3 José Humberto Bustamante Ortiz

Relato basado en el testimonio de su abuela Graciela

José Humberto Bustamante Ortiz junto a toda su familia

José Humberto Bustamante Ortiz junto a toda su familia

A Graciela Berríos le dijeron que su nieto José Humberto se había caído boca
abajo en la nieve y como ya venía con hipotermia, no tuvo fuerzas para moverse. Le
dijeron que se ahogó, porque sus pulmones no habían sido capaces de soportar el
enorme esfuerzo, que hizo para llegar con vida al ansiado destino.
Cierta o no la versión -porque después supo que el joven no murió en el camino,
sino en el refugio de La Cortina- con una fuerza de ánimo increíble en una mujer
tan menuda, la abuela materna del soldado Bustamante es capaz de relatar lo que le
explicaron sobre la muerte de su nieto.
Pese a que su voz denota calma, dice que esta pérdida se siente con mayor
magnitud que la de un hijo. Asegura que los padres siempre deben andar preocupados
de exigir y de enseñar. En cambio, a los nietos se les disfruta, se les regalonea, se les
trata de una manera distinta y si hay alguien que no está preparado para perderlos,
ésos son los abuelos. Lo manifiesta con la sabiduría de quien crió a su nieto, porque
José Humberto siempre se negó a quedarse con sus padres y prefirió vivir con ellos en
Chacayal, sector rural de Los Ángeles, de camino hacia Antuco.
Desde niño los prefería. Primero, cuando vivían muy cerca de su casa, el
pequeño José quedaba llorando al ver que su abuela se iba: las lágrimas de su nieto la
conmovían al punto que debía partir a consolarlo. Siempre fue así, pero la situación se
complicó cuando a su yerno Carlos Bustamante le ofrecieron trabajo en una parcela en
San Bernardo, Región Metropolitana.
José aguantó muy poco en el norte, apenas un año. Por entonces, era recién un
adolescente y prefirió regresar a su lugar de origen. Lejos dejó a su mamá Sandra, a
su hermano mayor Carlos y a los menores Ruth y Luis. Sólo en las vacaciones los iba
a visitar, pero siempre por poco tiempo y acompañado de su abuela, quien le servía de
pretexto para regresar pronto a Chacayal.
Su vida entera la pasó en el sector rural angelino, donde realizó toda su
enseñanza básica. Llegó hasta tercer año medio en la Escuela Taller Don Orione de
Los Ángeles, donde seguía la especialidad de mecánica. Pero quedó repitiendo, por lo
que terminó en el Liceo Isabel Riquelme de Canteras, el mismo establecimiento donde
estudiaron otros de sus camaradas de armas de Quilleco.
Completando sus estudios y sin muchos deseos de cumplir con el deber
estipulado por ley, se fue al servicio militar obligatorio. Fue un diálogo con su abuela el
que lo persuadió:
-Abuelita ¿qué hago? ¿Cumplo con el servicio o no?
-Yo no sé, no te puedo obligar, porque si no tienes plata para entrar a un
instituto o a una universidad después, ese estudio del colegio no te va a servir para casi
nada.
-¿Y si entro al regimiento?
-Ahí sí, porque puedes postular a la Escuela de Suboficiales después o sacar
algo de ahí, o incluso servirte para carabinero.
Entonces decidió ingresar.
Hasta ahí llegarían las correrías por el campo, las salidas a cazar liebres con
su perro Cano, los partidos de fútbol, las vueltas en bicicleta y las visitas a su polola
Camila. Aunque de naturaleza tímida y hogareña, José había conocido a la joven unos
meses antes, cuando llegaron desde Santiago a vivir a un campo cercano. Graciela
siempre le recomendaba que no pololeara tan “nuevo”, frase que dejó graficada en uno
de sus trabajos de colegio y que aparecería tiempo después en su casa. “Ella es como
mi madre, así es que yo le hago caso en todo”, decía José a renglón seguido en su
composición.
El joven acompañaba a sus abuelos a la iglesia cercana. Decía que él era
evangélico también, así es que asistía a algunas reuniones y sobre todo, a las vigilias que se realizaban. Su carácter llamaba la atención entre sus amigos, porque no aguantaba mucho rato fuera de la casa antes que quisiera regresar a ella. Y su cariño era bien recompensado, porque su abuelo José Luis también lo mimaba y trabajaba arduo con tal de poder mantenerlo en el campo.
Pero con la llegada del servicio, cambiaría la vida para los tres. Era la primera
vez que José dejaba la casa, los abuelos quedaron viviendo solos. Durante ese tiempo
aprovechaban de visitar los domingos al soldado mortero en el regimiento angelino.
Aunque no era de su completo agrado, la milicia ya lo tenía acostumbrado
a su férrea disciplina uniformada. A sus abuelos les decía que estaba bien, que no se
preocuparan y nunca les sugirió siquiera la posibilidad que recibiera malos tratos al
interior del regimiento. Nada de eso. De todas formas, su abuela percibía en él cierto
aire triste, como si extrañase la casa.
Para su ceremonia de entrega de armas, viajaron sus papás desde Santiago. La
ocasión la retrataron con fotografías en las que todos lucen contentos. Ese fin de semana estuvo en casa y anunció que se iría para la cordillera, porque tenían instrucción allá.
