45. Guillermo Gabriel Foncea Sandoval

Relato basado en el testimonio de su madre Marta

Guillermo Gabriel Foncea Sandoval

Guillermo Gabriel Foncea Sandoval

Guillermo Foncea Sandoval apareció el 6 de junio. Su cuerpo traía las huellas
de la nieve. Para recordalo, su padre Wili, como buen scout tomó las referencias del
lugar en que la montaña le devolvió a su Wilo, el día que no aguantó más la angustia de
no tenerlo consigo y decidió ir a buscarlo. Habían pasado ya diecinueve días desde aquel miércoles maldito y desde entonces 41 cuerpos habían sido devueltos a sus padres.
A estas alturas, poca esperanza quedaba de aquella que con tanto afán abrigaba
Wili, saliendo en los noticiarios y asegurando que el mayor de sus hijos sabría cómo
batírselas en la nieve, porque estaba preparado para eso. Poco quedaba de ello. Más
bien, sólo el anhelo de recuperar pronto el cuerpo y el miedo inconmensurable a no
verlo nunca más. Partió a buscar a su hijo y la vida quiso que él encontrara el otrora
enorme cuerpo de Guillermo, el huellero. Estaba tan delgado, que casi no podía creer
que fuera el mismo que en vida lo derribara de un solo empellón a la hora de los juegos.
Ya no era el cuerpo fuerte que siendo hijo lo abrigaba a él, su padre pequeño. No era la
mirada vivaz del joven que desde niño aprendió de campamentos y excursiones. No lo
era. Y sin embargo estaba ahí y era él, su Wilo. Qué suerte que aparece justo cuando
lo vengo a buscar yo. Qué bendición que podré llevarle el Wilo a la Marta, que mañana
está de cumpleaños.
-Sí, es mi hijo.
Era lunes. Hacía mucho frío ahí. Había decidido ir con los cosacos en cuanto se
enteró que colaborarían en las tareas de rescate, los mismos con los que había realizado el servicio militar hacía muchos años atrás en Punta Arenas. Sufrió tanto por entonces, sí que sabía lo que era el frío que cala en el cuerpo. Bueno, Wilo también lo supo.
No quiso retornar a Los Ángeles en la cabina del camión militar. Se fue atrás
con su hijo. Solos los dos. Era el último momento de intimidad que tendrían, similar a
aquellos de campamento en que compartían más como compañeros que como padre e
hijo. Si hasta sentía que Wilo lo protegía.

Mi hijo. Está frío. Tan frío y tan delgado. Yo te arrullo como
cuando niño”. El padre se veía aún más disminuido al lado del cuerpo
inerte. “Wilo ¿sentiste dolor? ¿Sientes este dolor que ahora tengo
yo, esta punzada de frío y angustia que traspasa directo hasta mis
pulmones? Wilo, ¿por qué no fuiste ese milagro al que se refirió
Cheyre? Wilo, hijo, ¿cómo fue tu muerte? ¿Cómo fue que no pudiste,
si estábamos acostumbrados a caminar con nuestra mochila en
medio de temporales? Hijo, ¿verdad que no falleciste altiro? Hijo
¿pudiste refugiarte en una cueva? ¿Verdad que estuviste con unos
compañeros en una cueva? Qué pasó hijo. Qué te hicieron. Wilo, por
favor, dime que no sufriste, que es falso lo que dijo la mentalista que
tenías problemas para respirar. Wilo, dime que es mentira esa sangre
que se desprendió de tu nariz. Hijo, cuántas veces te caíste. ¿No veías
las estrellas para orientarte? ¿O es que te quedaste ayudando a tus
compañeros? ¡Wilo! Ahora lloro y grito en medio del ruido infernal
de este camión tan frío y oscuro, tan distinto a los paisajes del sur
donde fuimos de vacaciones solos los dos. ¿Te acuerdas, hijo, lo bien
que estuvimos esos días antes del servicio? Solos en la naturaleza.
Hijo qué nos pasó. No puedo entender cómo es que vamos ahora
viajando en medio de estos cordeles y plásticos verdes, con olor a
muerte. Mi Wilo. Tu madre lleva diecinueve días esperando a que
regreses y mañana está de cumpleaños. Está tan desesperada por
tenerte, aunque sea de esta forma, que tú serás su mejor regalo. Yo se
lo prometí.

