40. José Francisco San Martín Villalobos

Relato basado en el testimonio de su madre María Cristina y de su padre Waldo

José Francisco San Martín Villalobos

José Francisco San Martín Villalobos

María Cristina tenía más de cuarenta años cuando José Francisco -Cheby-
llegó a su vida. Por entonces con su esposo, Waldo, ya tenían otros dos hijos, Pamela y
Antonio, de once y seis años respectivamente. El matrimonio, conformado por ambos
profesores residía con sus hijos en una acogedora casa de Huépil, comuna de Tucapel,
poblado en el que eran reconocidos por su carisma y compromiso católico.
Fue en este lugar donde nació Cheby, llegó sin que lo esperáramos y se fue sin que lo
quisiéramos, piensa su madre. José Francisco nació un año en que subió exageradamente el nivel de las aguas del río Laja, asustando a quienes vivían en sus inmediaciones. El fenómeno no volvió a repetirse sino hasta que Cheby se fue, dieciocho años después.
Su vida fue un ciclo y él repitió el mismo ciclo de la naturaleza, reflexiona María
Cristina en la soledad de su hogar, donde da rienda suelta a los recuerdos de la intensa
vida que tuvo su hijo.
Durante su último verano y sin que tuviese alguna necesidad económica
decidió trabajar como temporero en los arándanos, porque quiso conocer cómo era esta labor que hacían miles de personas en los campos de Bío Bío, cada periodo de cosecha.
Le gustaba el ambiente que allí se daba, las bromas entre las mujeres, las mismas que
le gritaban: “¡Hola colega!” en medio de la plaza y que le llenaban las bandejas con la
fruta que ellas recolectaban, las que lo lloraron a rabiar el lluvioso día de su funeral.
Cheby sabía que este era el último año que podría experimentar aquello hacia lo cual
no estaba predestinado: tenía plena conciencia que en su vida no habría necesidad de
trabajar como temporero y que lo más probable era que continuara sus estudios en la
universidad, al igual que sus hermanos.
No obstante, desde pequeño le llamó la atención el uniforme militar.
-¿Sabes mamá? Me quiero disciplinar, así es que voy a hacer el servicio.
Su familia estaba acostumbrada a frases de este tipo. Ni a María Cristina ni
a Waldo les sorprendía que ahora quisiera cumplir con esta obligación. De hecho, ya
había manifestado su interés en hacer el servicio en la marina, en Viña del Mar, pero
cuando le contaron que a los jóvenes los bañaban con agua helada, a las seis de la
mañana, su interés se desvaneció completamente.
Pero la oportunidad se daba otra vez y ni siquiera era necesario partir tan lejos
del hogar. Las puertas del regimiento lo esperaban para ingresarlo en el Pelotón de
Exploración, donde cumplió con su periodo de instrucción obligatoria.
Cheby renunció voluntariamente al mochileo del verano, al pelo largo, las
comidas a cualquier hora, la impuntualidad, el skate y el grupo de hip hoperos con el
que se reunía. Y mucho más atrás quedaba la infancia mimada, en que la nana se daba
el tiempo de despertarlo con calma para que la madrugada no lo pusiera de mal humor,
vistiéndolo por completo para ir al colegio.
Por eso, el soldado sufrió los primeros días en el regimiento. Debió aprender
forzosamente a mantener la disciplina, a tender su cama en un par de minutos y a
levantarse temprano. Pero le costó poco. Su carácter afable hizo que sus compañeros y
mandos directos lo ayudaran y le tomaran cariño. En tanto, Cheby pasaba su nostalgia
escribiendo cartas desde su litera de conscripto a sus padres o a su amiga Daysi. Estas
líneas se convertirían en un invaluable testimonio de su vida militar.
“Hola Daysi, cómo estás, yo estoy bien, mi cabo se porta bien conmigo, pero el
miércoles me retó y casi me pongo a llorar. Pero ahora estoy bien, me acostumbré al
sistema, escríbeme y no te olvides de mí”.
A sus padres también les relataba la vida militar, sobre todo lo referido al único
domingo que ellos no pudieron ir a visitarlo al regimiento.
“Hola mamá y papá, espero que estén bien, los echo mucho de menos, fui el
único de la compañía que no vinieron a ver; la mamá del Marcos se portó bien, comí
rico y almorcé arroz con pollito. Que mala onda se nos haya muerto el Gokú, espero
que me vengan a ver el domingo, los estaré esperando”.
Una de las cartas preferidas a la hora de repasar lo que el joven escribió en
su instrucción militar era en la que contaba una anécdota que le pasó adentro del
regimiento.
“Martes 12-04-05 21:52
Querida amiga: estoy acostado en la parte de arriba de la litera, hoy fue un
día duro, nos levantaron a las 06:15, teníamos que levantarnos en tres minutos, en la
mañana nos formaron y llegaron unos tipos que eran antidrogas, que trajeron un perro
antinarcóticos y este perro conchesumadre me mordió la blusa y me arrancó los botones y ahora como huevón tengo que coserlos. En la tarde nos aporrearon un poco, pero más tarde fui al casino donde me relajé, me tomé una bebida de cien pesos, me fumé unos puchitos. En conclusión, estoy feliz, echo de menos también a mi familia, a mis amistades, el 29 voy para Huépil, mañana te escribo más”.

