29. David Alejandro Carrasco Yáñez

Relato basado en el testimonio de su madre Ilcia

David Alejandro Carrasco Yáñez

David Alejandro Carrasco Yáñez

“Mi chiquillo, el David, era el menor de mis cuatro hijos. Y a mí, Dios me
mostró en un sueño lo que le iba a pasar, que se moriría, pero siempre pensé que se iba
a morir en Traiguén donde estudiaba. Dios también me mostró que se velaba acá en la
iglesia de Pedregal, como al final lo hicimos”.
Ilcia habla desafiando con su voz el melancólico silencio que tiene el campo
angelino a fines de abril. Su relato a veces es interrumpido por algún canto de pájaro o
la entrada de gallinas a la cocina. Junto al fogón, Ilcia recuerda y su mente se pierde en
tiempos lejanos.
“Esos días de lluvia estuve preocupada y por la noche no dormí nada… fuimos
a ver a la Jeanette, mi hija mayor que vive lejos por allá arriba, teníamos miedo por el
peligro de los árboles que se caen. Llegamos tarde acá a la casa y habían venido unos
vecinos que tienen tele a avisar que fuera a ver a David”.
Su voz se quiebra en un sollozo y la menuda mujer parece aún más pequeña en
su soledad de madre, sus ojos miran el desnudo suelo de tierra.
“Llegaron acá y yo no estaba, porque volvimos tarde. Al otro día en la mañana
llegó un vecino a avisar, se fue ése y después vino el patrón y yo dije: Ya, voy a ir al
regimiento, porque estaba saliendo en las noticias que había que ir a Los Ángeles a saber de los soldados de Antuco, así es que fuimos con el patrón. Él llamó por teléfono, pero era mejor ir, porque todos sonaban ocupados. Y allá un caballero -el mismo que me daba permiso para que visitara a David- no me dijo nada de lo que había pasado, sino que nosotros teníamos que esperar para saber la verdad, porque todavía los andaban buscando. Pero a esa hora, ellos ya debían saber lo que estaba pasando.
Yo estuve una semana entera allá y a mi esposo lo dejé aquí en el campo,
me quedaba donde mi hijo, Pablo, a alojar en Los Ángeles y después me iba para el
regimiento, preocupada acaso lo veía. Se demoró como dos semanas en que no pasaba
nada… primero llegaron tres muertos, después catorce de una sola vez y en esos no
aparecía, después llegaron cinco y en esos apareció el mío…”
Ilcia nuevamente rompe su relato, esta vez dando paso a sollozos más fuertes.
Junto al fogón y a su tetera, su rostro se ve más sombrío en medio de la penumbra.
Unos gatos merodean por el lugar. Ilcia está perdida en sus recuerdos que la envuelven
en los crudos sollozos de madre campesina, mujer que no sabe de maquillajes ni de
artilugios para ocultar su dolor.
“Para mí fue la tragedia más grande cuando lo fui a reconocer con el Pablo.
A mí Dios me lo mostró una mañana de día martes, antes que llegara, pero me lo
demostró vivo, yo le decía: Mijito… Dios siempre a uno le muestra no para asustarla,
sino para que sepa. Mijito ¿cómo está?Y él estaba acostado en una camilla que tenía una cuestión blanca. Yo me acuerdo tan bien, porque con esta mano lo tomaba por debajo, le digo qué le había pasado y empezó a pestañear, suspiró y me dijo que le dolía mucho la espalda. ¡Cómo no le iba a doler con las cosas por las que había pasado! Además, si ellos dicen que les dieron de comer y en realidad no iban comidos, con razón más chiquillos murieron…”
Llora con su mirada perdida. Sus recuerdos se desordenan al igual que su pelo
cano, similar a las cenizas del fogón que ya abundan a esta hora y cuyas brasas no
logran alumbrar la cocina. Son los momentos en que la noche se inicia en el campo. Las
palabras comienzan a surgir rápidas en su doloroso relato.