Wilo era bueno para las fiestas y tenía un montón de amigos con los que salía.
A veces carreteaban en casa, otras en la famosa discoteca angelina Bronco. O bien,
salía al cumpleaños de un amigo y su mamá, Marta, prefería mil veces que se quedara
en la casa del anfitrión a que intentara regresar de madrugada. Pero no todo era salir.
Con sus padres jóvenes, una hermana quinceañera y un hermano menor tanto o más
amistoso que él, los encuentros se hacían en la misma casa de la villa Ciudades de
Chile de Los Ángeles. Lo mejor eran las cervezas y los cigarros acompañados de la
guitarra. La familia estaba acostumbrada a este tipo de actividades, dado que el papá
era un antiguo scout, organización a la que los tres hijos pertenecían. Wilo desde los
cuatro años que andaba junto a su padre en reuniones y campamentos, así es que no
tenían ningún problema que los jóvenes se reunieran a cantar y beber en casa. Marta
era profesora y enseñó a Wilo a cantar y tocar la guitarra, pese a que la voz del chico
no era de las mejores. Ella le enseñó a educarla cantando ambos como dúo. Marta le
inculcó el gusto por la música desde que estaba en su vientre.
El último carrete lo hizo la noche del viernes 29 de abril, cuando regresaba
convertido en soldado mortero tras la ceremonia de su entrega de armas. Había sido
todo un acontecimiento familiar, luego del cual el hijo decidió regresar caminando
desde la unidad militar hasta su casa. Se demoró horas en el trayecto, porque pasó a
saludar a cuanto amigo recordó por el camino. Vestía orgulloso el uniforme verde que
desde pequeño siempre quiso lucir.
Pero tanto ajetreo ese día le restó energías para la fiesta nocturna. Tanto así
que sus mejores amigos debieron seguir festejándolo solos, porque no aguantó el sueño que lo venció a las diez de la noche. El último mes antes de entrar al servicio lo había aprovechado muy bien en salir, porque Marta no lo dejó ir a clases. Sabía que su hijo sólo se dedicaría a hacer vida social en las aulas del Liceo A-59, al ver que a principios de abril dejaría los estudios.
Fue entonces que ese mismo mes salió de vacaciones al sur con su padre
y recorrieron la zona de Los Lagos. Mucha naturaleza y aire libre se quedaron
impregnados en las retinas de ambos hombres, quienes compartían como amigos y
compañeros. A su regreso, Wilo cuidó de sus hermanos ese último mes que estuvo en
casa, encargándose también del aseo e, incluso, de cocinarle a su madre para cuando
llegaba de hacer sus clases en la ex escuela Iansa.
Pronto llegó el mes de abril y debió enrolarse, quedando en la única compañía
que no quería, la de morteros. No tenía ningún deseo de andar cargado y sabía que
eso le tocaba a la unidad. Pero su estatura -heredada de su madre- y complexión le
jugaron en contra de su deseo, debiendo integrarse a estas filas. A la extensa ceremonia de ingreso lo acompañó su padre, Wili, quien no pudo evitar sonreírse al ver el peor desfile militar que le había tocado presenciar. Los jóvenes, todos con ropa de civil y cada cual con su paso, intentaron poner algo de marcialidad a la caminata frente a sus padres. Fue un verdadero desastre, que le puso el toque de humor a la despedida,
porque no eran pocas las madres que contenían el llanto al ver partir a sus hijos por
primera vez de sus hogares. En el caso de Wilo no era un adiós triste, sino al contrario,
siempre había querido vestir uniforme; iba al servicio porque quería y a su padre le
recalcaron una y otra vez que en ningún otro lado su hijo estaría mejor cuidado que
bajo la estricta mirada militar. Wili se fue tranquilo a trabajar en su turno de tarde en
un gran supermercado de cadena nacional.

