Narración Completa de la Marcha

– Publicado en “Antuco, 45 voces de una tragedia” (2009)

Podría considerarse el viernes 29 de abril de 2005 como el día en que se inició la serie de decisiones que culminó en la catástrofe que, tres semanas después, sucedería en las inmediaciones del volcán Antuco. La jornada de ese viernes 29 fue de fiesta para los muchachos y sus familias, que acudieron en masa, a la ceremonia de entrega de armas efectuada en el patio del Regimiento Reforzado número 17 Los Ángeles. Aunque no podían saberlo, para 44 de estos jóvenes comenzaba el último fin de semana en sus hogares.

Ese viernes en el regimiento la orden del día número 84, emitida por el comandante de la unidad militar, coronel Roberto Mercado, dispuso que la instrucción básica de los soldados se realizara en el Refugio Mariscal Alcázar. La sólida edificación, de más de sesenta años, está ubicada en plena cordillera de Los Andes en el denominado sector de Los Barros, a unos mil ochocientos metros de altura, en la zona geográfica del volcán Antuco, al sur de la laguna Laja y a más de cien kilómetros al este de la ciudad de Los Ángeles.

Mercado había visitado el jueves de la semana anterior, el 21 de abril, el refugio de Los Barros con la finalidad de verificar en terreno las instalaciones, los sectores de instrucción y las facilidades que presentaba el Mariscal Alcázar para ser utilizado en el periodo de instrucción básico del contingente de soldados conscriptos.

De esta manera Mercado, asesorado por su plana mayor, ponía fin a la tradicional instrucción que se realizaba desde la década del noventa en el sector de Laguna Verde, veintinueve kilómetros al norte de Los Ángeles. El comandante del regimiento decidió cambiar de lugar debido a la cercanía de un vertedero en las inmediaciones del predio, lo que generó su preocupación respecto a que los soldados pudieran contagiarse con el virus Hanta.

Días previos

Luego de la concurrida ceremonia de entrega de armas, los jóvenes partieron a sus hogares para pasar en familia, su primer fin de semana desde que ingresaran a cumplir con su servicio militar a principios de abril. En total, eran unos cuatrocientos y la mayor parte de ellos voluntarios; además, ese año por primera vez se integraba contingente femenino.

El domingo 1 de mayo los soldados volvieron a acuartelarse al regimiento angelino. Varios de los relatos que están en este libro rememoran la escena de despedida de sus familiares y el ánimo de los chicos por conocer la nieve, ya que la mayor parte de ellos nunca la había visto. Sabían que partirían a su primera campaña en la cordillera. Y lo hicieron, iniciando así el denominado subperiodo del combatiente básico. El jueves 5 de mayo subieron en los camiones militares las compañías de cazadores e ingenieros; el viernes 6 las compañías andina, plana mayor y logística; el sábado 7, la de morteros.

En este momento surge un elemento que sería clave en el proceso judicial que se efectuaría posteriormente. Con fecha 5 de mayo, el Comandante en Jefe de la Tercera División de Ejército impartió a todas las unidades bajo su jurisdicción –a la que también pertenecía el regimiento angelino- el documento Instrucciones para el Nuevo Proceso de Instrucción y Entrenamiento de Aplicación en el Ejército. Dentro de este instructivo se encontraba un plan de marcha de entrenamiento aeróbico que contemplaba un periodo de especialización técnica, precisamente el que estaban desarrollando los conscriptos angelinos. Este documento determinaba que el contingente podía realizar marchas con un máximo de duración de ochenta y cinco minutos, fijando una distancia tope de cinco kilómetros, con un equipo de hasta siete kilos. Todo esto bajo condiciones atmosféricas normales.

Hojas manuscritas

La campaña se desarrolló en las instalaciones del Refugio Mariscal Alcázar, lugar que albergaría a los más de cuatrocientos uniformados, quedando a cargo del comandante del batallón de infantería, el mayor Patricio Cereceda. Los contactos con la unidad angelina se mantenían vía enlaces radiales, de manera regular, cuatro veces en el día: ocho de la mañana, mediodía, seis de la tarde y ocho de la noche, sin perjuicio de contactos extraordinarios cuando así fuese necesario.

