36. Miguel Aurelio Piñaleo Llaulén

Relato basado en el testimonio de su madre Corina

Pewmapen
Feypipeyu ñuke,
kollküza pewmapen
meta küpalniepefin.
Feypipeyu tañi pire pewmapel,
txür inaltu foye,
eymi, tami metawe ko mew
alliwelen
Witxamge tami zügu,
tami püllü ta ülkantuli.
Feytachi puliwen.
Tami zügu mew küpali pülef mawün
Tami kallfü münu longko mew.

He soñado
Te he contado, madre,
que he soñado con copihues
trayéndolos en mis brazos.
Te he dicho que he soñado con la nieve,
junto al lado del canelo,
tú con tu cántaro de agua que me sonríes.
Alza tus voces,
es tu alma que canta esta mañana.
Viene la llovizna con tu palabra
sobre tu paño azul.
(María Isabel Lara Millapán)

Miguel Aurelio Piñaleo Llaulén

Miguel Aurelio Piñaleo Llaulén

Tati Ngurru Ka Uñum.Así comienza diciendo Miguel a sus compañeros.
Kiñe upachi ngurru trawui piam taiñ hueni uñum-egú cheu mulemon kiñe manchana. Tati ngurru piam, ella ayiñ-maquevi taiñ alcantun ti uñum.
A Miguel le gusta contar cuentos. Y éste es su preferido. Cuenta la historia del
zorro que quería aprender a cantar como el zorzal.
El zorro venía pasando por un camino angostito, cuando vio al zorzal que estaba
arriba de un árbol. Cantando estaba el zorzal un canto tan bonito y el zorro como es tan… miraba para todos lados y no lo veía. Miró para arriba y vio al zorzal en el árbol. Se quedó y le habló:
-Ay amigo, a ver, y ¿por qué no me enseña a mí también?
-Te enseño, por buen amigo, pero te voy a preparar para que puedas cantar como yo.
Bajó el zorzal y le dijo:
-Usted, que tiene más fuerza que yo, va a quebrar doce palitos chicos y se va a venir a
mi lado, que te voy a coser el hociquito.
Porque el hocico del zorro es grande, así es que lo cosieron para dejarlo más agudito,
como el del zorzal.