Las cartas de Cheby son guardadas por sus padres como verdaderas reliquias.
En carpetas plastificadas mantienen todo tipo de recuerdos del hijo, que les hace sentir
que él se mantiene con su familia. Pero lo de ellos no es un recuerdo triste. Tuvieron a
Cheby por años y él nunca hubiera querido ver a su familia apesadumbrada. Al contrario.
Por eso sus padres buscan los recuerdos alegres y las enseñanzas que les dejó.
Una de las últimas bromas que les hizo fue al regresar de sus vacaciones en el
sur. Habían acordado que volvería un martes. Ese día llamó por teléfono a su madre,
a eso de las ocho y media de la tarde. Le dice que está “parado” en Futrono, que se les
acabó la plata, que no tienen dónde quedarse ni menos cómo regresar a Los Ángeles.
María Cristina se amargó y le pidió a su esposo que le depositaran dinero al hijo. Pero
el trámite no se podía realizar sino hasta el día siguiente. Y estaban en casa esperándolo con las “cosas ricas” que él había pedido. Su madre veía con tristeza que debería seguir esperándolo y estaba angustiada porque su hijo no tenía dinero.
Fue entonces cuando María Cristina salió al pasillo de su casa, veía mucha
gente. En eso oye un grito y unas risotadas.
-¡Estoy aquí mamá!
La había llamado con cobro revertido desde el teléfono público de afuera de
la casa. Llegaba “flaco y hediondo” recordaría su mamá, lo que no les extrañó cuando
comenzó a contarles todas las historias que vivieron en el sur, quedándose no sólo en
la carpa que llevaba, sino en casas abandonadas con sus amigos.
Quizás encontraría que habían sido muchas las experiencias o mucho el carrete
con sus compañeros. Lo cierto es que después del último verano fue cuando le nacieron
las ganas de disciplinarse, haciendo el servicio militar en el Regimiento Reforzado Nº
17 Los Ángeles.
Lo esperaban para esa semana, después del quince de mayo. Estaban contentas
María Cristina y Lidia Melgarejo -su nana- porque esos días se reunirían los tres
hermanos en casa. Desde cada uno de sus diferentes lugares de residencia viajarían
a estar con sus padres, aprovechando el fin de semana largo que venía. La nana, que
había estado con ellos desde pequeños, les haría una torta especial del sabor que más
les gustaba. Los preparativos iban a comenzar para pasar juntos algunos de esos días
fríos de fines de otoño en la localidad precordillerana. Era el lunes 16 de mayo.
-Sabe señora, tengo un presentimiento raro. Mejor no hagamos la torta
todavía.
-Pero ¿cómo nana? ¿Y presentimiento de qué?
-No sé, pero algo me dice el corazón sobre José Francisco.
La inquietud de la nana también indispuso a María Cristina. Confiaba en Lidia
y en sus sensaciones, porque había cuidado a Cheby desde sus primeros días de nacido.
Ambos tenían un nexo fuerte. Llamó de inmediato al regimiento para saber de su hijo
que estaba en su primera campaña. Preguntó si había algún problema o inconveniente
en Los Barros, pero desde la guardia le dijeron que no, que no pasaba nada.
-No se preocupe. Están todos bien. Van a bajar mañana martes, así es que el
viernes lo va a tener en su casa.
Con lo que le habían dicho a María Cristina, Lidia dejó los preparativos de la
torta y la comida para el jueves siguiente. No quiso hacer nada antes.
En la tarde de ese lunes, cuando Waldo regresaba de hacer sus clases en el
Liceo de Huépil, María Cristina le contó que los soldados bajarían desde Los Barros
durante esa semana.
-Bajan mañana martes y el viernes va a estar aquí.
-Pero ¿cómo? ¡Eso es imposible!
-No, no es imposible. Ellos me dijeron que bajan mañana. Si me lo dicen en el
regimiento es porque bajarán.
-Sabes que tienes que haber escuchado mal, porque con este tiempo… pero mira
María Cristina, mira la cordillera, este tiempo está malísimo para bajar a los chiquillos.
Si debe estar nevando, mira el frío que hace aquí.