El lunes 9, el comandante del regimiento, coronel Mercado, visitó el refugio cordillerano y regresó a Los Ángeles el mismo día. Dos días después llega el delegado de la Tercera División de Ejército, William Dörner a pasar revista a las tropas en la cordillera, pero desiste de subir por mal tiempo. Esa misma semana, el jueves 12, el coronel Mercado vuelve a Los Barros, pernocta en el lugar y supervisa la instrucción nocturna.

Ya el sábado 14 de mayo, a eso del mediodía, Cereceda elabora el parte de resolución en que propone las fechas y las horas para la realización de una marcha de repliegue, actividad con la que terminaría la instrucción de los soldados en Los Barros. Reunido con los capitanes, se coordinan los horarios de descenso de las compañías. El plan señalaba que las cinco compañías más el pelotón logístico marcharían desde Los Barros hasta otro refugio del ejército conocido como La Cortina, caminando veinticuatro kilómetros por una ruta que en su mayor parte bordeaba la laguna Laja y que en periodos sin nieve, es un camino de dunas oscuras, sin grandes alturas. Llegando al refugio de La Cortina, los jóvenes serían trasladados en camiones hasta Los Ángeles.

Las dos hojas manuscritas en las que Cereceda escribió el plan de repliegue las envió en un sobre café a su superior directo en el regimiento, teniente coronel Luis Pineda. Dos días después, el lunes 16, se le informa telefónicamente (o radialmente según el auto de procesamiento) que fue aceptada su propuesta, pero sin incluir la marcha nocturna que había propuesto originalmente para las compañías morteros y andina.

Las Señales

Al día siguiente, el martes 17, el coronel Mercado cumplió con parte de las labores protocolares propias de su rol a cargo del regimiento angelino. Por la mañana asistió a la ceremonia del centenario del Regimiento Húsares de Angol, tras lo cual regresó a reunirse con el alcalde de Los Ángeles para coordinar algunas actividades por el aniversario de la ciudad, que se conmemora a fines de ese mes.

En tanto, en la cordillera y a raíz del clima imperante se finaliza la campaña con algunos cambios respecto a lo planificado, modificando la propuesta original de Cereceda: se suspendió la revista de instrucción nocturna y se reestructuró la orden de marcha. Ahora se efectuaría en tres series empezando ese mismo martes con la caminata de las compañías de plana mayor y cazadores (que incluían contingente femenino); el miércoles 18 marcharían las compañías morteros y andina, mientras que el jueves 19 lo harían ingenieros y el pelotón logístico. Según la primera declaración judicial de Cereceda, le comunicó esta nueva propuesta al jefe de plana mayor en el regimiento, Luis Pineda, quien tomó conocimiento de esta decisión.

Recién a las dos de la tarde del martes 17 comienza su trayecto de veinticuatro kilómetros la Compañía de Cazadores. Una hora más tarde lo hace la Compañía de Plana Mayor y Logística. Parten desde Los Barros con el objetivo de llegar a La Cortina. Esa misma tarde, debían realizar igual bajada dos camiones trasladando al personal que no estaba en condiciones de marchar, así como los materiales y víveres. Sin embargo, luego de haber recorrido casi un kilómetro, los vehículos quedaron atrapados en el estero El Volcán, ubicado en el sector aledaño al refugio en Los Barros. El medio metro de nieve que había caído develaba los primeros trastornos a la programación realizada por el mayor Cereceda. Al mismo tiempo se constituía en la primera advertencia para un grupo de oficiales y suboficiales que tenían experiencia en marchas en este sector .

Si este último hecho no fue suficiente aviso, la alarma representada por el sargento Abelino Tolosa, al ver partir a la Compañía de Plana Mayor y Logística a esa hora de la tarde y en esas condiciones climáticas, fue muy explícita. Sin embargo, recibió la dura respuesta del mayor Cereceda, quien lo calificó de “alarmista”.

