42. Jaime Alejandro Bizama Palma

Relato basado en el testimonio de su madre Benedicta

Jaime Alejandro Bizama Palma

Jaime Alejandro Bizama Palma

Si hay algo que resalta en la personalidad de Benedicta Palma, es su optimismo.
De estatura baja y de mirada clara, pareciera que sólo recuerda cosas alegres de su hijo
Jaime, Ale, como ella le llama. O quizás sea la ocasión lo que la tiene más animada:
recién ha terminado la conmemoración del primer aniversario de los soldados fallecidos en Antuco y la ceremonia ha sido en grande. Un toldo enorme dispuesto en el patio del regimiento de Los Ángeles acogió a cientos de personas, entre ellos, los familiares de las víctimas y altas autoridades nacionales. Llegó hasta el lugar también la Presidenta Michelle Bachelet, quien pronunció un cálido mensaje a las familias, distendiendo parte de la tensión que existía hasta esa hora entre la agrupación de padres y los militares.
Junto con ello, flores y marchas fueron sobriamente dispuestas por el ejército para
que las familias pudieran recordar en un ambiente de recogimiento la partida de los
jóvenes.
El acto logró llegar a su fin sin mayores inconvenientes y los padres se han
dirigido hasta uno de los casinos para compartir un almuerzo con la Primera Mandataria.
Benedicta forma parte de aquellas madres que no guardan rencor hacia el regimiento
angelino, más bien siente que ellos le han prestado todo el apoyo que junto a su hija han necesitado para enfrentar este último año.
Pese a la tristeza, su carácter y voz jovial se imponen. En esta entrevista,
Benedicta va recreando sin mayores dificultades diálogos y conversaciones cotidianas
que mantenía con su hijo, recordándolos como si hubiesen ocurrido el día anterior.
“Antes de venirse al regimiento, un día le dije: ‘Ale, cuídate hijo, no vayas a ir a
una disco y te pase algo, después te mueres y ¿qué va a ser de nosotras solas aquí? Yo
estoy vieja y tú me tienes que echar tierra a mí primero’. Se largó a reír y me contestó:
‘¿No me la irá a echar primero usté a mí?’ Y mire, salió tal como él lo dijo. ¿Quién iba
a pensar lo que pasó?”.
Benedicta cuenta que se separó de su esposo hace algunos años y que ella se
quedó con los dos hijos, Jaime Alejandro y Javiera; su hijo mayor se había transformado
hacía tiempo en “el hombre de la familia”.
“Ale era tranquilo, eso sí que le gustaban las discos, las fiestas y estar con sus
amigos. Yo le decía que era como un perrito de la calle: cuando salía pasaba saludando,
porque tenía amigos por todos lados. Fue bien conocido en Cabrero y un buen hijo para
mí porque se preocupaba harto. Era el hombre de la casa, siempre le decía así, era mi
orgullo porque estábamos los tres solitos”.
Los dos hijos del matrimonio nacieron cuando la familia vivía en el sector rural
de La Colonia, que queda en el límite entre las comunas de Cabrero y Los Ángeles. Ahí
vivieron diecisiete años, hasta que Benedicta se separó y se fue con los hijos a vivir al
pueblo.
En el campo a Jaime le gustaba cabalgar, correr por los potreros, jugar al tejo y
por las noches, cuando se terminaban los quehaceres, se dedicaban a jugar al naipe con
su familia. De niño, su maldad favorita era asustar a su madre.
“Yo le tenía miedo a las culebras y él me asustaba. Como era chiquitito les
decía celebra: ‘Mami, mira ahí hay una celebra’, me decía. Y era payero, porque su padre
es así y le enseñaba cuando chico, aunque ya no me acuerdo cómo eran las payas. Y
cantaba canciones mejicanas, le gustaban esas cosas. Se metía en conjuntos folclóricos,
pero iba unas tres veces y después se cambiaba a otra cosa. Yo le decía que era como
un picaflor”.
Jaime había terminado su cuarto año medio en el Liceo Politécnico Oscar
Bonilla de Monteáguila, donde cursó la especialidad de estructuras metálicas. Llevaba
algún tiempo trabajando, primero en un supermercado de Cabrero y después en la
fábrica Andino, desde donde se retiró para inscribirse en el servicio militar.
Deseaba pertenecer a alguna de las ramas de las Fuerzas Armadas. De hecho,
