26. Ángel Mauricio Saavedra Troncoso

Relato basado en el testimonio de su madre Mónica

Ángel Mauricio Saavedra Troncoso

Ángel Mauricio Saavedra Troncoso

Desde que se murió mi hijo mayor, Ángel, he tenido que volver todos los meses
al regimiento. No sé si me hace bien volver a ese lugar donde viví los momentos más
horribles de mi vida, pero no puedo hacer mucho, porque el siquiatra me atiende allí.
No es fácil hablar de todo esto y ahora mismo estoy con medicamentos, porque en la
noche no duermo si no estoy con pastillas. En el día me tomo otras para poder estar
tranquila, si no, no aguanto.
Mi hermana Sonia es de Los Ángeles y me viene a visitar cuando puede a Villa
Mercedes, después de lo que pasó con Ángel. Nos quedamos tan solos, solos yo y mis
hijos menores, Germán y Matías, acá en esta casa que se nos hace grande a los tres.
Ahora está llena de recuerdos de cuando estábamos todos juntos con Ángel y el papá
de Matías, que tenía a sus niñitas con nosotros. Entonces todos éramos como una gran
familia, pero primero se fue él y al poquito tiempo, nos dejó mi hijo.
Ese último fin de semana, antes de irse a Los Barros, estuvo acá en la casa.
Fue la única vez que vino desde que entró al servicio militar. Y estaba tan contento,
porque desde pequeño siempre soñó con ser suboficial. Por eso cuando se inscribió no
hallaba la hora de irse al regimiento en Los Ángeles. Yo lo iba a ver todos los domingos
que tenía de visita. “Mamá estoy bien, lo paso bien, me gusta”, me decía. Aunque era
flaquito siempre fue bueno para comer, entonces le preguntaba si pasaba hambre y él
me decía que no, que incluso se repetía comidas. Estaba contento, feliz. Si yo hasta le
había dado plata para que se comprara un libro que necesitaba para rendir una prueba
y entrar a la Escuela de Suboficiales. Es que siempre fue responsable y pienso que eso
lo ayudó a estar bien allá adentro.
Ángel ya había terminado su cuarto medio en el Don Orione cuando salió
llamado al servicio. Nunca repitió cursos, porque aunque no estudiaba, no se sacaba
notas rojas. Nunca tuve quejas de él. Estudió mecánica y ahora mi hijo, el que le sigue,
quiere estudiar lo mismo para ser igual que su hermano. Le iba bien y era mi hijo mayor,
por eso no quería que hiciera el servicio, él me cuidaba a los menores cuando yo salía a
trabajar y en eso estaba cuando se fue el 4 de abril. Lo querían mucho, porque siempre
salía con sus hermanos para todos lados; era como el papá de ellos, los acompañaba a
todas partes.
Lo único que no le gustaba a Ángel en el servicio era levantarse temprano,
porque en el verano -y lo mismo cuando me ayudaba con los chiquillos- dormía hasta
tarde. Entonces trabajaba tranquila, porque él estaba en casa. Salía con sus amigos,
pero regresaba a la hora que le decía. Era “pololísimo”, tenía un montón de niñas que
siempre venían a preguntar por él, porque era alto, moreno y buen mozo. Nunca las
trajo a la casa, pero yo sabía quiénes eran. Eso hacía mi hijo el tiempo que estuvo con
nosotros. No carreteaba mucho, pero salía a dar su vuelta en la plaza o a jugar a la
pelota, eso sí que le gustaba.
De hecho el último día que estuvo aquí, ese domingo 1 de mayo, se fue a la
cancha a las nueve, porque había un cuadrangular. No lo vi en todo el día y tuve que ir
a la cancha para verlo antes de irse. Jugó a la pelota hasta las cinco de la tarde. Le había
lavado su ropa y se la había planchado antes que se fuera ese domingo y cuando llegué
a la cancha, después de un rato me pidió que por favor me viniera a la casa.
-Mamá, anda a arreglarme la ropa, me voy altiro.
Se quedó jugando. Luego llegó.
-Guárdame la ropa mamá, que no alcanzo a tomar once, porque me tengo que ir.
Fue poquito lo que lo vi. Cuando se iba, pienso ahora que se estaba despidiendo,
porque salía y volvía, me besaba, me abrazaba, me decía: “Mami…” No puedo evitar
llorar cuando me acuerdo… Casi no puedo hablar… Iba a conocer la nieve… Me decía:
“Mamita, si yo te quiero tanto” y lo único que me pedía es que lo fuera a ver cuando
desfilara para el 21 de mayo.
-Mamá, me vas a ver y nos volvemos juntos.
Tomó el bus de las seis a Los Ángeles. Y esa fue la última vez que lo vi con vida.
El único aviso de que algo raro podía pasar lo tuve el mismo día de la tragedia.
Yo estaba trabajando en un huerto que hay en Hijuela, estábamos haciendo chicha.
Llegué a trabajar ese día y hacía frío, entonces le dije a mi compañera:
