43. Arnaldo Isaac Jorquera Jara

Relato basado en el testimonio de su madre María y de su padre Juan

Arnaldo Isaac Jorquera Jara

Arnaldo Isaac Jorquera Jara

“Grillo te queremos” reza la tumba donde una pareja, ya mayor, se afana por
limpiar fotografías, recuerdos y algunas imágenes sacras. Se ocupan de ordenar las
coloridas flores en los jarrones que adornan la pulcritud del mármol, generando un
fuerte contraste con este feo y gris día de otoño. Otoño con sabor a invierno en Los
Ángeles, casi tanto como el del año pasado. Claro que los escenarios han cambiado: hace un año era el gimnasio militar y los alrededores del regimiento; ahora, las instalaciones del Cementerio General.
María Jara y Juan Jorquera se encuentran ensimismados en la tarea de hacer
más acogedor el lugar donde duermen los restos de su hijo, Arnaldo. Naldo -o el Grillo
para sus compañeros- era el menor de los dos hijos del matrimonio, gente ligada desde
siempre a la vida campesina, a las tareas y a los ciclos que impone la tierra.
Los miro desde lejos y los abordo en plena labor. Les pregunto si podemos
conversar sobre su hijo. No me conocen ni nunca me han visto, pero acceden sin mayores problemas. Ella es una señora bajita y morena, que ordena su pelo según la costumbre de las mujeres de la zona rural; él, un señor de mediana altura, pelo cano, lentes y chaqueta de gamuza. Ambos conversan entre sí e intercambian alguna frase de cortesía con el resto de los padres de los soldados muertos en Antuco, que se han congregado en el cementerio como parte de la conmemoración del primer aniversario de esto que los medios de comunicación y las autoridades han denominado “La Tragedia”.
“Naldo recién había salido de cuarto medio cuando le tocó hacer el servicio
militar” comienza diciendo el padre. “Estuvo con nosotros toda la temporada de verano
porque me ayudaba a trabajar a mí en el fundo El Laja, de allá de Tucapel. Siempre los
jefes lo llevaban para que arreglara los jardines, los prados, que mantuviera la piscina
en orden, esas peguitas así livianas, porque nunca hizo trabajo pesado”.
El relato comienza a desarrollarse en medio del movimiento de camarógrafos y
periodistas, que han llegado de Santiago hasta el cementerio angelino para esta primera conmemoración. Como si estuviéramos sentados en el living de su casa, el matrimonio continúa con su conversación, ajena al trajín mediático que se desarrolla al lado de ellos.
“Naldo era amistoso, pero siempre con los más chicos. Con personas mayores
no, no era bueno para hacer amistad. Nunca salía a fiestas, aunque uno le diera permiso, nada. Ni a los paseos de la escuela iba, nunca le gustó” continúa el padre.
A su lado, la madre sonríe cuando les pregunto si Arnaldo tenía polola. “Cuando
se licenció ahí fuimos a verlo y le conocimos una, pero parece que duró unos diítas no
más, porque nunca la llevó para la casa ni nada”.
Arnaldo era hip hopero y, además, tenía cualidades de artista. En su tiempo
libre se encerraba en su pieza a escuchar música y a rapear sin que nadie lo viera. Sus
padres supieron de su debut en el circo de campaña que los soldados realizaron en una
de las noches previas a su muerte. Naldo rapeó el himno de los morteros junto con
su gran amigo, José Bustamante Ortiz. Pero en su casa nunca tomó la afición por el
canto demasiado en serio, sólo rapeaba bromeando con sus padres y su hermano Jerson.
María se ríe cuando recuerda que su hijo menor le decía entre bromas: “Mamá, yo voy
a ser famoso porque voy a ser cantante”.
Desde niño le gustaba actuar en la escuela, al punto que sus profesores le decían
que su futuro estaba en la actuación. En cuanto olvidaba los parlamentos, se ponía a
improvisarlos sin que esto le demandara mayores esfuerzos. Pero su padre pensaba
distinto sobre el futuro de su hijo. Juan tenía la firme convicción que Naldo sería pintor,
porque tenía facilidad para replicar en una hoja todo cuanto estuviese observando.
Era común verlo con un cuaderno para todos lados y aunque su madre en principio
pensaba que era para estudiar, no tardó en darse cuenta que su hijo lo único que hacía
era dibujar.
Con este perfil, no era raro que el joven no tuviese deseos de entrar a la milicia.
Ni siquiera tenía ganas de inscribirse. “Mamá, no lo quiero hacer” le decía a María.
Pero sus padres le recordaron que se trataba de una ley, “que tenía que cumplir porque
tarde o temprano salen sorprendidos y entonces es peor… Se vino a inscribir a Los
Ángeles y la primera vez que salió llamado se fue bajoneado a presentar”, recuerda su
madre.
Pero la escena cambió drásticamente cuando regresó en la tarde. Llegó contento
y decidido a cumplir con el servicio porque en el regimiento de Los Ángeles se encontró
con varios de sus compañeros con los que había salido de cuarto medio y algunos de
ellos quedarían posteriormente en su misma compañía. Uno de sus camaradas y ex
compañero era Ricardo Seguel Herrera, con quien había estudiado en la básica y luego
en Mulchén.
“A Naldito le gustó luego el servicio. El primer domingo cuando dieron permiso
para irlo a ver fue mi esposo -yo no pude- y ahí les habían dado la oportunidad que el
que se quería ir, se fuera. Cuando vine el segundo domingo, me contó y le pregunté
qué había decidido. Me dijo: ‘Lo voy a hacer y voy a seguir la carrera’. Incluso cuando
dijeron que diera un paso adelante el que quería irse, estuvo en tres oportunidades