Mientras esto sucedía, las primeras compañías continúan su marcha hacia La Cortina en la tarde de ese martes. Ambas se encuentran en el trayecto. Debido a lo retrasado que iniciaron su travesía en la cordillera, la caminata fue en gran medida a oscuras y soportando condiciones adversas, ya que el viento y la nieve impidió un avance más rápido de la columna. Finalmente lograron arribar a La Cortina a eso de las once de la noche, sin personal fallecido, pero con algunos accidentados. No comunicaron su arribo a Los Ángeles, como estaba estipulado, ni menos las condiciones en que habían marchado.

En este punto es importante consignar que en la marcha de repliegue de las cuatro compañías que alcanzaron a efectuarla, el personal de planta lo hizo con una vestimenta distinta a la de los soldados conscriptos. Los primeros marcharon con tenida goretex, confeccionada en tela sintética, revestida en el interior con una membrana microporosa de teflón, mientras que el exterior impide el ingreso de agua (lluvia o nieve) y dificulta el paso del viento. De acuerdo a los antecedentes proporcionados en el proceso judicial por el Instituto de Investigación y Control del Ejército, la tenida goretex del personal de planta contribuía a mantener la temperatura corporal del usuario, permitiendo a su vez el paso del sudor hacia el exterior. En cambio, los soldados marcharon con su tenida de combate normal rip stop, la que se les entrega en el periodo de conscripción y que no está diseñada para enfrentar climas tan adversos como el registrado en el mes de mayo de 2005.

“¡Sáquennos de Aquí!”

La dramática jornada del miércoles 18 se inició para la Compañía de Morteros antes de las cinco de la madrugada, pues algunos de los soldados habían pasado toda la noche secando su ropa, ya que ésta había terminado absolutamente mojada tras el fin del periodo básico de instrucción. Luego de desayunar un pan con un café, los jóvenes iniciaron su caminata en la nieve a cargo del capitán Carlos Olivares, quien no era experto en montaña y que, de acuerdo a los testimonios judiciales de su compañía, habría representado formalmente al mayor Cereceda la inconveniencia de realizar la marcha.

Cuando partieron “nevaba en forma suave, al principio no había viento y la sensación térmica era de aproximadamente cero, a un máximo de dos grados sobre cero”. Media hora después de iniciada su travesía en medio de la aún noche cordillerana, los soldados mojan sus botas y parte de sus pantalones al cruzar el estero El Volcán, pese a lo cual siguen marchando. Los testimonios de los soldados coinciden en señalar que parte de su enfriamiento se inició luego de mojarse en las gélidas aguas.

Mucho más tarde de lo presupuestado inicialmente, a las nueve de la mañana y a cargo del capitán Claudio Gutiérrez –experto en montaña- inicia su marcha la Compañía Andina. Estaba contemplado que esta columna partiera con dos horas de diferencia respecto a los morteros, sin embargo, un hecho doméstico la retrasó un par de horas. Algunos soldados andinos debieron ir a buscar una carpa e implementación que había quedado abandonada el día anterior a la intemperie. En esta acción resultaron completamente mojados por la nieve, a pesar de los cual se les dio la orden de marchar de inmediato, lo que fue enérgicamente resistido por algunos instructores, permitiendo así que los soldados secaran sus ropas antes de partir. Por esto, los andinos iniciaron su marcha cuatro horas más tarde que los morteros.

De acuerdo a los testimonios en el proceso judicial, aproximadamente en el kilómetro quince, esto es, pasadas las diez de la mañana, los morteros comienzan a evidenciar los primeros efectos de la caminata. El viento blanco los sorprendió de frente, justamente en la dirección que marchaban hacia La Cortina, congelando el rostro y los uniformes de los soldados primero en el flanco izquierdo, porque el viento corría desde el volcán Antuco hacia la laguna Laja. El primer soldado en mostrar claros signos de hipotermia fue el conscripto Luis Hernández que, sin embargo, sobrevivió milagrosamente. La caída de este soldado hizo que debiera ser arrastrado en una camilla de circunstancia durante un par de kilómetros en medio del temporal, hecho que lamentablemente fue fundamental en la disgregación de la columna de morteros.