“Lo llevaron a la morgue, lo de la urna, todo eso, a sacar sus papeles… así es
que ahí lo trasladaron a la iglesia del regimiento y empezaron a llegar los conocidos.
Después nos acercamos y les dije a los del regimiento acaso me daban permiso para
velarlo los dos días en la iglesia de mi sector. Lo trajeron un día martes y el viernes lo
llevamos para el cementerio. No lo velamos en mi casa, porque aquí es muy chico, sino
que en la iglesia de El Roble, así como Dios me lo había demostrado en los sueños. Es
que cuando David estaba vivo íbamos juntos a la iglesia antes que entrara al regimiento
y después también, con su ropa de militar”.
Ilcia se detiene. Suspira y se para de su asiento. Espanta las gallinas y vuelve a
sentarse. Su mente continúa recordando. Ahora se sitúa en el momento en que David
ingresa al servicio militar.
“Él no quiso que yo fuera al regimiento cuando se fue. Eso a mí me preocupaba,
pero él no quiso, me dijo que lo iban a joder porque me iba a poner a llorar, lo quería
a mi chiquillo y se portaba bien conmigo. ¡Mamita!me decía cuando llegaba. Íbamos
a Los Ángeles y ahí andaba del brazo conmigo, me decía que tuviera cuidado en las
pasadas de las calles… fue el que más me quiso. A los otros hijos yo los quería igual,
pero van creciendo y van haciendo su vida, entonces no es lo mismo. Él era más amante
de mí. Como se dice que hay de todo, buenos y malos, de todos en esta vida… y él era el
más regalón, la guagua, el conchito”.
Y su relato va quedando más atrás, remontándose hasta los días de infancia.
“Me acuerdo que una vez les hice juntos el cumpleaños al Juan y al David,
cuando estábamos aquí. El chico nació el 7 de mayo y el otro el 10 de mayo de 1972,
eso fue muy lindo. Yo de las fechas me acuerdo, pero de las cosas me olvido. Imagínese
que hace poco había comprado un casete y no sé qué me pasó, que se me perdió y eso
que lo tuve en la radio. Me da pena, porque era de los héroes de Antuco, no sé dónde
quedó… no lo he hallado… se lo encargué a una hermana en Los Ángeles, lo escuchaba
para acordarme de mi hijo y tener algo de él, porque partió tan feliz ese fin de semana
de aquí, el último día, por fin iba a conocer la nieve.
Es que mi hijo era tan tranquilo y tan especial, si los choferes de los buses van
a verlo siempre al cementerio, porque a la edad que tenía no fue un niño que haya dado
que hacer en las micros, no lo vieron con una polola ni nada. Tenía pocos amigos y eran
más de allá del colegio en Traiguén donde estudiaba internado. A él le gustaba ese liceo
y podía pasar su mes entero por allá, antes de tener plata para que pudiera venir a su
casa.
Quería seguir estudiando, pero como le tocó el servicio tuvo que hacerlo. El
director del internado tiene que haberse visto repelaodespués con todo lo que pasó,
porque se le pidió a este caballero que hiciera un papel para que mi hijo siguiera
estudiando y se sacara el servicio, ya que estaba todavía en segundo medio y le gustaba
el liceo. David fue a pedírselo, por la escasez de plata una no podía andar viajando. Le
di diez mil pesos para que fuera a Traiguén a pedir el papel, pero el caballero no quiso
dárselo, así es que David tuvo que volverse y hacer el servicio. Mis otros dos hijos no lo
habían hecho, porque se lo habían sacado años atrás, así que era el primero de la familia al que le tocaba.
Pero David se fue con el Señor y la conformidad que tengo es ésa, porque nunca
hizo mal y todos guardamos bonitos recuerdos de lo bueno que fue él en vida”, termina
diciendo Ilcia parándose de su asiento y dando por finalizada nuestra conversación
junto al fogón.

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