-No sé qué me pasa, pero no es mi día, ando mal.
Anduve todo el día acordándome cómo estaría mi hijo, si sufriría, si tendría
frío. No sabía que bajaban ese miércoles 18. Lo que sabía era que tenían que estar esa
semana para desfilar el 21 de mayo. Le dije a mi compañera que le llevaría chicha a mi
hermana Sonia, así me iba días antes a Los Ángeles y estaría allá para su desfile.
Pero ese día anduve mal. Tuve que tomar remedios y a mí, que antes había
pasado por una depresión, me vino una cosa como que tenía algo en el pecho. En la
tarde llegué, me bañé, fui para donde la abuelita y le hice el aseo. Mi otro hijo Germán
estaba viendo tele en la pieza y vio el reportaje sobre Antuco, pero se quedó mudo y no
me dijo nada. Después llegó un tío de él, me dijo: “Mónica ven un poquito”. Yo no tenía
idea de nada.
-No te asustes.
Cuando me dijo eso, pensé en que estaban mis dos hijos ahí y el único que me
faltaba era Ángel.
-Mónica hubo un accidente en Antuco con los soldados, se dio vuelta un
camión.
Aunque había andado angustiada ese día, nunca me imaginé que… Pensé que se
había dado vuelta un camión y nada más. Eso fue en la noche, tarde. Después vine acá a
la casa a buscar los números del regimiento para llamar, pero no pudimos contactarnos.
Al otro día me fui en la mañana temprano a Los Ángeles, a buscar a mi familia. Mi
hermana Sonia me acompañó para todos lados y todavía lo hace cuando tengo que
ir al doctor o a hacer los trámites. Esos días en el gimnasio militar fueron horribles.
Mantuve la esperanza en que Ángel estaba vivo hasta el final, cuando me dijeron que
lo habían encontrado. Para mí, mi hijo estaba vivo.
Lo encontraron el 24 de mayo, yo estaba en el regimiento ese día, porque nos
citaban a todas las mamás de los niños que faltaban a las ocho de la noche, así es que
me lo pasaba en Los Ángeles. Y ese día vine a Villa Mercedes a ver a mi hijo enfermo,
me fui en la tarde para al regimiento. Me quedé dormida en el bus -como no dormía
en la noche- y ya me venía de vuelta nuevamente para Villa cuando me despertaron,
me alcancé a bajar y me fui donde mi hermana. De ahí lo único que quería era estar
rápido en el regimiento y llegué desesperada, como nunca. Mi hermana me pedía que
me calmara.
-Moni, si todavía es temprano para irse al regimiento.
-No, es que yo me quiero ir, tengo que estar allá.
-¿Pero qué te pasa? ¿Por qué estás tan nerviosa? Si todavía no son las siete y
media.
-No, si tú no vas, me voy no más.
Llamamos al papá de mi hijo para que nos fuera a buscar. Mi hermana se puso su
abrigo y llegamos allá. Yo le decía: ahora va a salir. Nombraban al primero, al segundo,
al tercero, lo nombraron a él. Me tocó reconocerlo y fui con su papá. Entramos los tres
con mi hermana a reconocerlo, pero a mí me mostraron primero su carné y su foto.
Después cuando lo vi, encontré que estaba igual, es que era alto, medía más de un metro ochenta y era bien flaquito. Lo revisé y venía bien, porque el doctor lo descubrió sólo hasta el pecho para que lo viera, pero lo destapé completo y lo miré. Estaba igual, lo único diferente era que estaba blanco, blanco; él que siempre fue tan morenito.
Al otro día hubo que ir a vestirlo. No querían que entrara, pero yo era su mamá
y tenía que ir. Él me había dado valor para todo lo demás y ese día también me lo dio.
Lo trajimos para Villa Mercedes y lo velamos en el colegio donde estudió, porque la
gente era mucha y la iglesia es muy chiquitita como para tenerlo ahí. El gimnasio era
grande y se llenó con tantos amigos.
Después de todo esto dejé de trabajar y ahora estoy con pastillas, no puedo
vivir sin ellas. A veces vuelvo cuando me siento un poco mejor, porque el caballero
donde trabajo estuvo acompañándome en todos los trámites que tuve que hacer. Él
me dijo que si me quedaba en la casa iba a ser peor. Así es que me aconsejó que fuera a
trabajar, a compartir con la gente, que me iba a servir de terapia, pero que fuera cuando
me sintiera bien y cuando no, me quedara acostada no más.
Aunque ha pasado el tiempo, he tenido que seguir con el tratamiento y volver
todos los meses al regimiento donde estuvo mi hijo. No sé si me hace bien regresar
a ese lugar donde viví los momentos más terribles de mi vida, pero el siquiatra me
atiende allí y es lo único que me mantiene en pie, soportando por mis otros hijos la
brusca partida de mi Ángel.

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