A eso de las once de la mañana, la situación se agravó transformándose en una verdadera pesadilla. El sargento Abelino Tolosa decide construir un refugio de circunstancia, donde debió dejar a seis soldados que ya tenían principio de hipotermia. En medio del temporal con ráfagas de viento que superaban los ciento cincuenta kilómetros por hora y con una visibilidad de menos de cincuenta centímetros, el resto de los soldados sigue marchando, cada cual a su ritmo, siguiendo los pasos del suboficial Carlos Grandón, ya que los mandos a cargo de la compañía están ocupados de los soldados con hipotermia. Mientras caminan, los jóvenes morteros deben abandonar sus pesadas mochilas que excedían ampliamente los siete kilos reglamentarios.

Aproximadamente a las once y media de la mañana, el capitán Olivares logra comunicar la compleja situación de su compañía a Los Barros, donde permanece Cereceda. En el proceso judicial, el relato que hace el capitán respecto a esta comunicación es elocuente: mientras un enfermero le da instrucciones para combatir la hipotermia de los soldados, Olivares sólo contesta que le avisen a los andinos que retornen al refugio y que pidan ayuda inmediata a Los Ángeles, con el objetivo que rescaten a su compañía: “¡Sáquennos de aquí!”, será la frase textual del capitán de los morteros. Cereceda informa al capitán de la Compañía Andina, Claudio Gutiérrez, para que una vez que llegue al lugar preste socorro a los jóvenes que permanecen en el refugio de circunstancia.

Olivares deja a cargo de los soldados con hipotermia al sargento Tolosa, mientras decide alcanzar su compañía junto a otros militares. Al mediodía, el mayor Cereceda informa de la situación al regimiento, al teniente coronel Luis Pineda. No obstante, el comandante del regimiento, coronel Mercado, se enterará de la emergencia recién a las tres de la tarde, tras saberse que hay dos fallecidos.

Muerte Blanca

El temporal arrecia con toda su fuerza, levantando fuertes ráfagas de viento y congelándolo todo. El sargento Abelino Tolosa permanece en el refugio de circunstancia esperando a la Compañía Andina, que había partido cuatro horas después que ellos. Pero en medio de su desesperación y viendo cómo los morteros comenzaban a dormirse, Tolosa optó por ir en busca de ayuda, dejando a los jóvenes solos mientras llegaba el capitán Gutiérrez. Cuando logran arribar los andinos, encuentran a dos soldados fallecidos y a otros cuatro en avanzado estado de hipotermia.

Gutiérrez comunica esto a Cereceda a eso de las tres de la tarde, mientras decide quedarse en el refugio de circunstancia a cargo de los seis soldados. Lo acompañan el teniente Durán y el cabo segundo Castro. El resto de la Compañía Andina prosigue su marcha, al mando del teniente Zerené. En tanto, los morteros han continuado su caminata al mando de Grandón, en una cada vez más dispersa columna. Desorientados y con muy pocos instructores, el grupo de soldados continuarán su marcha sin más elementos de apoyo que su fortaleza mental. Su capitán, Carlos Olivares, junto a otros militares intentan alcanzarlos luego de haberse quedado atrás ocupados en el refugio de circunstancia.

Desesperado, Cereceda comunica inmediatamente la situación al teniente coronel Pineda en el regimiento angelino. Unos veinte minutos después, el capitán andino vuelve a comunicarse con Los Barros para precisar que hay seis soldados en el refugio construido por Tolosa: dos tienen hipotermia leve, dos están graves y dos han fallecido. Cada media hora, según el testimonio de Cereceda, Gutiérrez irá informando de un nuevo fallecido y sólo sobrevivirá el soldado Hernández. En tanto, la situación se filtra a la prensa de Los Ángeles y comienza en ese momento a hablarse de lo que parece un accidente en el periodo de instrucción, sin que nadie sospeche aún las dimensiones de la tragedia.