-No sé. Eso me dijeron. A lo mejor no es para tanto, además que los bajan en
camiones.
-Sí, pero de todas maneras. Imagínate con este tiempo allá arriba, con la lluvia
torrencial que tuvimos aquí el fin de semana, no es como para andar trasladando
chiquillos.
Waldo hablaba desde la experiencia que tenía por haber vivido casi durante
toda su vida en la precordillera y junto con eso, de haber hecho el servicio militar en la
Escuela de Montaña del ejército en río Blanco; ocasión en que les tocó estar por tres
meses en Portillo, en plena cordillera del valle central del país. Hacía muchos años
de aquello, pero aún podía sentir en su rostro la nieve quemándole la piel, el cuerpo
exangüe ante la falta de oxígeno sumado al ejercicio físico, la voz de sus instructores
obligándolos a seguir.
Recordar esos lejanos años le produjo un brusco estremecimiento en su cuerpo.
Le preocupaban las palabras de su mujer. Hasta un recluta podría darse cuenta que no
estaban las condiciones para bajar, podrían tener algún accidente en los camiones y los
conscriptos poco podrían hacer ante ello. La cordillera es inestable por esencia, pero
Waldo prefirió confiar en que los mandos de su hijo sabrían actuar con la prudencia
necesaria que da la experiencia, de haber sido por años, un regimiento con tradición de
montaña.
-Pero papá… estos milicos son todos tan hueveadosde la cabeza.
Así le había dicho José Francisco. Waldo recordaba entre sonrisas los dichos de
su hijo cuando le comentaba del servicio militar en las visitas de domingo al regimiento.
Siempre había sido muy sincero, transparente, alegre, amistoso. De un carácter muy
libre. Le chocaba la estructura mental que veía en sus mandos, pero sabía que había sido su decisión personal disciplinarse. Y lo había logrado.
-Hijo no es para tanto. Lo que pasa es que ellos utilizan ciertas técnicas para
formar el carácter y la disciplina en los jóvenes. Es sólo eso.
Ese miércoles 18, Waldo estaba de buen humor. Entró marchando como
soldado hasta la sala de clases, riéndose con sus alumnos adolescentes. Iniciaron la
jornada rezando, como todos los días. Pero al poco rato, una de sus alumnas se puso a
llorar desconsoladamente, sin que nadie supiera porqué.
Estos son los escasos recuerdos con que quedó Waldo de esos días. Ya el jueves
habría desaparecido del liceo, para retornar al tiempo después.
La espera de la familia fue larga. Se enteraron de la noticia sobre el “accidente”
en Los Barros, pero no pensaron que Cheby estaría entre los soldados fallecidos, porque en todos los medios se hablaba de los soldados morteros o andinos y en ningún lado de los del Pelotón de Exploración. Pero lo cierto es que al par de días, José Francisco integraba la lista del personal disperso, con lo que las esperanzas de la familia lentamente se fueron agotando y la sensación irreal que la muerte también les tocaría a ellos, los fue rozando. Después ya no pensaban tenerlo de regreso con vida, la única esperanza que tenían era recuperar el cuerpo, antes que el invierno les engrosara su lápida de hielo y debieran esperar hasta que el sol de octubre dejara al descubierto a quienes aún no habían regresado a casa.
Fueron días largos en la atmósfera opresiva de la chimenea de la casa, el humo
de cigarrillos y las conversaciones en susurros que mantenían todos los amigos y
colegas que llegaron a acompañarlos hasta el 5 de junio. Cheby apareció dieciocho
días después de la tormenta que terminó con su vida. Lo reconocieron en el Servicio
Médico Legal. Aparentaba mucha más edad que la que tenía, porque los días congelado
en la nieve habían causado efecto en el rostro del joven. Venía con su ropa de soldado y
bajo ella envuelto en nylon hasta la cintura, seguramente para evitar mojarse cuando
atravesaron el estero o al enterrarse en la nieve.

