28. Juan Carlos Castro Balboa

Relato basado en el testimonio de su madre Gladys

Juan Carlos Castro Balboa

Juan Carlos Castro Balboa

Lo cierto es que en todas las entrevistas nunca he contado bien esta historia,
porque encuentro que es algo muy personal, que es como una ofensa para Carlitos, pero ahora ya me decidí a contar toda la verdad.
Se puede decir que crié a Carlitos desde la guatita, porque es hijo de un sobrino
y junto a su pareja estaban económicamente súper mal, así es que nosotros tuvimos que prestarles una pieza para que vivieran. Se casaron y ella quedó esperando a Carlitos y fue bien cuidada, porque mi esposo Arnaldo tenía corazón de abuelita. Era como una más de la familia y bueno, nació el niño, regalón, mimado por todos. Entonces era tan guagüita, se fueron de la casa con mi sobrino y vivieron unos meses aparte. Carlitos tendría como un año y medio y no sé si alcanzaron a vivir un año solos como familia, creo que no.
Cuando mi sobrino se fue a trabajar a Antuco, a veces encontraban solo a su
hijo. Como vivían cerca de nosotros, un día una vecina nos fue a dejar al niñito en
pleno invierno. Así llegó con dos años Carlitos, regresó a mi lado, porque la vecina
lo encontró llorando y con sus patitas “ñonchas”, donde andaba mojadito en la calle.
Cuando me lo fueron a dejar a esa hora me puse a llorar junto con él. Esperé que lo
fueran a buscar al otro día, pero eso no sucedió.
Al par de meses empecé a preocuparme de qué hacía yo con el niño. Y a un
sargento amigo, que vivía cerca, le conté y me dijo: “Gladys, te estás metiendo en un
tremendo problema”, porque me podían acusar de rapto y me recomendó que fuera a la comisaría para que me derivaran al juzgado. Lo hice. Fui y allá nunca me preguntaron
de quién era el niño, simplemente me dieron su custodia después que una asistente social fue a mi casa. Nunca me preocupé de adoptarlo, porque tenía sus padres verdaderos. A su madre la citaron al juzgado para informarla que el niño me iba a ser entregado y ella dijo que no había persona mejor que yo para que le cuidara el hijo.
Recuerdo que cuando niño, Carlitos era flojito para estudiar pero ordenado, así
es que estuvo con una profesora para reforzar y en segundo año básico quedó dos veces repitiendo, no había caso que saliera de ahí, después ya no le costaba tanto. Alcanzó a hacer hasta octavo y luego se inscribió en un instituto para hacer dos años en uno.
Aunque soy de las que piensa que no porque una persona esté muerta una está
obligada a decir que fue buena, con Carlitos no puedo decir nada malo. Era demasiado
ordenado, muy respetuoso y querendón conmigo. Era un niño humilde y obediente y
para él, ésta era su casa. Nunca me dijo: “Yayi ¿por qué yo estoy aquí?” Para él nosotros
éramos su familia.
Fue conocido desde niño como el Milico, porque le gustaba jugar a los soldados.
Ese era el juego preferido de toda su niñez: se llevaba un grupo de cabros chicos y él
era el mandamás, el que los ordenaba y hacía jugar. Ahora esos niños son jóvenes y se
acuerdan cuando el milico loco los llevaba y los hacía botarse en el suelo o esconderse
en las zanjas por ahí. Siempre su vida fue esto y su sueño hacer la carrera militar. Yo le
decía que se buscara otra cosa, a veces me contaba que quería ser marino, otras veces
carabinero y pensaba que por ahí el Arnaldo podía moverse -es suboficial retirado-
porque ser milico encontraba que era algo totalmente lejano a nosotros y trataba de
echarlo por el desvío. Pero él quería ser militar.
Carlitos no era de cualquier amigo, los seleccionaba bien y se alejaba, por
ejemplo, si tenía algún amigo loco, insolente o bueno para salir… qué sé yo… entonces
me decía que no quería ser más amigo de él por tal y tal cosa. Buscaba sus amistades
y no era de pasearse tampoco. Carlitos no alcanzó a ir a ninguna fiesta fuera de las
de colegio, no supo lo que era ir a la discoteca ni nada. No le gustaba tampoco. Si
a nosotros nos invitaban a salir, no le gustaba ir y se quedaba en la casa. Es que le
encantaba quedarse solo escuchando música a sus anchas.
Yo, el peso de conciencia que tengo es que no quise a la polola que tuvo, incluso
la niña ahora me dice que entre ellos estuvieron mal antes de irse al regimiento, porque
le decía que ella no me gustaba. Y seguramente él por complacerme, había peleado un
poco con la niña. Se llama Paola, era del instituto donde él estaba estudiando, pero no
del mismo curso y a mí no me gustaba, era mayor. Tenía su drama y yo la verdad de las
cosas es que no la conocía. Si lo hubiese hecho a lo mejor habría cambiado de opinión.
Ahora ella está muy mal y no deja de ir ninguna semana al cementerio, va casi todos
los días a limpiar, a arreglarle la tumba. Mi culpa es no haberla conocido antes. Es que