Por su parte, el capitán Olivares, opta por albergarse en el refugio de la Universidad de Concepción, ubicado un par de kilómetros antes de llegar a La Cortina; mientras su compañía intenta cumplir con lo ordenado y marcha tras los pasos de Grandón. Han proseguido su terrible travesía con el viento en contra, la nieve y la oscura mañana cerrándoles el paso. Finalmente 31 morteros quedaron en el camino y solo 19 lograrán llegar a destino después de diez horas de marcha.

Olivares permanece en el refugio de la universidad, que en realidad son ruinas de una hospedería que ha sido abandonada hace ya más de veinte años. Sin embargo, fue suficiente para pasar la noche de ese miércoles junto con los soldados de la Compañía Andina que lograron llegar hasta el lugar en la tarde, luego de ser afectados también por la tormenta. 14 de ellos fallecieron. Los sobrevivientes pasarán una difícil noche en el refugio, al que le arrebataron sus maderas para prender fuego y evitar así el congelamiento. En sus paredes, los jóvenes escribieron los nombres de sus camaradas que se durmieron en la tormenta en un improvisado epitafio que, durante largos meses, permaneció indeleble en estas murallas.

La Incertidumbre

Cerca de las tres de la tarde de ese miércoles 18 de mayo, Cereceda informa llorando la existencia de dos bajas al teniente coronel Pineda que se encuentra en Los Ángeles. Justo en ese momento ingresan marchando al regimiento las compañías cazadores y plana mayor, en estado lamentable luego de haber realizado la caminata de veinticuatro kilómetros el día anterior. A eso de las tres y media, Mercado es recién informado en el regimiento de la existencia de problemas en la cordillera.

Media hora después, el coronel Mercado se contacta con Cereceda en Los Barros y alrededor de las cinco de la tarde se entera de lo sucedido la Comandancia en Jefe del Ejército, cuando los reportes de prensa hablaban de dos soldados muertos. Antes de las seis de la tarde comienzan a llegar los familiares hasta el regimiento angelino. De ahí en adelante este lugar recogerá los desgarradores testimonios de padres, madres, hermanos, abuelos y amigos, que se mantendrán a la espera de las informaciones sobre el estado de sus seres queridos.

La madrugada del jueves, cientos de familiares se quedan en el gimnasio militar, pero no reciben noticias. Difícilmente podrían recibirlas si la comandancia del regimiento tampoco tenía claro cuántos integrantes de su contingente se encontraban en la cordillera, cuántos habían marchado y cuántos se encontraban extraviados.

A las ocho de la mañana de ese jueves 19 de mayo, una patrulla de rescate encuentra a los andinos en el refugio de la Universidad de Concepción y marchan, alcanzando el mediodía, La Cortina. Mientras, el capitán Gutiérrez, junto con el teniente Durán, el cabo segundo Castro y el conscripto Hernández reanudan su marcha con el objetivo de acercarse a La Cortina. Han permanecido en el refugio de circunstancia por la noche, reanudado la marcha en el día y al fin logran llegar, a las cinco de la tarde, al refugio de la Universidad de Concepción, pasando allí esa noche, tal como lo habían hecho la velada anterior los andinos y el capitán de los morteros.

En Santiago, el jueves cerca de las nueve de la mañana, el Comandante en Jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre, ya había tenido que hacer frente a las informaciones que hablaban de soldados fallecidos. En esta primera conferencia de prensa, Cheyre utiliza por primera vez el concepto de dispersos, para referirse a los jóvenes de los que no se tenía noticia y que presumiblemente estaban muertos.