Este relato, propio de su cultura, se lo enseñó su abuelo Asensio, padre de
Corina, en las largas jornadas que permanecen juntos en íntima complicidad abuelo
y nieto en la casa emplazada en medio de la cordillera del Alto Bío Bío. Miguel y su
extensa familia viven en la comunidad pehuenche de Pitril. “El abuelito se lo enseñó
y él aprendió. Ese cuento les enseñó a los demás compañeros y así iba”, relata Corina
Llaulén, tiempo después.
Moreno, de cejas espesas y ojos oscuros, Miguel es la guagua. Es el menor
de seis hijos de su matrimonio con Segundo Piñaleo. De esa unión entre dos antiguas
familias del sector nacieron Nibaldo, Ramón, Domitila, Gloria, Manuel y por último,
Miguel.
Leviner, como lo llama su madre, pasa sus horas entre el colegio en Santa
Bárbara y en la comunidad de Pitril. Le gusta fabricar muebles, arreglar sillas y mesas,
compone radios y bicicletas. Incluso, le traen trabajos desde otras partes. Su mamá no
sabe cómo aprendió, porque nadie le enseñó, “sino que la inteligencia fue de él solo”,
recordaría ella.
Su pasión es el fútbol, por lo que los fines de semana se los pasa jugando,
ganándose el enojo de Corina, porque no siempre está cuando lo requiere para alguna
labor en el hogar o en el campo. Además que a veces vuelve de la cancha, “con el genio
malo”, no come más que unas galletas y una bebida. Se encierra en su pieza a dormir
hasta el otro día.
Ya, cosieron el hociquito, se prepararon y el zorro estaba más contento porque iba a
cantar igual que el zorzal. Lo hicieron, y luego el zorzal le dijo:
-A ver, pruebe como anda, pero te falta un pichón.
Hizo empeño el zorro, estaba contento y le cosieron el lado que le faltaba. Pusieron otro palito y así quedó cantando.
-Ahora estás listo, pero tienes que cuidarte amigo.
El zorzal subió otra vez a cantar y ahora el zorro le respondía. Se fue contento el
zorrito por el camino para arriba, cantando igual que el zorzal.
Miguel no sólo relata cuentos. También cuenta chistes, porque le gusta animar
a la gente. Claro que no canta, o por lo menos no delante de más personas. Le gustan
las fiestas, pero bailar no. Anima a los otros al baile. Corina nunca lo ve cantar ni bailar,
aunque le dicen que tiene una voz bonita.
-Cánteme guagua.
-No, no canto ná, porque guagua no sabe cantar toavía. Cambéele paños, porque
ta too meao, cambéeme paños.
Y le lloraba igual que un niño.
Cuando Corina le pregunta, qué va a comer su guagua, él le responde tajante.
-Arroz no más, esa es mi comida.
Y si no le hace arroz le reclama a su madre porque ninguna otra comida le
gusta.
Aunque se niega a cantar para Corina, le gusta la música y su favorita es el hip
hop, así es que viste ropa ancha con pantalones siempre a punto de caerse. Su negra
cabellera luce corta, pero siempre con una “colita” atrás, de la que debió obligatoriamente despedirse cuando ingresó al servicio militar.
Pero eso sería después. Por ahora, le gusta caminar en medio de esta verde
cordillera. Sale de su casa emplazada a media altura y la vista se le pierde en el cauce
del Queuco, que corre libre un poco más abajo. No le gustan los senderos. A veces usa
el caballo, pero nunca un vehículo. De preferencia se traslada caminando, mientras
disfruta de la abundante vegetación, del viento soplando en medio de los árboles nativos o del canto de los pájaros que circulan por el cajón cordillerano, donde el cielo es más azul que en ningún otro lado y el contraste de colores marca el paisaje en que se mueve Leviner desde su infancia.
De más allá salieron dos perdices. Venían regañando, porque eran hermanas. Por ahí
vieron que venía el zorro, el Malo le decían, así es que conversaron entre ellas.
-Todos los hijos que tenemos él se los come, así es que aquí le vamos a hacer una
maldición al zorro. Usted se va a ganar a un lado y yo a éste.
Se pusieron detrás de unas matas. El zorro iba de lo mejor chiflando. Y le sale una acá
y la otra por allá. Como meten harto boche las perdices, se juntaron las hermanas y el zorro se asustó tanto, que abrió de un viaje el hociquito, se le descosió y hasta la hora quedó igual.
Pero esto le pasó porque era malo.
-Yo me inscribí.
-¿Quién te dio permiso? Yo no quería que te inscribieras. No quiero que lo
pases como han sufrido tus hermanos ¿cómo los otros no lo hacen? Puedes arreglar tus
papeles y te puedes salvar por tu estudio.
-No, tengo que hacerlo, los demás hermanos lo hicieron. Tengo que saber qué
es realmente el servicio. Hizo el servicio mi papá, los dos hermanos ¿cómo yo no lo voy
a hacer?
Corina tenía miedo. Ramón y Manuel habían hecho el servicio militar y la
experiencia no era buena. A ambos los habían tratado mal por su origen mapuche. Los
llamaban groseramente “indios” con un tono tan fuerte y despectivo, que no quería que
Miguel pasara por lo mismo.
Pero él no dejaba de tener razón. Si ya lo había hecho su esposo y dos de sus
hermanos, no había motivos para negarle. Además que era mayor de edad, podía hacer
lo que quisiera. Había terminado la tarea a la que se había abocado el último tiempo,
con el roce de un terreno. Con ese sueldo se compró un equipo de música y algo de
ropa. En verdad, ahora Miguel estaba desocupado y las últimas semanas andaba “raro”,
incluso sus hermanos pensaron que estaba enfermo.
Hizo dos viajes a Los Ángeles y cuando retornó al tercero, habló con ella.
Corina no dejaba de estar molesta.
-Quiero un apoderado.
-¿Ves? Quisiste inscribirte, y ahora el apoderado no sé quién va a ser.
-No sé yo, pero allá me piden, tengo que llegar mañana con mi apoderado. Y la
voy a dejar usted.
Ante esa determinación a Corina no le quedó más que resignarse. Tenía carácter
fuerte su hijo.