con el pie levantado para dar el paso y se arrepintió, porque quería seguir adentro”,
recuerda María.
La interrumpe su esposo: “Claro, si lo que pasa es que su idea era siempre
ayudarnos. Quería dejarnos un futuro asegurado y cumplió con su deseo, pero no como
él quería, bueno…” su voz va apagándose tristemente, mientras las conversaciones y
entrevistas alrededor de los sepulcros de mármol van disminuyendo para dar paso al
tránsito veloz de los periodistas que han terminado su labor y de algunas familias que
también se retiran del cementerio.
Sus padres me aseguran que Arnaldo nunca se quejó de algo que le molestara
en el servicio ni contó nada malo que afectara a algún compañero. Juan lo atribuye al
carácter tranquilo de su hijo, siempre obediente y responsable.
María guarda en sí un recuerdo que le hace temblar la voz, “a mí, cada vez que
lo veníamos a ver me decía: ‘Mamá, a las seis se termina la visita y no me van a alcanzar
a ver desfilar’, porque nosotros nos veníamos antes”. El matrimonio no tenía manera
de quedarse más tiempo en el regimiento, e irse más tarde hasta su casa, porque en
domingo la locomoción hacia los sectores rurales de Bío Bío suele ser escasa.
Lo vieron desfilar por primera y única vez para la ceremonia de entrega de
armas. En ella, Naldo se veía orgulloso. “Y eso es algo que me ha quedado grabado
porque cuando cantaba, lo hacía con tanta fuerza que su voz sobresalía por sobre los
demás hasta quedar afónico. Y yo le decía: Hijo, para qué te esfuerzas tanto. Parece que la voz le salía de aquí, de su pecho”, cuenta llorando la madre.
Las cosas comenzaron a volverse extrañas ese mismo fin de semana, luego de
la entrega de armas. Arnaldo fue a pasar lo que serían sus últimos días en casa. Y María
recuerda que el domingo, como nunca, su hijo tuvo muchas dificultades para armar la
mochila que debía llevar para el regimiento y luego para Los Barros. “Estuvo nervioso,
que parece que se quería ir a Los Ángeles y no quería. Era una cosa… no sé, no fue como
otras veces, no fue como era siempre, no le salía nada, arreglaba su mochila, le quedaba
mal, se le volvía a desarmar, yo se la hice como tres veces y tampoco, después llegó el
hermano y él al final le arregló la mochila, porque no le cabía nada, nada. Todo lo que
echaba le sobraba. No sé.”
Naldo se fue para no volver más a casa. Y su madre quedó preocupada por todos
los días que duraba la campaña en la cordillera. El joven no conocía la nieve y el frío que
se sentía en el campo donde vivían hacía que ella se preguntara cómo estaría su hijo.
Juan la calmaba, pero María seguía preocupada, al punto que días antes que ocurriera
“la tragedia” soñó con su hijo todo ensangrentado, porque lo veía accidentado en unos
ejercicios militares con una granada que le explotaba en la mano, destrozándole el
rostro. Luego de este sueño, la primera señal que tuvieron se las dio un cuñado que los
llamó para preguntarles por Naldo, porque estaba quedando la escoba arriba. Se hablaba de una avalancha, pero pronto supieron lo que realmente había sucedido.
Eran días de pésimo tiempo en los campos, tanto así que cuando regresó el
soldado, debieron velarlo en Los Ángeles, porque el temporal hacía imposible atender
gente en el fundo. Además, no quisieron seguir trasladándolo de un lado para otro. Ya
había viajado bastante.
Miro a mi alrededor y a estas alturas ya va quedando muy poca gente en el
cementerio. La fila de sepulcros de los soldados luce limpia y llena de flores frescas. Les
pregunto a los padres de Naldo cómo lo han hecho para sobrellevar la muerte durante
todo este año. Me cuentan que han estado con un sicólogo de la posta, pero que quien
ha estado más mal es Jerson, el único hermano de Naldo. A manera de homenaje por su
hermano, el joven solicitó autorización para ingresar al ejército como cabo de reserva.
El propio general Cheyre le dio permiso para que a sus veinticinco años el joven pasara
a formar parte de la institución castrense.
De esa manera han sobrellevado el luto durante este año. Pero la vida siempre
está sorprendiendo a las personas y de eso no me queda duda una vez que voy terminando la entrevista al matrimonio. Ellos me cuentan el epílogo de esta historia. Jerson y su esposa Olga serían padres y aunque Naldo alcanzó a saber que se transformaría en tío, no podía imaginarse que sería el portador de la noticia.
Igual que una especie de bálsamo para calmar el dolor por su partida, el propio
Naldo se le apareció en sueños a su madre para decirle que la niña que se mostraba en
todas las ecografías que le hacían a Olga, no sería tal. “Te aviso a ti primero y ahora
voy a avisarle a mi hermano lo que será la guagüita, pero lo único que te pido es que les
ayudes a cuidarlo mucho, porque es un hombrecito y ahí naceré yo de nuevo”.
Aunque la madre contó el sueño, todos se rieron porque los exámenes mostraron
siempre a una mujer. Pero le hicieron una nueva ecografía a Olga y lo primero que
sorprendió a todos es que el bebé sería un varón. Como una profecía cumplida o quizás, como el cierre de un doloroso ciclo, el bebé fue bautizado con el nombre de su tío mártir, cumpliendo así el mensaje que el propio Naldo les había entregado: Ahí naceré yo de nuevo, le había dicho a su madre en el sanador sueño.

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