31. Christopher Andrés Pérez Sánchez

Relato basado en el testimonio de su madre Violeta (quien se quitó la vida en junio de 2009)

Christopher Andrés Pérez Sánchez

Christopher Andrés Pérez Sánchez

Violeta Sánchez es una mujer joven. Llama la atención por su edad y por
su larga cabellera, bien cuidada y mantenida, que se estira un poco más abajo de su
cintura. Viste de jeans, lo que realza aún más su aspecto jovial y moderno. Al verla,
pocos creerían que es madre de tres hijos adolescentes y que está en medio del proceso de duelo por la muerte del mayor de ellos, Christopher Andrés.
Se embarazó a los diecisiete años y cuando el niño cumplía los dos años se
casó con el padre de su hijo. Fue así como conformaron la familia y tuvieron otros dos
niños: Jairo y Jordi, con quienes residían en una vivienda emplazada en medio de verdes colinas en el sector rural de Los Ángeles, La Montaña.
Christopher estaba realizando su segundo medio en la educación de adultos,
en el villorrio de Santa Fe -cercano a su casa- cuando optó por irse a trabajar a una
constructora en La Serena. Vivía con una tía en el norte. No era la primera vez que se
iba, porque ya había estado un par de meses trabajando para una compañía de bomberos en Santiago, así es que su familia estaba acostumbrada a que el mayor de los hijos hiciera las maletas cada cierto tiempo. Claro que siempre volvía. De la capital retornó porque no se hallaba y de La Serena, porque salió llamado a realizar el servicio militar.
Es recordado por su madre como un joven cariñoso y bastante sociable que
siempre bromeaba y molestaba a sus hermanos menores, ya fuera haciéndoles nudos
en la ropa o poniéndoles insectos. Su carácter era extrovertido e inquieto. Tenía polola,
practicaba fútbol en el club de su sector y salía constantemente a cazar. Era también
el jefe corista de su iglesia evangélica. Pero si se trata de definirlo por una de sus
principales características, Violeta no duda en decir que Christopher era, por sobre
todo, muy protector de sus hermanos.
“Siempre andaba pendiente de ellos, cuando salían quedaba tranquila porque
iban los dos menores con él. Salía y volvía con ellos. Siempre estaba atento de dónde
y con quién estaban y yo sabía entonces que nada les podría pasar estando juntos”,
recuerda.
Llegó de La Serena dos días antes de entrar a la Compañía de Morteros, así
es que fue poco lo que pudieron compartir con él antes que se enrolara. Y esos días los
aprovechó en comprar lo necesario para iniciar su servicio militar. Luego, la familia fue
a visitarlo los domingos que pudieron. El tiempo pasó rápido. Su madre recuerda que
Christopher llegó a casa luego de su entrega de armas. A los dos días se fue y ya no lo
vieron más.

¿Tenía deseos de hacer el servicio militar?
“Quería hacer el servicio, pero al final estaba arrepentido y me pedía a mí que
hablara por él, porque no quería irse, pero ya era tarde y estaba todo listo. Prefería
volver al trabajo, después como faltaban tan pocos días se quedó no más. Pero cuando
lo fui a dejar no quería, me pedía que hablara, que lo sacara y yo no… pero nunca me
imaginé lo que iba a pasar”.

¿Se había resignado una vez adentro?
“La primera semana se veía contento. Pero ya de la segunda en adelante empezó
a quejarse que pasaba una cosa y otra, malos tratos, que los golpeaban más de lo
necesario para un simple ejercicio militar, que se perdía dinero dentro de los casilleros
y les pegaban a todos. Incluso un día tuvo que pasar plata para devolver, porque estaban cansados que los golpearan por la plata que se perdía y así varias cosas que me contaba sólo a mí para que usted sepa que aquí no nos tratan como se dice. Ellos decían que era un ejercicio militar para ver cuántos niños resistían, pero creo que la manera en que los trataban no era para un ejercicio”.