Por algún azar del destino, o por la asociación de ideas del militar a cargo, el
soldado pehuenche quedó en la Compañía Andina. Allá lo iba a ver su madre todos
los domingos de visita. Aperada con bolsas y canastos, Corina bajaba de la cordillera
hasta los verdes prados del regimiento Los Ángeles. La perfección de jardines y muros
llamaba su atención; la comparaba con Pitril, donde hay otro orden regido no por la
voluntad del hombre, sino por el de la naturaleza.
En sus visitas llegaba temprano a darle mate a Miguel. Ahí conversaban largo
rato y podía percatarse que su hijo nuevamente recibía un trato distinto por su origen
mapuche, pero prefería guardar silencio. A esas alturas y con Miguel adentro del
ejército es poco el beneficio que lograría el reclamo angustiado de una madre, pese a
que su orgullo le hacía palpitar más fuerte su corazón cuando se daba cuenta de lo que
ocurría.
No había caso con que quisiera comerse la cazuela que le llevaba. Aunque el
menú fuera repetido, Miguel le pedía siempre lo mismo: arroz, huevos, quizás “la patita
del pollo” no más que eso. Y por supuesto, bebidas.
El último día de visita fue el de la entrega de armas. Volvieron juntos a la casa
ese fin de semana. Fue en esos días cuando Miguel le contó a su madre la forma peculiar en que le anunciaron que iría a Los Barros. Le dijo que el mayor lo apuntó con el dedo y le lanzó un despectivo: “¡Usted! Ahora vamos a ir arriba. Usted es mapuche y tiene que resistir, porque los indios de antes andaban a pata y usted tiene que ser igual”. Corina hirvió de indignación.
-¡No sé porqué nos miran en menos si tenemos la misma capacidad que ellos!
Quizás sería por eso que la familia notó cambiado a Miguel. Se había vuelto
más serio y taciturno. Incluso comía muy poco. No quería jugar con sus hermanos y a
ellos les parecía increíble el cambio que tuvo en un mes de instrucción militar.
Pero el servicio continuaba, por lo que el joven volvió al regimiento y el último
que lo vio con vida fue su hermano Manuel, que durante esa semana debió llevarle
algunas cosas que le faltaban para ir a Antuco. Ahí Miguel le envió una carta de
despedida a su madre.
“Mamá, no estés llorando por mí. No llores por ninguna cosa porque no me
gusta que estés triste, tienes que ser dura y no quiero verte triste. Yo me voy para Los
Barros, pero cuando vuelva ahí la voy a ir ver. Voy a estar bien arriba, porque yo soy el
Hombre Andino.
Mamá, no llore”.
Pero poco caso le pudo hacer Corina: tal como le pasó al zorro del cuento
de Miguel, no siempre las cosas salen como se han planeado. Cuando se enteró por
las noticias de lo que había ocurrido, le pareció increíble. Se quedó en Pitril y uno de
los boletines radiales en que apareció el nombre de su hijo cayó como un hielo en su
pecho. Hasta ahí llegó la doméstica discusión con su marido por la poca sal que tenía la
comida. Corina salió disparada como un rayo hasta la casa de su nuera. En el camino se
encontró con su hijastra Julia, quien fue el soporte para que no se derrumbara.
Pasó ocho días en Los Ángeles a la espera de Miguel. Con su familia optaron
por arrendar una casa en la ciudad para evitar los largos viajes hasta Pitril. Iba todos
los días al regimiento y ella misma recuerda que su único objetivo era increpar a los
militares por haber abandonado a su hijo, a quien todavía esperaba que regresara de la
montaña.
-¿Qué viene a hacer usted acá al regimiento otra vez?
-Y usted no sabe a qué vengo ¿o acaso no sabe lo que pasó? -les decía irónica.
Esos días habló con el cabo que estaba a cargo de su hijo.
-Tienes que saber dónde dejaste a mi hijo.
-No lo sé, su hijo se anda buscando.
-¡Para qué me miente! Si mi hijo hace días que lo encontraron, ¿por qué no me
lo entregan?
-No, si no se ha encontrado su hijo, tenga paciencia señora. A las siete de la
tarde se lo vamos a traer.
Al escucharlo fue inevitable para ella pensar que él sabía dónde estaba y que
se reía de su dolor. Su mano se alzó rápida para darle una fuerte cachetada a la joven
mejilla del militar, cuando uno de sus hijos la contuvo. Sus ojos negros parecían echar
chispas y su pequeña nariz se veía más respingada que nunca ante la insolencia del
cabo.
Al otro día llegó Miguel. Entonces un militar que ella reconoció como coronel,
le habló.
-Señora Corina, ahora llegó su hijo, vaya a reconocerlo.
-No, yo no voy a conocer. Te entregué vivo a mi hijo, no lo quiero conocer. Usted
me ve como ando y yo no estoy para eso.
-¿Anda con alguien más?
-Sí, no ando sola.
-¿Cuántos más?
-Somos veinte. Toda la familia.
-¿Y andan tantos?
-Sí pues, qué quiere que ande sola yo.
“Y otra vez me dio una rabia tan grande. Era como si me estuvieran haciendo
burla. Eso era lo que sentía yo. Con esas palabras que me decía, más rabia sentía”.
-Entonces llame a otro hijo para que venga a reconocer a su hermano.
