44. Cristian Alejandro Vallejos Vallejos

Relato basado en los testimonios de su madre Nelly; de su tío Sofanor y de su tía Aurora

Cristian Alejandro Vallejos Vallejos

Cristian Alejandro Vallejos Vallejos

Cada cierto tiempo, Sofanor despertaba agitado por una pesadilla que se repetía
una y otra vez en sus noches. El hombre ya superaba los cincuenta años, pero la escena
onírica lo transportaba a sus días de juventud, exactamente, a sus dieciocho años. En el
sueño se veía en las dependencias del regimiento de Los Ángeles, cumpliendo de nuevo
con su servicio militar, tal como lo hiciera en su juventud. Por entonces era 1966 y
pertenecía a la Compañía de Plana Mayor. Sofanor se veía a sí mismo joven, subiendo
ágilmente las escaleras para dormir en la misma cuadra que permanecía intacta, pese
a los años. El sueño era repetitivo y siempre le mostraba la misma escena hasta que se
despertaba. Pero había en su pesadilla un detalle que llamaba su atención y que también se sucedía continuamente: en lugar de estar con el uniforme de soldado, Sofanor se angustiaba porque hacía el servicio militar vestido de civil, el único en medio de todos los uniformados.
La pesadilla se repitió durante largos años de su vida y cesó justo cuando
comprendió su significado, al perder a su sobrino Cristian Vallejos Vallejos, conocido
como el Munilque entre sus camaradas morteros, en honor al sector rural donde
residía.
“En la Compañía de Cazadores, donde marchó un nieto mío, un día antes
que Cristian, los instructores se preocuparon más de los conscriptos: mi nieto se iba
quedando dormido y un sargento lo sacó a palmetazos de su sueño. Yo no sé cómo
son las instrucciones ahora, pero de acuerdo a mis conocimientos, cada compañía
está formada por un teniente, un suboficial, un cabo y un sargento, son tres o cuatro
hombres que tienen que ir con cada compañía… ¿Por qué desampararon tanto a estos
otros mocosos? No lo sé, incluso no se dieron ni cuenta. Yo lo tengo bien claro, aunque
tampoco tengo rabia ni rencor con el cabo, que es un hombre joven y lo siento por
él, que era el instructor de mi cabro. Conversé con el cabo y me dice que cuando se
dio cuenta que Cristian se había quedado atrás, ya habían pasado como siete u ocho
kilómetros… o sea… pienso que él midió mentalmente: en tal parte venía Cristian, aquí
estoy ahora y él no viene. ¿Cómo una persona se puede descuidar tanto con un grupo
de jóvenes? Y él me dice que iba como con tres soldados, o sea, ya había perdido diez
conscriptos. ¡Cómo iba a perder diez soldados el hombre! ¿Cómo esperar a que cayeran tantos y al final, salir todos ellos ilesos? Quedaron todos los cabros atrás porque no conocían el camino y por falta de experiencia en la montaña, algunos no tenían idea lo que era la nieve”.
Su rostro moreno y fuerte se contrae, mientras su voz se quiebra al recordar
a su sobrino, criado por él y su esposa Aurora. Habían vivido juntos desde siempre,
porque cuando Sofanor se casó, se llevó a vivir a su casa a su prima Nelly y a su abuela
Pascuala. Los años fueron pasando, la abuela murió, el matrimonio tuvo tres hijos,
Nelly quedó embarazada casi al cumplir cuarenta años. Tuvo a Cristian y entonces, la
enfermedad que sufría empeoró. A Nelly le fallaban sus piernas desde niña, pero una
vez que su hijo cumplió dos años ella ya no pudo caminar más, porque las fuerzas se le
terminaron y debió valerse de una silla de ruedas. Aurora se hizo cargo del niño que
para Sofanor se transformó en un verdadero hijo, en un fiel compañero y ayudante,
tanto en sus labores agrícolas como de carpintería.
Vivían en el límite de las comunas de Negrete y Mulchén, en medio de la
espesura verde del campo de aquella apartada zona. La acogedora casa fue el escenario en que Cristian se crió con sus primos, con sus “dos madres” y Sofanor encarnando una fuerte imagen paternal. Todos lo recuerdan tranquilo, de carácter sumiso y con buenas aptitudes para jugar al fútbol, tanto así que en su sector solían ir a buscarlo constantemente, para que formara parte de los equipos que se batían en los encuentros deportivos, con que se acortaban las lánguidas tardes campesinas de fines de semana.
“No salía a fiestas, era ordenado, lo que le gustaba era el fútbol”, recuerda Nelly,
“por aquí participaba donde le hicieran jugar y era el mejor” agrega Aurora, que se
encuentra a su lado. “Se lo peleaban los clubes. Lo largaba uno y lo tomaba otro altiro
porque era bueno para jugar, tenía nombrada” dice orgulloso Sofanor, quien está a la
cabecera de la mesa a esta hora del desayuno en que ellos conversan sobre lo ocurrido
con Cristian. “Cuando no jugaba a la pelota, se lo pasaba viendo tele” agrega Nelly,
sentada en su silla de ruedas. “Veía monos, partidos, ponía música en el computador
o en la radio. Escuchaba de todo, pero no bailaba. A veces salía música buena y yo le
decía: ‘Joven ¿me puede conceder esta pieza?’, a veces se paraba y bailaba”, recuerda
entre risas Aurora. “Es que no le gustaban las fiestas, porque una vez salió a un baile de
año nuevo y se vino como a las dos de la mañana, porque se había aburrido”, precisa su
madre.
Cristian, conocido en su sector como el Chochito en alusión a su rígida cabellera,
había terminado su enseñanza media en el Liceo La Frontera de Negrete. Su anhelo era
convertirse en uniformado, no necesariamente militar, porque uno de sus primos más
cercanos era gendarme y hacia allá el joven estaba dirigiendo sus esfuerzos. Lo que sí
tenía claro era que quería pertenecer a las filas de cualquier institución armada, por eso no dudó en cumplir con el servicio militar, no obstante, los militares le dieron la opción de no hacerlo dado que era hijo único de una mujer con compleja condición de salud.
Al igual que Sofanor, el Munilque se quedó a hacer el servicio en el Regimiento
Reforzado número 17 Los Ángeles, junto con su primo Juan, aunque este último pasó
a las filas de la Compañía de Cazadores, situación que finalmente marcaría la diferencia
entre la vida y la muerte de ambos jóvenes de la familia. Mientras Juan llegó con sus
manos congeladas y contando que un sargento lo despertó de su aletargamiento por
hipotermia, de su primo Cristian nada se supo durante esos días. Aunque le preguntaron a Juan, no podía más que llorar angustiado y decir que no sabía de su primo porque pertenecían a distintas compañías y no habían marchado juntos. Él había partido la tarde antes que Cristian. Pero contaba que la nieve era mucha, que habían cruzado un río congelado, que no veían nada y que todo había sido muy difícil.