¿Guarda la sensación de que no lo pasó bien en el servicio?
“Las últimas tres semanas no, porque cuando íbamos a verlo me decía que
estaba arrepentido de haber ingresado”.
Sin embargo, Christopher partió contento a la campaña en Los Barros. Estaba
animado porque no conocía la nieve y sabía que de allá traería nuevas experiencias y
cosas que contarle a su familia. Violeta, al verlo entusiasmado, se alivió también de
saber que el servicio militar se le estaba volviendo más llevadero.
Ese último fin de semana que estuvo en casa, luego de la entrega de armas, el
joven se levantó temprano para ir a comprar a Los Ángeles las cosas que les habían
solicitado. También aprovechó para visitar a sus abuelos, que residían en una casa
contigua a la suya. Christopher tenía una relación muy cercana con su abuela materna,
a la que llamaba su segunda mamá. Cuando estaba en casa, su rutina comenzaba muy
temprano en la mañana, yéndole a dejar la tetera con agua hervida para que tomara
desayuno. Volvía en la noche para despedirse de ella y ver cómo estaba o, cuando aún
era estudiante, pasaba a visitarla a su regreso de clases.
La última despedida la tuvieron en casa. Violeta notó cambiado a su hijo
principalmente porque le hacía caso en todo a Jordi, su hermano menor. Prácticamente
lo que le pedía éste, lo hacía, a diferencia de lo que ocurría antes, cuando el mayor
no respondía a los caprichos del menor de los hermanos. Algo había cambiado. A la
hora de despedirse, el soldado le pidió a su madre encarecidamente que lo estuviera
esperando a su regreso que no sabía si ocurriría el 20 ó el 30 de ese mes de mayo. De su
hermano Jairo se despidió de beso, gesto que no acostumbraba a hacer, porque siempre se daban de palmetazos en la espalda. A su padre también lo besó y lo mordió en la oreja, diciéndole una frase que a Violeta se le quedó grabada: “Como sabís huevón que no vuelvo nunca más y me quedo enterrado allá en la nieve”. Después se despidió de ella y le pidió que no llorara, porque debía estar segura que volvería a estar con él.
Pero aquella fue la última vez que se vieron, porque al día siguiente fue la familia
a dejarle hasta el regimiento algunas cosas que le habían faltado para la campaña, pero
no les permitieron verlo. En la guardia de la unidad militar les dijeron que no estaban
autorizadas las visitas, porque el joven recién había ingresado la tarde anterior.
“Yo no supe en realidad si recibió todas las cosas, porque le pidieron una
cantidad y nosotros le echamos el doble o el triple. Le dije que si a algún compañero le
faltaba, él le tenía que convidar. Pero una cartita que le envié la encontraron allá arriba,
porque era seguro que la llevaba en un cuaderno, por eso pienso que sí le entregaron
las cosas. Pero no sé. Le dejé sus cigarros y además, como era de estos pretenciosos, le
llevé cosas para que anduviera bien arreglado y perfumadito”.