-Usted no conoce a sus soldados que andan perdidos ¿qué clase de persona es
que no conoce a sus soldados?
-Ya, señora Corina, se lo entregamos a las seis de la tarde después que lo
reconozcan. ¿Quién lo va a vestir? Venga a vestirlo usted.
-Ya te dije que no. Yo quiero ver a mi hijo, pero en mi casa, acá no. Yo te lo
entregué vivo.
Levinerllegó, pero sellado en una urna y vestido con su uniforme militar. Corina
lloraba de rabia y de pena. No le habían dejado opción y ella, que quería despedir a su
hijo con la ropa que él mismo se había comprado con su último sueldo, no tenía más
que dejarlo partir con el mismo uniforme de quienes le arrebataron a su hijo menor.
Tampoco le dejaron alternativa para cumplir con el rito ancestral de poner en la urna
todo lo que perteneció al difunto, así como comida para el largo viaje que emprende;
todos ritos imprescindibles para que el alma descanse en paz y no ande revoloteando
en medio de sus cosas, reclamándolas y asustando a los demás. La única solución que
encontró Corina fue colocar afuera de la urna, sus utensilios domésticos -como el plato
y la taza que él ocupaba a diario- junto con su ropa, discos y juguetes; además de fruta,
mote, vino, harina tostada y pan.
Ralco se despobló para despedir al hijo de esa tierra. De diferentes partes del
país llegaron mapuches y chilenos a participar de la misa y el funeral de Miguel, quien
fue despedido con honores por parte del Regimiento Húsares de Angol, unidad militar
que tuvo la triste misión de ejecutar oficios mortuorios para gran parte de los jóvenes
soldados. El pequeño cementerio indígena de Pitril nunca tuvo tanta concurrencia.
Pero la lluvia torrencial que caía en medio de la cordillera les jugó en contra a la
hora de recitar las oraciones y despedirlo en la lengua ancestral de Miguel. Debieron
postergar la mayor parte de los ritos para su cumpleaños número diecinueve, dos meses después de su muerte, ocasión en que decenas de personas se reunieron para celebrar el püntebun-rogativa mapuche para pedir a Dios recibir el espíritu del fallecido- con el que dieron la despedida final al hijo de Corina.
Pero los ritos no se detuvieron ahí. El 12 de noviembre de ese mismo año Corina
y sus hijas conocieron el lugar en que falleció Miguel. La cordillera era absolutamente
distinta a la que están habituadas a ver. Lisa como una mesa vacía, así le parece a
Corina que es el paisaje del volcán Antuco. Nunca lo imaginó de esa manera. Para ella,
la cordillera es sinónimo de copihues, canelos, maitenes y pewenes, pero no de roca
volcánica y una que otra retama por ahí. Definitivamente la montaña donde quedó su
hijo es totalmente distinta al paisaje en que se crió. Con razón la nieve, el cansancio y
la sed pudieron con Miguel hasta llevarlo a la muerte.
Corina y sus hijas se detuvieron antes de entrar al lugar en que pereció el
Hombre Andino. Fumaron antes y en medio de esas bocanadas cumplieron con el ritual
de pedir permiso para ingresar a una montaña desconocida. Terminada esa rogativa,
subieron hasta el sector en que fue encontrado el hijo. Allí Corina le habló llamándolo
por su nombre mapuche, Leviner-o el que se socorre solo- diciéndole coñí, hijo. La
oración era necesaria, porque el alma de Miguel quedó extraviada en el lugar y hablar
en la lengua ancestral ayuda a calmar los espíritus.
Por eso también habla con él casi en forma cotidiana. Corina le lloró mucho,
pero un día vino en sueños a decirle que no dijera más que se había ido, porque estaba
con ella, así es que dejara las lágrimas de lado y hablara de él en presente. Nunca más
lo soñó, ni antes ni después. Incluso ese mismo día no le vio la cara y supo que era él.
Porque Miguel sigue junto a ella. Su espíritu se fue al cielo, pero el alma anda rondando
mientras cuida a su cuerpo en la tumba de Pitril.
Coñí, coñí le dice Corina, mientras en chedungún le cuenta sus penas y alegrías,
su lucha que ha dado por hacer justicia en su muerte. Coñí, coñí le dice, mientras le
relata que el abuelo Asensio murió dos meses después que él, porque quería reunirse
con su nieto a contar cuentos y ya no daba más de dolor.
Coñí, coñí le dice, mientras le cuenta que su padre ya no se levanta porque no
tiene ánimo de seguir viviendo y que a ella misma le flaquean las fuerzas para hacerlo.
Y su hijo le responde: “Las tonteras que habla esta mujer”, mientras le sonríe en el
viento que se cala desde la puerta de la casa y revolotea en el comedor, descansando
finalmente en la negra cabellera de su madre.

Un comentario en “36. Miguel Aurelio Piñaleo Llaulén

  1. Me encanto el relato.. tiene mucha similitud con un cuento que escribí sin saber nada de la historia de Miguel.
    Muy emotiva y sincero, felicitaciones al autor que logra emocionar

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