22. Milton Alejandro González Castillo

Relato basado en el testimonio de su madre Ginette

Milton Alejandro González Castillo

Milton Alejandro González Castillo

Ya van quince días sin que aparezcan los últimos soldados fallecidos en la
cordillera y debo decir que nunca quise conocer la nieve. Nunca. Nunca me atrajo la
idea de sentir un frío que congela como ahora. El mayor de mis dos hijos, Elio, desde
pequeño siempre me pedía que viniéramos a Antuco durante la temporada de esquí,
que hiciéramos el esfuerzo y viajáramos a la montaña. Y siempre le respondí que no,
que ya llegaría el día en que estuviéramos los tres en la nieve. Y ahora se cumplió su
sueño, claro que ninguno de nosotros pensó que sería con el menor de mis hijos perdido en esta inmensidad blanca que es el volcán Antuco. Nos han traído desde el regimiento, porque van quince días sin que aparezcan los últimos cinco soldados. Ya son 40 los muertos y yo mantenía hasta ahora la esperanza que mi hijo menor estuviese vivo.
Es que yo no conocía la nieve.
Milton, o Alejandro como le decimos en la casa, también quería conocer la
nieve y se vino feliz para acá a Los Barros. Pero en realidad andaba feliz en todas partes, siempre ha tenido ese carácter tan extrovertido y amistoso. Mis dos hijos se llevan apenas por un año y el mayor, que ahora anda acá en la búsqueda del Alejandro, ingresó a la Escuela de Suboficiales luego de realizar el servicio militar en el Regimiento Los Ángeles. Alejandro quiso seguir sus pasos, por eso se inscribió como voluntario. Aun cuando sólo tenemos un pariente militar, a los dos les nació innato el deseo de llevar el uniforme.
Alejandro llegó hasta tercero medio en el Liceo de Hombres, curso que repitió,
tras lo cual se inscribió para seguir estudiando adentro del regimiento. Desde que
se fue Elio para Santiago el menor maduró, se puso más tranquilo, pero siempre ha
sido la alegría en la casa y se transformó en el regalón de su abuela y su tía. Vivimos
todos juntos en Santa Fe. Alejandro le ayuda siempre en todo a mi mamá: a reparar
una cerca, a picar leña, a comprar en el pueblo. Siempre tuvo buena disposición con su
viejita, tanto, que en las mañanas se iba a acostar con ella para conversar y regalonear
juntos un rato antes que le entrara la urgencia de levantarse. Ocupaba las veinticuatro
horas del día para juntarse con sus amigos en la casa, escuchar música romántica o
reggeatón, “pinchar” con las amigas -claro que nunca las llevó a la casa- jugar fútbol o
simplemente salir a dar una vuelta. Nunca estaba quieto ni tampoco solo. Sus amigos
tenían desde seis años para arriba. No hacía diferencias.
Siempre fue muy vanidoso desde chico y ahora, que estaba más grande, era
peor. Siempre tuvo lacas y todo lo necesario para que su pelo luciera con sus mechones
parados, aunque ahora ha debido acostumbrarse a andar pelado. Se cree tan bonito y
en realidad lo es, las niñas andan detrás de él siempre, sus facciones son muy varoniles
y se hace el simpático con ellas cuando quiere. Me da risa ahora que recuerdo que me
dice siempre que yo soy una negrita fea, no como él, que es tan lindo.

Y ahora su negrita fea anda aquí, mirando en esta inmensidad blanca que me deja
ciega, buscando su rastro. He mantenido la esperanza de encontrarlo con vida acá metido en alguna roca. Y aunque me imaginaba el lugar y la nieve, no creí que fuera así. No pensé que corriera este viento tan terrible, ni en los peores inviernos en el campo, cuando se deshace el cielo en lluvia, el viento corre tan hiriente como acá arriba. Rompe la piel y de verdad que me cala hasta los huesos. Y mi hijo, quince días perdido en esta sordidez blanca y rocosa, yo ya no sé qué pensar. Será por eso que nunca quise conocer la nieve.