Wilo se había enfermado cuando pequeño y yo ya había
perdido a mi hija Rocío, siendo una guagua, por eso crié a mi hijo
tan al lado mío, que empezamos rapidito a aprender juntos. Como
tengo mención en música, tocábamos guitarra, pero él no tenía voz
ni para pedir fiado. Le empecé a decir que la voz se forma sola, se va
educando, y empezamos a trabajar canciones los dos, incluso tocaba
todo tipo de música, desde folclórica hasta vals. Eso nos afiató mucho
más. Después lográbamos cantar a dos voces. Ya no se perdía. Formó
un grupo de batucada acá en la población con los chiquillos, fueron
donde el alcalde, tuvieron entrevistas y lograron todos los tarros, el
material que necesitaban. Y les hizo una sede incluso. Era un líder
muy responsable en todo sentido. Cuando estaba como en séptimo
básico, con trece años, aprendió a tocar guitarra. Después tocaba
charango, instrumentos de viento, la música la tenía en la sangre. Y
como yo tocaba con él en la guata, con la guitarra en su nariz, le era
fácil y le gustaba.
De lobato, a los cuatro años, entró al scout. Andaba con su
papá para todos lados siempre. Eran muy independientes, se iban
a acampar solos; todos mis hijos, Estefanía y Miguel, son iguales.
Siempre salieron a campamento, diez o doce días se quedaban fuera.
Wilo cargaba mochilas, caminaba cantidades bajo sol o lluvia, o
acampaba bajo tremendos temporales, entonces todo eso lo enseñaba
a ser fuerte, a sobrevivir. Sabía ubicarse con los puntos cardinales,
incluso ayudaba mucho a los otros chicos. Todavía lo recuerdan como
la persona que siempre les estaba dando ánimo. ‘Tienen que tirar
para adelante que la mamá ya se quedó atrás, destétense’ le decía a
los otros chicos.

Ese último fin de semana lo pasaron en familia. Wilo le pidió permiso a su
madre para que, al regreso de la cordillera, algunos amigos del campo se quedaran en
su casa. La idea era ir a la discoteca ese fin de semana franco, porque le pareció increíble que existiesen jóvenes que a los dieciocho años no las conocieran. Planeaban fiesta y celebración para el regreso de la montaña.
Los días previos a la partida, Wilo envió un mensaje a sus padres respecto de
los utensilios que le faltaban para irse a la cordillera. Marta llegó con Wili el día antes
del ascenso de los morteros. Hacía mucho frío esa noche de mayo, estaba heladísimo. Él salió de adentro del regimiento, venía corriendo con su traje militar corriente, el que
usaban siempre, de tela verde y un jersey de lana que era lo más grueso que llevaban
bajo el uniforme. Un diálogo entre el matrimonio, que pasó como si nada, pesaría en la
mente de Marta durante largos meses.
-Wili, ¿con esa ropa van a subir los chicos a la nieve? ¡Mira el frío que hace!
-No, Marta, estás loca ¡cómo se te ocurre mujer! Claro que tienen una ropa
especial para andar en la cordillera.
La afirmación de Wili fue tan rotunda que no dejaba lugar a ninguna duda. Sin
embargo, Marta ya veía con frío a su hijo. Era la hora de despedirse y ella le pasó un
mensaje que le había escrito, en que le decía que estaba orgullosa de él, que lo pasara
hermoso, que siempre lo tendría en sus oraciones, que no se olvidara de rezar en las
noches de su campaña. Se despidieron.
Desde ese día para Marta no paró la lluvia.
Y menos el frío.
Cuando encontraron a Wilo, después de diecinueve días de búsqueda, tenía
el papel guardado en su uniforme, al lado del corazón. Estaba todo borroso, pero aún
quedaban partes que se podían leer. Cuando el coronel le dijo a Marta lo del papel, ella
no recordaba que se lo hubiera pasado a su hijo. Finalmente logró hacer memoria del
instante en que se lo entregó, pero nunca ha podido dar con el momento en que ella
escribió el mensaje. Por más que se ha esforzado, tiene la escena borrada de su mente.
Pero es su letra y la hoja es de su agenda.