Escuchando el relato de su nieto Juan, Aurora perdió casi de inmediato las
esperanzas, por eso lo único que pedía esos días era que llegara pronto el cuerpo de
Cristian.
Nelly lucía más indefensa que nunca, mientras veía cómo su hijo le estaba siendo
arrebatado; rememoraba un sueño que había tenido esas noches y en que veía a Cristian vestido con ropa gris y que le decía: “No llore mamita, no se preocupe, que yo la vengo a ver”. El joven le tendía la mano y le pasaba algo. Entre lágrimas, Nelly le decía que no se fuera, pero él insistía: “No mamita, no me pida eso, que me tengo que ir”. La madre también recordaba el momento en que se despidieron antes que partiera a la cordillera, mientras ella lloraba porque no lo vería en largas semanas, él estaba optimista. Sin embargo, se emocionó cuando dejó a su madre sentada debajo del naranjo, siguiéndolo con su mirada ensombrecida y con ese rostro moreno, tan parecido al de él mismo.
Al escuchar las noticias y el relato de su nieto Juanito, Sofanor analizaba y
recordaba la tradición de montaña del regimiento donde él también cumplió con su
servicio militar. Por eso, sus esperanzas no se desvanecieron de inmediato ya que
confiaba en la formación y experiencia del regimiento angelino y en que, a la hora de
la tormenta en la cordillera, los mandos sabrían cómo actuar haciendo alguna especie
de refugio de emergencia en que cobijar a los soldados. Ni en su análisis más pesimista
se le pasó por la cabeza que los conscriptos estaban totalmente dispersos en los largos
kilómetros que hay entre Los Barros y La Cortina. Menos aún esperaba que los jóvenes
hubieran quedado solos marchando, porque su nieto había contado con la ayuda de un
sargento. Claro, con el tiempo se dio cuenta que quienes marcharon con la cazadores
no eran los mismos mandos que estuvieron a cargo de la morteros. Supo también que
Juanito tuvo la fortuna que no le tocara una tormenta como la que enfrentó Cristian.
Sus esperanzas comenzaron a aflojar cuando el Munilque no aparecía en
los listados publicados en el gimnasio militar. Le preguntaron a un teniente que les
respondió que Cristian permanecía en el refugio, pero que estaba más o menos no más.
Sofanor supo que algo malo estaba pasando con su sobrino. “¿Cómo va a estar más o
menossi está en el refugio? Y si está más o menos, ¿por qué no lo derivan a Los Ángeles,
a enfermería? ¿Y si está en el refugio por qué no aparece en los listados?” pensaba,
mientras los días terminaron por convencerlo que su sobrino ya no regresaría con
vida.
Tras la partida, Sofanor se ha convertido en un portavoz del sentir de las
familias, “(los militares) no piensan que dentro de los simples soldados pueden haber
cabros tan inteligentes como ellos, que quizás de ahí salen los que se van a la Escuela de Oficiales o de Suboficiales, y si un sargento trata mal a un simple pelao, no piensa que quizás en cinco años más lo va a tener delante de él con el grado de teniente. Como que no consideran eso. Los tratan mal, como perros. Dicen que no les pegan, pero les sacan el jugo, en el servicio lo revientan a uno. Ahora mismo, exponer a los cabros a todo el temporal, con una nevazón de esa naturaleza, qué cabros se iban a escapar de ahí, cómo, si no tenían los medios, no tenían bastón, raquetas, vestuario adecuado, de qué manera.
Si es como si usted caminara en un arenal suelto, no avanza nada. Ahora digo yo, al
regimiento de Los Ángeles, que se dice reforzado de alta montaña -que significa que
eran todos capacitados- ¿cómo el tiempo se los comió? ¿Y si hubieran estado en una
batalla contra los argentinos, significa que no llega ninguno?”.
Es así como encontró su propia respuesta a la pesadilla que lo acompañó a lo
largo de su vida. Uno de esos días de pérdida y desazón en el regimiento, Sofanor se
percató que era el único civil en medio de los uniformados que en ese momento los
estaba encarando. Entonces supo qué significaba su sueño.
“Es extraño, pero pienso que estaba todo previsto, pasó esto y de repente me
veo nuevamente involucrado con todos los militares, pero ahora de civil… entonces es
como un misterio esto de mi sueño” relata Sofanor, quien desde la muerte de Cristian,
nunca más volvió a tener la pesadilla que lo abrumó gran parte de su vida.

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