¿Cómo se enteró de lo sucedido?
“Ese día como a la una de la tarde le arreglé su ropero y le hablé a sus cosas:
Sinvergüenza, tenís tu ropa lista para salir a carretear el fin de semana. En eso me devuelvo y sentí un escalofrío, como que alguien me observaba o hubiese estado detrás de mí y quedé toda la tarde con esa sensación. Mis vecinos ya sabían lo que había pasado y yo, nada, porque tenía apagadas la radio y la tele, era para mí un día extraño y lo único que quería hacer era irme donde mi mamá y no estar aquí. En la tarde cuando llega mi hijo, me dice que prenda la radio: ‘Porque hubo una avalancha de nieve y están los morteros atrapados’. Sentí en el pecho la sensación que hasta el día de hoy tengo, como que algo me dijo: Sí, mi hijo está ahí y algo le pasó.
Encendimos la radio y la televisión y supimos que había cinco morteros
muertos. Esa noche estuvimos acompañados por familiares y amigos. Al otro día nos
fuimos al regimiento a las seis de la mañana y ahí nos mantuvieron todo el día con eso
que los chiquillos iban a llegar, que se sabían cuidar, que estaban en los refugios y ¡nada!
Después me dijeron que en la tarde venían los camiones de los morteros, entonces
como yo no tenía esperanza, no fui a verlos. Se escuchaban comentarios que estaban
todos muertos, pero los militares no querían asumirlo… ellos desde ese mismo día,
sabían que estaban todos muertos, pero no, dale con decirnos que iban a llegar, que en
la otra bajada llegan.
Después, cuando me vine, llamé como a las cuatro de la mañana de aquí al
regimiento y pregunté por mi hijo. Me pidieron su nombre y la compañía. Escuché al
hombre del teléfono decir a su colega: ‘Chuuta, ¿y qué le digo a esta señora?’ El otro
le respondió: ‘¡Ah! Dile que venga mañana y le van a dar noticias de su hijo’. El que
conversó conmigo era como más caballero y me dijo: ‘Señora, yo la entiendo, tiene que
resignarse a lo que pasó, si total son cosas de Dios’. Le dije: ‘¿Resignarme a qué? ¿A
qué está perdido?’ Callaba y luego me respondió: ‘Sabe, no le puedo decir nada’. Yo ya
había escuchado todo.
Sabía que ellos estaban muertos, pero mentían, hasta que al final fríamente nos
llamaron a las cinco primeras familias el señor Mercado, el señor Pineda y el señor
Cereceda. Luego vino la rabia, la impotencia, lo único que quería era saber qué les
había pasado, que dijeran la verdad, al menos asumir lo que era y no guardar falsas
esperanzas. Entonces le veo cinco informes en la mano y éramos cinco familias: eran
cinco muertos y entonces… ¿qué más? Todavía nos pedían que se mantuviese la calma y
al final dijo: ‘¡Ya! ¡Qué tanto grito! ¿Quién es usted? Quieren la verdad, se la voy a decir: estos cinco morteros están muertos’. Dijo que habían muerto el día anterior.”

¿Pudo estar pronto con su hijo?
“No, porque según ellos ni siquiera sabían dónde estaba muerto. Sabían que
estaba muerto, pero no en qué lugar. A los días nosotros fuimos cuando entregaron
varios cuerpos, vino el Presidente de la República y hartas autoridades, incluso vino la
mamá de este niño Matute Jones. Hablamos con el Presidente y le explicamos que si mi
hijo era de los primeros muertos, cómo no iban a saber dónde estaba. Hablamos también con el Ministro Ravinet que andaba acompañándolo, él habló con el comandante Cheyre y le dijo: ‘Ya, mañana a esta hora tienen al Pérez Sánchez aquí’. Entonces eso es lo que hallo raro, tantos días buscando y no sabían dónde estaba mi hijo, porqué esperaron la voz del Presidente para al otro día decirnos su hijo apareció.
Como a la una de la mañana tuvimos que reconocerlo. Le hicieron la autopsia,
estuvo en la capilla, nos vinimos y al otro día tuvimos que volver, porque lo entregaban
en la tarde. A las cinco les hicieron un responso en los comedores de los soldados. Ahí
ya me lo entregaron, ese día lunes 23 en la tarde. Nos vinimos para acá, lo velamos y el
25 lo sepultamos en la iglesia donde era el jefe corista”.
Ocho días después que partiera Cristopher, su abuela también falleció, la tristeza
de ese invierno le ganó la batalla por la vida como también ocurriera con su nieto en la
cordillera y en casa, en medio de la pérdida que acarrea la muerte, los hermanos pasan
su pena recordando cosas cotidianas, mientras su madre no se resigna a la ausencia de
su hijo.
“Yo fui mamá soltera. Mi hijo tenía más de dos años cuando me casé con su
padre, entonces eso como que más me duele, porque estuve sola durante el embarazo,
en momentos mi familia me apoyó, pero, en ocasiones una piensa que la vida no vale.
Si no hubiese sido por Christopher, yo en esos años hubiese estado en el infierno, pero
después al sentir a mi hijo que se movía, que crecía y después nació, me dije: Esto es
algo bonito y tengo que luchar por él toda mi vida. Por eso, siempre mi sueño fue verlo
grande… convertido en lo que ya casi era… todo un hombre” relata Violeta, mientras su
voz se ahoga en llanto, sus susurros se apagan, se apaga la grabadora que la registra y
también el tibio sol de fines de verano

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