El 7 de junio es mi cumpleaños, pero Wili iba a subir el
día antes. Esa noche lloró fuerte mi perro, tanto, que lloviendo se
escuchaba su llanto en la casa. Y el perro sabía que yo tenía pena. Le
dije a mi viejo que él iba a volver con mi hijo desde la montaña.
Yo lo vi todo, como que Dios lo fue disponiendo de esa manera
porque me tocó ir a reconocer a mi hijo ese lunes 6, pero quedaba en
el Instituto Médico Legal y al otro día para mi cumpleaños tuve la
dicha de vestirlo. Hubiese sido diez veces más terrible no haberlo
tenido nunca, para mí era un regalo de Dios; aunque era una cosa
impresionante, los huesitos, le colgaba el pellejito a mi Wilo. Fueron
diecinueve días, por más comida que hubiera tenido arriba no hubiese
aguantado. Sé que cuando salieron se tomaron un café con un pan
para caminar veinticinco kilómetros, qué maldad más grande. Era
otro Wilo el que llegó, con su piel pegada a los huesos, yo lo que más
quería era que no lo vieran así. Siempre mi hijo fue muy vanidoso, le
encantaba andar bello, bonito, bien perfumado y presentado, entonces
no le habría gustado que sus amigos vieran como venía. Sellé la urna,
porque era impactante verlo como estaba, sus hermanos chicos iban
a quedarse con eso en la memoria, preferí que mejor lo recordaran
como era. Mi hija me lo reprochó muchas veces, lloraba a gritos:
‘Mamá, por qué no me dejaste verlo’, pero si fue duro para una madre,
creo que para otra persona hubiese sido muy chocante.
Me acuerdo que mi hijo siempre quiso ser héroe. Cuando
estaba en segundo medio fueron a una gira con la profesora del liceo
a Valparaíso y se tomó una foto con los héroes marinos que hay allá.
Siempre quiso ser un héroe y Dios cumplió su deseo de no morir,
de no quedar olvidado como todos. Será recordado en la historia
después, eso le decía a mis alumnos cuando estábamos estudiando
a Bernardo O’ Higgins para el 20 de agosto. ¿Saben cuántos años
estamos estudiando a estos caballeros, chiquillos? Después vamos
a estudiar a otros héroes que son nuevitos, los de Antuco, y ustedes
se sentirán orgullosos de haber conocido a uno que era hijo de su
profesora y que siempre los venía a ver.
Pienso que en la muerte de Wilo se juntaron varias cosas.
Primero, haber caído al río, porque si no corrías te congelabas. Pero
también pienso que le jugó en contra haber ido con esas tremendas
raquetas como huellero de la compañía. Entonces era más difícil
caminar, además con toda esa carga que iba, porque cuando le dijeron
que botara la mochila ya habían caminado un buen trecho. Llevar
toda esa carga, más el fusil, más la raqueta, haber caído al agua,
mal alimentado para salir, que no les hayan dado calorías. ¡Podrían
haberles dado unas barras de chocolate a todos, en vez de comprar
tanto whisky estos caballeros, deberían haber llevado más chocolate
para los chiquillos!
Esto se lo he dado a Dios, que Él haga justicia, porque dentro
de toda su misericordia nada queda sin justicia, sin pagarse, no se va
nadie arriba si no paga antes acá. El año que sea, ellos tendrán que
pagar, porque soy de la idea que esto no quedará impune. A lo mejor,
todos estos juicios de ahora serán una estupidez, no pasará nada,
pero creo que a todos se les pedirá cuenta antes de llegar arriba, ése
es mi consuelo.
Desde que se fue Wilo ya no puedo tocar guitarra, no toco
nunca. No me gusta cantar a una voz y voz ya no me queda de tanto
fumar. Realmente me marcó tanto esto que no tomo la guitarra,
excepto cuando están todos mis hermanos y todos tocan. No sé,
desde niña ya tenía una familia de músicos, mi padre era profesor,
tocaba violín; nosotros piano, acordeón, todos los instrumentos en la
casa de San José de la Mariquina. Cuando estamos con mis hermanos
vuelvo a tocar guitarra, pero sin muchas ganas, porque me falta mi
Wilo para cantar desde mi alma desgarrada…

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