postuló en principio a la marina, pero no quedó porque le detectaron un problema a la
columna. Por eso a su mamá le llamó la atención que quisiera probar con el servicio
militar. Le preguntó que cómo iba a entrar al regimiento si tenía problemas a la
columna. Le respondió que “era leve no más”, además que lo quería hacer. ‘Y una trata
de apoyarlos con tal que los hijos sean felices’, expresa la madre.
Jaime nunca contó que lo pasara mal en el servicio militar, por el contrario,
estaba contento porque su objetivo era cumplir con este periodo inicial para pasar
después a formar parte del personal estable del ejército. El joven soñaba con vestir
algún uniforme.
“Quería postular para quedar adentro. Y yo le recordaba siempre que era
arriesgado, porque de primera quería ser carabinero y le decía que a ellos les pasa
cualquier cosa. Me respondía: ‘Mami, si cuando uno va a morir, va a morir en cualquier
parte’. Como que tenía la muerte ahí, metida siempre”.
Estaba contento como soldado. Su madre recuerda que el último fin de semana
en casa llevó a su hermana Javiera en brazos en el bus, después de la ceremonia de
entrega de armas en Los Ángeles, porque estaba embarazada y él estaba ilusionado con el nacimiento del bebé.
Al día siguiente, el sábado, salió con sus amigos en Cabrero, quienes esperaban
con ansias ver al Vegeta vestido de mortero. Le tenían ese apodo por su pelo corto
y tieso, en honor a un dibujo animado que aparecía en la televisión. Por su parte,
los choferes de los buses en que era conocido lo apodaban Castañita. Esos últimos
días fueron para visitar y despedirse de todos sus conocidos. Su madre lo regaloneó
cocinándole empanadas.
“Almorzamos juntos. Y el último día me dijo que se venía temprano, porque
quería despedirse de todos sus amigos. En la casa había una amiga y la Javiera, se
despidió de ellas dos y me dijo: ‘De usté no me voy a despedir’. Pero volvió, me dio un
beso y se fue. Para nunca más”.
Partió a la campaña en Los Barros con toda la ilusión de pasarlo “rebién”.
Conocía la nieve porque habían ido con la familia a la cordillera de Chillán. Era primera
vez que visitaría Antuco.
En su vivaz relato, Benedicta evita tocar el punto más doloroso de su vida, así
es que prefiere recordar de pronto lo que quedó pendiente en la vida de su hijo.
“Y se nos fue tan enamorado. Estuvo toda la vida enamorado de una niña que
no lo inflaba. Ella se casó y seguía enamorado de ella. No recuerdo cómo se llamaba.
Yo le decía que no la siguiera. Pero desde que se fue a Monteáguila a estudiar, altiro
empezó a enamorarse. Me hablaba de ella, la veía y suspiraba. Después supo que la niña se iba a casar y buu… Pero luego la niña se separó y yo no sé si tuvieron algo después. No sé, él me conversaba que se juntaban, pero no sé si tuvieron algo. Ella me habla ahora y me dice que a mi hijo siempre lo va a llevar en su corazón”.
A Jaime le gustaban las mujeres y siempre bromeaba a su madre que las llevaría
a casa o, que cualquier día le iría a presentar un nieto.
“Yo le decía: De la puerta para dentro no quiero cochinas, a usted lo quiero,
pero a cochinas, no. Y él me decía: ‘Espérese no más, de repente le voy a traer un nieto’.
Yo era egoísta porque una como mamá cree que sus hijos son de una, cree que nadie se
los va a quitar, pero el de arriba los quita… no sé si será porque uno los quiere tanto…
Anoche mismo vino una señora a hablarme de mi hijo, me dice que siempre lo
hallaba tan respetuoso con las niñas, porque ella tiene hijas y él siempre las trató con
respeto. Es que el Ale era un niño tan tranquilo, de un carácter tan bueno, siempre
riéndose, era distinto a nosotras y a lo mejor por eso se nos fue, porque tal vez él no era
para esta vida” dice Benedicta, ya parándose de su asiento y dirigiéndose con premura
al almuerzo en que les espera la Presidenta de la República, para dialogar sobre cómo
han seguido viviendo, luego de las muertes de sus hijos.

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