Graciela le fue a dejar todo lo necesario para la montaña el miércoles siguiente, ocasión
en la que suponía debía despedirse y desearle que todo saliera bien. No obstante, él le
tenía una sorpresa gracias a los impecables jardines y prados que existen en la unidad
militar.
-Abuelita, mañana voy para la casa.
-¿Te van a dar permiso?
-Sí, a todos los que tienen semilla de trébol en la casa nos van a dar permiso
con tal de traer un poco al regimiento.
-No hay pasto en la casa, pero te compro.
-Ya, pero no se vaya a olvidar porque tengo muchos deseos de ir para allá.
-Bueno, entonces ya me voy.
-Pero abuelita, no se vaya, para qué se va a ir altiro… esté otro rato conmigo.
Al día siguiente, José Humberto estuvo por última vez en su hogar. Graciela no
lo vio precisamente contento: notó tristeza en los grandes ojos de su nieto, nadie mejor
que ella para descifrarlos. Esa tarde le iba a servir once, pero él le dijo que no, porque
iría a despedirse de Camila.
-Voy y vuelvo.
Salió. Y Graciela no volvió a verlo, porque esa tarde tenían reunión en la iglesia,
así es que le dejaron todas las cosas listas sobre la mesa.
“Después lloraba yo, por qué no me quedaría, pero cuándo va a saber una de
esas cosas”, dice Graciela.
Le dieron deseos de despedirse de su nieto en el regimiento el día viernes.
Pero desestimó la idea las veces que se le ocurrió, para que no la tildaran de alharaca y,
además, porque pensaba en qué podría ocurrirle estando bajo el estricto cuidado de los militares.
Cuando a Graciela le contaron lo que había ocurrido con su nieto, simplemente
no lo podía creer. José siempre había mostrado fortaleza y capacidad física y nunca
se amilanaba ante el frío. Los días de lluvia los pasaba cazando, sin importarle cuán
mojado quedara.
Pero con la nieve fue distinto y su resistencia simplemente no fue suficiente
para cumplir con la orden perentoria de sus mandos. En el aturdimiento inicial que
provoca la muerte, Graciela buscó la conformidad en que su nieto fue capaz de llegar al
refugio, porque pese a lo mal que iba en el trayecto logró arribar a la famosa Cortina.
Pero no sirvió de mucho, José entró literalmente reventado a las dependencias, donde
con desesperación los militares le realizaron diversas maniobras de reanimación.
Ninguna de ellas surtió efecto. José Humberto Bustamante Ortiz falleció ante la mirada desesperada de los escasos mandos que en ese momento estaban en el lugar, ante la mirada cansada y aterida de sus camaradas que ya en el trayecto habían visto caer a decenas y que mantenían la esperanza que, en cualquier momento, esos cuerpos rígidos fueran capaces de romper el letargo y arribar al refugio. Pero con Bustamante fue distinto: todos supieron el momento preciso en que había dejado de vivir. Entonces
se asomaron con pavor al descubrimiento de que quizás, los que habían quedado en el
camino, compartirían el mismo destino que Bustamante.
Como el joven falleció en el refugio, su familia fue la primera de las 45 en recibir
el cuerpo. El soldado de Chacayal se hizo tristemente conocido por todos cuando el
general Cheyre, con lágrimas en sus ojos, señaló a la prensa que con su ropa vistió el
cuerpo del soldado: “Yo vestí al primer muerto que encontré, yo le puse mis calcetines,
mis calzoncillos, mi camiseta, yo le hice la santa cruz con mi medalla de la Virgen del
Carmen. Aquí no hay dolor más grande que el que estamos sintiendo nosotros y los
padres de estos soldados”.
José Humberto llegó antes que el resto de sus camaradas. Su papá fue a
reconocer el cuerpo. Se lo entregaron para que fuera velado en la iglesia evangélica
a la que siempre asistió. La pequeña estructura de madera se vio colmada de gente y
flores, que fueron enviadas para despedir al primero de los soldados que regresaba de
la montaña. Aunque nunca lo hubiera soñado, el nombre de José Bustamante Ortiz
resonó en los oídos de todos. El joven criado con sus abuelos en una pequeña y sencilla
casa de campo, fue conocido nacionalmente y su velatorio fue el único individual que
contó con la presencia del general Cheyre, del Ministro de Defensa Jaime Ravinet y
del Presidente de la República, Ricardo Lagos. Aunque la ocasión se prestaba para
histórica y solemne, Graciela permaneció siempre con la mirada perdida, los ojos secos
sin llanto, caminando entre la gente con el aturdimiento provocado por el certero golpe de la pérdida irreparable.
Su nieto, el joven y tímido José Bustamante Ortiz, escribió su nombre en la
historia al convertirse en el primero de los soldados reconocidos como muertos. Plasmó su huella no sólo en la nieve de Antuco, sino también en sus mandos y compañeros que lo vieron morir cuando ya había llegado a destino, como si una cruel ironía se hubiera cernido sobre él y todo su esfuerzo sólo sirviera para convertirse en el más amargo recuerdo de quienes le sobrevivieron en la travesía cordillerana.

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