Su funeral fue bastante peculiar y a diferencia del resto de las despedidas de los
otros soldados, la suya no estuvo exenta de sonrisas. Por lo menos para sus padres, que
en todo vieron una señal por la que el hijo les decía que no estuvieran abatidos, porque
él se reía siempre, incluso más allá de la muerte.
En triste caravana iban liderando la larga fila de vehículos que los acompañaban
desde Los Ángeles hasta Huépil. A bordo del gris carro mortuorio que llevaba la urna
con el menor de sus hijos, el matrimonio vio cómo el rostro del chofer se iba poniendo
cada vez más colorado y evidenciando claros signos de angustia.
-Señor, ¿le pasa algo?
-Es que estamos teniendo problemas. No sé qué ocurre, pero la temperatura
del vehículo está subiendo demasiado. Perdónenme, sé que es difícil, pero no podemos
seguir así.
Recién iban a la altura de Chacayal, es decir, saliendo del sector rural de Los
Ángeles. Más de cien vehículos los seguían atrás, incluyendo no sólo familiares y
amigos, sino también algunas autoridades de la comuna.
Los padres sonrieron. El conductor, que ya pasaría los setenta años, se veía
realmente afligido y avergonzado. Le dijeron que no se preocupara.
-Sabe, no se preocupe señor. Mi hijo siempre fue muy bromista y despreocupado,
estoy seguro que nunca hubiera querido llegar en un carro mortuorio, aunque fuera su
funeral. Y a lo mejor este desperfecto lo está ocasionando él mismo.
Ante la incredulidad del conductor, el matrimonio encontró una rápida
solución. Un familiar iba en un jeep, así es que bajaron los asientos y pusieron la urna
trasladándola de vehículo rápidamente y sin muchas formalidades, en medio de unos
gruesos goterones que caían incesantes sobre el pavimento.
Sus padres debieron irse en otro automóvil, detrás del jeep. Sin ninguna
formalidad y confundiendo a varias personas que lo esperaban ver pasar para lanzarle
flores, Cheby hizo su último paseo en auto, desafiando así la magra sobriedad que suele
acarrear la muerte.
Su misa final la celebraron nueve sacerdotes. El mismo religioso que lo
bautizó, lo despidió entre lágrimas en el templo donde el joven acudía siendo un activo
integrante de la juventud parroquial. Sus amigos y familiares estuvieron repletando la
iglesia y acompañándolo hasta el cementerio.
En ese lugar volvió a ocurrir un incidente que motivaría más tarde las risas
estrepitosas de Waldo y María Cristina. En medio de la ceremonia fúnebre, revestida
de la solemnidad que les entregaba la delegación del regimiento de caballería que lo
despedía, confundieron los nombres y terminaron dándole el último adiós a Waldo y
no a su hijo.
-¡Soldado Waldo San Martín! ¡Que en paz descanse!- decía con tono marcial el
coronel encargado de despedirlo.
La familia se miró sorprendida y Waldo se reiría al tiempo después, diciendo
que él estuvo a punto de cuadrarse y decir: “¡Firme mi coronel!” cuando escuchó su
nombre en el lugar de Cheby. Lo que nunca entendieron es cómo se pudo confundir su
nombre con el de José Francisco, que estaba escrito en todos lados de la parroquia y en
las despedidas que le hacían sus amigos.