La angustia arrecia en el gimnasio militar de Los Ángeles, todavía a la espera de noticias. Se publican listados con el personal que se encuentra en Los Barros, mientras se espera que disminuya el mal tiempo para iniciar las labores de rescate vía aérea. Numeroso contingente de otros regimientos del país y especialistas de diversas instituciones han llegado a colaborar en la búsqueda de los cuerpos extraviados bajo la nieve. El Presidente de la República, Ricardo Lagos, envía a Cheyre y al Ministro de Defensa, Jaime Ravinet, hasta Antuco, arribando al lugar a las tres de la tarde. Todavía no se logran entregar datos concretos con las identidades de los soldados dispersos. Esa tarde de jueves llegan hasta el regimiento trasladados en camiones, los sobrevivientes de los morteros y los andinos, con absoluta prohibición de relatar lo sucedido.

Ya al finalizar esa jornada se identifica oficialmente al soldado José Bustamante Ortiz, quien muere en el refugio de La Cortina, frente a todos sus compañeros que han logrado llegar hasta el lugar. También se confirma a las respectivas familias la identidad de otros cinco fallecidos.

Rescatando Soldados

El viernes 20 a primera hora se constata el número de dispersos, mientras las condiciones adversas dificultan el rescate en la cordillera de Antuco. Aumenta la tensión en el gimnasio y los altercados son frecuentes. Cheyre alaba el ejemplo del capitán Gutiérrez, quien por fin ha logrado arribar a La Cortina junto con los otros dos militares y el único conscripto que sobrevivió de los que estuvo en el refugio de circunstancia.

Antes de las seis de la tarde, Cheyre reconoce que son bajas las posibilidades de vida para los 44 conscriptos y el suboficial que todavía permanecen extraviados. Luego de la fatídica información anuncia que se destituye de sus funciones a Mercado, Pineda y Cereceda, comenzando así un largo periodo judicial. En medio de su relato a la prensa recibe un papel en el que le ordenan terminar con la conferencia, ya que el Presidente Lagos se encuentra confirmando en cadena nacional que 13 fallecidos regresan a Los Ángeles. Decreta duelo nacional de tres días.

El sábado 21 se realiza una ceremonia ecuménica en el patio del regimiento angelino, donde se despide a los 13 primeros soldados. La situación es de extraordinaria tensión, los familiares que todavía no encuentran a los suyos entre los sobrevivientes comienzan a mostrar su frustración y su rabia. No obstante, la llegada del Presidente de la República baja el nivel de tensión en el funeral, que cuenta con la presencia de numerosas autoridades y de la comunidad que llegó en masa hasta el patio de honor del regimiento.

Los días sucesivos fueron de traslado de los cuerpos desde la cordillera. Por cincuenta días se extienden las labores de búsqueda hasta dar con los 45 soldados que quedaron congelados en el trayecto entre Los Barros y La Cortina. Finalmente, el 6 de julio fue encontrado el último conscripto, Silverio Amador Avendaño Huilipán.

Sentencias

Los meses siguientes los familiares establecieron el rito de realizar los 18 de cada mes, un acto para clamar justicia por la muerte de los soldados, encendiendo velas en la plaza de armas de Los Ángeles. El rito lo mantuvieron hasta que la Corte Suprema ratificó, a fines de 2007, las condenas determinadas en primera instancia en febrero de 2006.

Se estableció prisión únicamente para el comandante de batallón, Patricio Cereceda, quien cumple cinco años y un día de reclusión mayor por el cuasidelito de homicidio reiterado y por ser considerado autor del delito de incumplimiento de deberes militares. Para el comandante del regimiento, Roberto Mercado se determinaron tres años de pena remitida por incumplimiento de deberes militares.

Los capitanes de las compañías mortero y andina fueron ambos sentenciados a la misma pena remitida. Claudio Gutiérrez y Carlos Olivares cumplen 800 días de reclusión tras haber sido condenados como autores de cuasidelito de homicidio reiterado.

El segundo comandante del regimiento, el jefe de plana mayor, Luis Pineda fue sentenciado a 540 días como autor de incumplimiento de deberes militares.

Finalmente, Carlos Grandón y Abelino Tolosa fueron absueltos de esta causa.

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