fui muy aprehensiva, lo he sido con todos mis hijos. Pero con él más todavía, porque
era el menor y sentía que todos los ojos estaban puestos en mí, pensaba que si “metía
las patas” con mis hijos biológicos nadie me iba a pedir cuentas, pero si lo hacía en la
crianza del hijo adoptivo, todos los ojos iban a estar puestos en mí.
Bueno, Carlitos quería cambiarse sus apellidos. Yo, por hacer las cosas bien,
nunca lo dejé mientras era niño, le decía que esperara a ser mayor de edad, para que
supiera bien lo que iba a hacer. Arnaldo también se siente mal y dice que su pecado con
el niño fue que cuando cumplió los dieciocho años y se quería cambiar los apellidos,
lo saludó por su cumpleaños y le dijo que él era criado a la antigua, por lo que la
mayoría de edad era a los veintiún años y no a los dieciocho. A mí también me da mucha
pena, porque en ese momento pensaba que lo hacía bien y no hice nada para que él se
cambiara los apellidos, tuvo que andar averiguando solito cómo hacerlo.
Pero no hubo problemas con eso cuando salió llamado al servicio, estaba feliz,
era su sueño desde chico. Era tanto su nerviosismo y las ansias que le tocara, que fue
al centro a mirar las listas y no se encontró. Y llegó aquí amargado, le pregunté qué le
había pasado, porque llegó con su trompita estirada. “No salí” me dijo. Le contesté que
para qué se preocupaba, que hiciera otra cosa, que por último le pagábamos un curso,
porque el ejército era un año perdido.
Después le pregunté si había visto bien la lista, porque quizás no lo había
hecho. Es que igual encontraba raro que no saliera, porque cuando fue a inscribirse
lo acompañé a Los Ángeles -estaba demasiado ansioso- y expliqué que era su ilusión
desde niño hacer el servicio, así es que ojalá le tocara. Y el que estaba inscribiendo me
dijo: “Pierda cuidado porque le va a tocar” y le hizo una marca al nombre. Entonces
encontraba muy raro que, más encima con ese antecedente, no hubiese salido llamado.
Lo mandé de nuevo a mirar las listas y volvió con una sonrisa de oreja a
oreja, estaba feliz, porque había visto mal y su nombre sí aparecía en los listados.
Una vez en el regimiento se inscribió altiro en la banda, porque quería aprender a
tocar música y también había llevado sus certificados para seguir estudiando adentro.
Estaba cumpliendo su sueño en la Compañía de Morteros. Nosotros lo molestábamos,
porque estaba muy orgulloso de su compañía y le preguntábamos a qué se dedicaban
los morteros. Muy serio nos explicaba. Y una tía le decía en broma -claro que sin saber
lo que iba a ocurrir después- “¿morteros? ¿Ustedes son los que van recogiendo a los
muertos y echándolos en sacos?” Carlitos se tomaba la cabeza y le decía a su tía que no,
le volvía a explicar todo.
Ahora nos acordamos de esas anécdotas, como cuando iba a aprender a manejar
con mis otros hijos o la vez que le preguntó al Arnaldo esas cosas de hombres delante
de mí y casi me morí por la respuesta que le dio mi esposo. Es que para mí Carlitos era
un cabro chico, porque a mis hijos los veo siempre como niños. Si cuando me dijeron
que tenía polola casi me morí… de hecho, no tenía idea que fumaba y resulta que ahora
después me cuentan. Cuando lo fui a reconocer al regimiento, había una cajetilla al lado
de él y Arnaldo me recuerda que dije: “Y fumaba más encima, cuando siempre le dije
que no”, pero en realidad no me acuerdo de nada de esos momentos.
Con todo lo que pasó, los que han estado más mal son mis hijos. El mayor tiene
úlcera y el menor cae en depresión. A mí me mantiene fuerte ser creyente y cuando
tengo ganas de llorar, lo hago sin problemas. Arnaldo se lo pasa recordando anécdotas
o cosas cotidianas que pasaban cuando estaba Carlitos con nosotros, cuando se reían o
lo regañaba. Hemos sufrido harto y eso de que el tiempo va curando, hasta ahora, no es
verdad porque mientras más pasa es peor.
Pero yo no juzgo a nadie por lo que pasó, porque Carlitos desde siempre quiso
convertirse en militar y se nos fue cumpliendo lo que él quería hacer. Además que
como papás a veces nos equivocamos en dar órdenes, como yo misma que no quería
saber nada de su polola… entonces para qué vamos a despotricar contra algo que Dios
quiso que ocurriese. Aunque al Arnaldo, nadie le saca de la cabeza que fue el coronel el
porfiado, con eso que los cabros tenían que desfilar el 21 de mayo y los bajó marchando.
Él, hace cuarenta años que hizo el servicio militar y tuvo maniobras ahí mismo en la
cordillera, pero dice que fue en primavera, cuando ya no había nieve.
Y a mí siempre me da mucha pena cuando me acuerdo y pienso que el Carlitos,
así como llegó a mi lado, así murió: mojado y entumido en medio de un tremendo
temporal.

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