Tras la descarga de salvas, con que los militares dan el adiós a sus soldados,
tomaron la urna para ubicarla en la fosa que se había cavado. Como una broma sin fin,
no entró en el lugar. Debieron esperar largos e incómodos minutos a que siguieran
cavando la tierra. Luego quisieron insertar el ataúd sin darse cuenta que el panteonero
estaba todavía en la fosa intentando agrandarla. Por poco el cajón cae encima de él y
terminan juntos en la tierra.
“Cheby hizo todas esas cosas en su funeral para que no estuviéramos tan tristes,
él nunca hubiera querido vernos así”, dice su madre.
Ahora cuando los recuerdos se agolpan en sus mentes sienten que les dejó “la
vara alta” y que a sus cortos años les dio grandes lecciones de generosidad, amistad y
transparencia. Cheby era capaz de prestar su ropa con tal que sus amigos no pasaran
frío, siempre estaba preocupado de ellos, llevándoles algo de comer para que no pasaran hambre. De todo eso y varias cosas más se enteraron sus padres una vez que había partido, cuando la gente comenzó a contarles cómo se portaba con ellos. El vacío se sentía en el hogar. “Para mí estaría bien que me pusieran en un rincón a llorar y llorar.
Pero sé que eso no va a resucitar al Cheby de dónde está. Como dice el sicólogo, aunque yo golpee mi cabeza con la pared, no voy a lograr nada. Él se nos fue para siempre”, expresa con voz queda algunos meses después su madre.
Pese a la partida y recordando todas las cosas que hizo en su corta vida, sus
padres quedaron con la extraña sensación que Cheby había venido a cumplir un ciclo
misterioso, el mismo ciclo que comenzó con la subida del río y que, sólo dieciocho años
más tarde, volvería a repetirse. El menor de sus hijos llegó sin que lo esperaran y se fue
sin que lo quisieran ver partir, sin presentimientos ni despedidas que pudieran amargar
a sus padres. Cheby mantuvo su aura de alegría hasta el fin de su ciclo en esta vida.

2 comentarios en “40. José Francisco San Martín Villalobos

  1. Tuve la fortuna de conocer a Chevy durante varios años en verano ya que ahí visitaba Huepil y nos conocimos un día y luego todos los veranos nos juntábamos. Gran persona, humilde y desinteresado. Creo tener algunas fotos en el río aún entre mis recuerdos. Como no recordar cuando me hablaba de Santiago y de todo lo que le gustaba de acá.
    Aun trato de visitarte cuando voy a Huepil.
    Mis respetos Chevy!

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  2. Tuve la dicha de estudiar con el Cheby, si es verdad eso de que era muy libre, pelo largo, cariñoso, poco formal, de su skate… Me emociona leer esto, el profe Waldo nos hizo clases. Me dio mucha pena esas veces que se tenían noticias de que encontraron cuerpos y ninguno era de él, era angustioso que no lo encontraran. Recuerdo como llovia en su velatorio. Si Dios quiere este verano iré a Huépil a visitar a mis padres y espero ir a la casa del Cheby y poder conversar con su mama y su papa. Soy Calameña y tuve la dicha de conocer y estudiar 3ro y 4to medio con él.

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