Estoy tan inmóvil como el mismo miércoles 18, el día en que sin saber lo que
traería me fui a cobrar el finiquito del Alejandro. Eso fue poco después de que sacara
su certificado de nacimiento como a la una de la tarde, en que figura vivo y como
ciudadano chileno. Ese mismo 18, me fui a la empresa Hortisur donde mi hijo trabajó
en el verano para ganarse unos pesos. Ahí le tocó estar en una cámara de frío, su trabajo lo hacía permanecer con cinco grados bajo cero por varios instantes todos los días.
Mientras trabajaba en esta empresa en Virquenco, eran tantas sus ganas de hacer el
servicio que incluso cuando se fracturó la mano en febrero, se sacó el yeso y fingió estar completamente sano a la hora del examen médico, para ingresar al servicio militar. Lo logró, quedó en la Compañía de Morteros y ninguno de los militares se dio cuenta de que tenía el hueso con una fractura seria y que, claro, mientras hacía el servicio le dolía.
Le dolía de la misma manera que su cabeza cuando se duchaba todas las mañanas con
el agua helada en el regimiento.
Ese miércoles 18 yo quería enviarle un sobre con el dinero de su finiquito,
porque pensé que en Los Barros ya no le quedaría nada de plata. Los niños son así y
todo lo gastan. De eso me di cuenta el último día antes que subieran, cuando lo fuimos a ver al regimiento con Elio, que viajó exclusivamente de Santiago para ver a su hermano con el uniforme militar, antes que partiera a la campaña.
Fue así como llegamos al regimiento a verlo ese viernes 6. Cuando lo llamaron
demoró un poco, pero llegó. Se veía tan apuesto con su uniforme color verde que le
hacía juego con sus ojos. Venía riéndose.
-Antes que llegaran a buscarme los caché que ustedes andaban viéndome. Yo
estaba mirando, porque ¿cómo nadie me iba a venir a ver? Son las seis de la tarde, ya me voy a Los Barros y no me queda ninguna golosina… no me queda plata; no tengo pasta de zapatos, porque me la han robado. Cabros ladrones, me roban todas mis cosas…
Se reía.
-Ya pus Elio, con qué te vas a rajar… con algún billetito más que sea, ya pus.
-Ya, qué querís.
Entre los dos tuvimos que sacar algo de plata y Elio le fue a comprar chocolates
y hartas golosinas a un negocio que está por ahí cerca. Alejandro estaba contento y nos
contó que era la compañía que menos días le iba a tocar arriba, porque las otras ya
habían subido, mientras que la morteros se iba al final. Yo me despedí ahí de él y estaba
feliz.
No supe nada ni fui al regimiento hasta un par de días antes del 18 de mayo,
cuando quise enviarle una encomienda con chocolates. Llegué como al mediodía.
-¿Qué necesita señora?- me preguntó el guardia.
-Vengo a dejar una encomienda para mi hijo, que está en campaña en Los
Barros.
-Sabe que se acaba de ir un camión, porque les andan buscando ropa a estos
chiquillos que están todos mojados, les vino un tiempo pésimo. Tuvieron que llevarles
botas, zapatos y frazadas. Es que arriba hay nieve y está lloviendo también.
En ese momento lo único que pensé fue en cómo le iba a enviar la encomienda,
que finalmente llegó cuando subió una camioneta. Ni se me ocurrió pensar que algo
malo pudiera pasar con los chiquillos en medio del temporal de nieve.
Entonces, volví tranquilamente el miércoles 18 en la tarde para enviarle dinero
al Alejandro. Eran como las cinco y yo no había visto tele ni escuchado radio entre tanto trámite que me había tocado hacer ese día. Llego cerca de la guardia del regimiento y veo que corrían los militares para un lado y otro, miro los camiones militares y entro a portería. Pese a que no he dicho nada, me dicen:
-Cálmese señora, si no ha pasado nada.
-¿Por qué me dice que me calme, si yo vengo a dejar un sobre? ¿Qué pasó?
-Es que creo que se dio vuelta un camión. Hubo un accidente y parece que los
más afectados son los morteros.
-¿Quiénes?
-Todavía no se sabe, pero seguro que a su hijo no le pasó nada.
Después empezó a llegar gente, algunos gritando, periodistas, y me quedé
como paralizada. El suboficial Arancibia me dijo: “Siéntese señora, si es difícil que a su
hijo le haya pasado algo”. Era una forma de calmar. Me quedé un rato, veía que llegaba
la gente y tironeaban a los militares, les gritaban: “¡Y mi hijo! ¿Qué le pasó? Ustedes
son los responsables”.
Y yo callada ahí, parada sola, esperando alguna respuesta. Como a las seis de
la tarde llamo por teléfono desde la portería, cuando todo el gimnasio estaba lleno de
personas. Me comunico con mi hermana y le digo si ha sabido lo que pasó en Antuco.
Me dice que no.
-Parece que hubo un accidente y estoy en el regimiento.
-Yo me voy para allá.
Llegó cuando estaba oscuro y ahí empezaron las noticias, diciendo que eran
más soldados, que tenían hipotermia, pero nunca me imaginé que iba a ser de tanta
magnitud lo que estaba pasando.
Era todo tan raro, como si hubiese sido un mal sueño. Ahora recuerdo que a
Elio -que hizo su servicio un año antes- lo llevaron a Los Barros en octubre, nunca
al inicio de la conscripción como a Alejandro. Después una va sacando conclusiones,
por ejemplo, el mismo Ale me previno de su mayor Cereceda, el mismo que dicen que
fue el responsable de todo. Mi hijo me contó que era el tipo más mañoso entre los que
tenía que obedecer, me lo dijo en una visita que le realizamos nosotros un domingo en
el regimiento. Íbamos con su polola Claudia y Ale, los tres caminando en uno de los
pabellones, cuando de lejos lo vi: delgado, buena presencia, ojos claros.
-Alejandro, ¿quién es ese hombre tan “encachado”?
-Ah, no mamá. Ese es nuestro jefe de batallón, pero ni siquiera lo mires ni
menos lo saludes, porque no te va a pescar. Ese es el malo de aquí.
Pasamos caminando por su lado y como mi hijo ya me había advertido, ni
siquiera lo miré. Y claro, no era una persona sociable, por último nos hubiera saludado
ya que andábamos de visita; ni comparado con el comandante, el coronel Mercado, que
siempre fue muy amable con todos, son muy distintos entre ellos.
Sí, Cereceda era muy frío, parecido a esta nieve por la que ando ahora. Nos
transportan en unas orugas hasta el Valle de la Luna. Con mi mente llena de todos
esos recuerdos quiero gritar a ver si Alejandro me escucha. ¿Estará todavía refugiado
en una roca, en una cueva? Esto es tan distinto a como pensaba. Esto es hielo puro, es
meterse a un refrigerador y los chiquillos sin ropa para la nieve. Como para no creerlo.
Yo que ando abrigada, no puedo parar de tiritar. Tiemblo de pies a cabeza, tiemblo de
frío, de dolor y de miedo, porque estoy temiendo que nunca más pueda volver a ver
a Alejandro. Mis lágrimas también son frías y se congelan cuando caen. ¿Y si grito
hasta quedar muda? Tal vez mi hijo aún esté por ahí y escuche la voz de su mamá,
de su negrita fea. Lo miro por todos lados, pero sólo veo esta inmundicia blanca, esta
blancura que no deja ver y que entierra los cuerpos. Mi Dios, tal vez Ale esté sepultado
bajo la nieve. No. No puede ser. Esta nieve no me la sacaré nunca de mi cuerpo y siento
como si este temblor me fuera a acompañar por siempre. Quiero salir de aquí y volver
a Santa Fe.

