la tarde, veo llegar a unos camiones y
pensé que venía el Laco. Empecé a aplaudir de contenta, igual que el resto de la gente.
Aplaudíamos para dar la bienvenida a nuestros soldados sobrevivientes. Y todos los
niños se fueron a enfermería y yo me quedé afuera. Y cuando voy caminando contenta
hacia adentro del regimiento, va un soldado abrigado con su ropa, como gordo, parecía
astronauta, iba abrazado de dos personas, con una señora y un joven. Le pregunté
si venía de la marcha. Me dijo que sí, que venía en los camiones que habían llegado
recién.
-¿Tú conoces a mi hermano, el Escobar? El soldado antiguo, de rancho.
Y él me quedó mirando.
-Lo siento, no, él no está con nosotros, ¿qué eres de él? -Soy la hermana.
Y me miró de una manera tan sombría. Él sabía que estaba muerto y no me lo
podía decir. Y en la oscuridad, ni siquiera pude ver su nombre.
Volví al gimnasio y todos sabían que mi hermano ya no estaba, porque como
era antiguo, todos lo conocían. Cuando entré agarré del brazo a un militar y llorando
le pedía que me dijera si estaba vivo o muerto, pero no me podía decir nada, no era su
deber. En eso escucho por los parlantes que llamaban a la familia de Rolando Andrés
Escobar Contreras, y ahí yo pensé, a lo mejor está en la enfermería y nos están llamando para que lo vayamos a visitar. Me puse contenta, pero en lugar de la enfermería nos llevaron a la capilla. Eran las cinco familias de los primeros que encontraron. Nos dijeron que estaban todos muertos. Fue Mercado el que dijo eso. Los nombró uno por uno. Todos están muertos. Después nos dice que no los han podido rescatar, porque las patrullas siguen encontrando cuerpos enterrados. Toda la gente se sublevó y Mercado nos pidió que no le dijéramos nada al resto de los familiares que estaba en el gimnasio.
A nosotros no nos dejaban ir, estaba prohibido, nos tenían encerrados. Teníamos más
información que los demás y no podíamos decirles que estaban todos los niños muertos y quedando enterrados, porque seguía nevando arriba.
Todo se supo al día siguiente.
A mi hermano lo entregaron el sábado, en ese funeral que hicieron a los trece
primeros soldados, con el Presidente y el Ravinet. ¡Recién ahí los desgraciados pudieron entregar los cuerpos! Nosotros siempre pensamos que estaban ahí desde antes, porque es demasiada casualidad que justo al llegar el Presidente o el ministro aparecen los cuerpos. Y ese día llegó tanta gente, que yo me perdí en Los Ángeles. Además que andaba tan mal, que cuando terminó la ceremonia me puse a seguir una de las trece carrozas. Eran todas iguales. Pero no me di cuenta y no era la de mi hermano. Voy a buscar a mi mamá y ella se había ido. Me confundí de carroza. No hallaba qué hacer y justo venía saliendo el furgón de carabineros de acá de Cabrero. Les expliqué y me conocían. Me trajeron y al llegar, mi hermano ya estaba adentro de la casa, todo con
flores y velas, y toda la casa llena de gente. Nunca pensé que mi hermano era tan
querido, porque como salía tan poco no creía que lo conocían tantas personas. Pero
llegaron todos y su funeral fue algo tan lindo. Ellos contaban las cosas que hacía el
Chocho en el colegio, o los recuerdos que dejó en la gente. Una ni se imagina.
Ahora que han pasado varios meses, dejé de trabajar para que mi mamá no se
quede sola. Sé que el Laco era su preferido por sobre nosotras y eso mismo me hace
querer ayudarla aún más. No quiero que esté sola. Al principio incluso nos rechazaba
a todos, pero una noche soñó con mi hermano y le dijo que estaría con ella siempre y
le pidió que nos cuidara. Entonces, mi mamá cambió un poco; ahora por lo menos nos
mira.
A veces la veo llorar en silencio, a escondidas, mientras hace las cosas de la
casa. La dejo y hago como que no la veo, pero otras veces no me aguanto y la acompaño
cuando está en el dormitorio abrazada de la foto del Laco. La molesto. Me echa de la
pieza, pero me quedo con ella, no la pesco. Prefiero quedarme allí aunque me rete. A
veces veo cómo mi papá quiere hablar del Laco, pero mi mamá le cambia de tema. No
lo deja ni siquiera que revuelva la ropa de su hijo. Lo quiere todo para ella.
Pero yo la entiendo y la dejo. Mi papá le pide que no lo llore tanto, para que lo deje descansar en paz y no lo haga sufrir más. Y ella sueña con que cualquier día de éstos llegará de la montaña.
Yo la dejo, pero también tengo mi rabia con el Laco. Hay varios testimonios
de sobrevivientes que dicen que el soldado antiguo Escobar los animaba y los ayudaba
a seguir, que incluso ayudó a armar un refugio. Y yo digo, puta el cabro tonto éste,
Laco de mierda, por qué ayudó, por qué se detuvo en medio del temporal, por qué no
se salvó mejor y se preocupó de él, por qué no siguió avanzando. Ahora hubiera estado
con nosotros y no tendríamos este dolor tan grande que nos rompe el alma. Pero mi
hermano era así de generoso y tal vez, dentro de todo, es el mejor consuelo que nos
pudo haber dejado.

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