Me dicen que mi hijo fue encontrado en el mismo lugar donde anduve hace
unos días ahí en el Valle de la Luna, cuando por primera vez vi la nieve. Me han contado
que Alejandro estaba de pie, afirmado de una roca, porque se había hundido en la nieve
¿quién lo iba a sacar? Se había salido del camino. Por más que le grité, por más que
miré para todos lados no lo vi. Me aseguran que al Alejandro le dio por descansar de la
marcha, porque ya no podía más con su mochila, entonces se la sacó y se sentó un ratito, se quejaba que le dolía su cabeza. Hasta poco antes venía bromeando y dándole ánimos a sus compañeros. Pero le fallaron las fuerzas y pidió que lo dejaran descansando, que de ahí alcanzaba al resto, pero eso nunca ocurrió. Y después de esa parte donde él se detuvo, caminó aproximadamente un kilómetro y medio más o menos, lugar donde falleció y supuestamente lo encontraron.
Yo mantuve mis esperanzas en él hasta ese día en que conocí la nieve y conocí
también parte del trayecto entre Los Barros y La Cortina. Entonces supe que no podía
estar con vida tantos días, soportando ese infierno de hielo.
A veces pienso que sabía que se iba a morir joven, porque cuando íbamos a
comprar al negocio “cigarrombis” -como le llamaba a los cigarros- me decía que se iba
a morir antes de los veinticinco años, que eso él lo sabía. Pero yo nunca le creí, porque
pensaba que era una de sus picardías más por hacerme reír, como siempre le gustaba
hacer con su negrita.

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