21. Francisco Javier Montoya Montoya

Relato basado en el testimonio de su madre María Inés

Francisco Javier Montoya Montoya

Francisco Javier Montoya Montoya

Desde que salimos del regimiento con mi hermana comencé a ver flores
blancas por la ventana de la camioneta. No hay de otros colores. Es una flor bonita que
no conocía y que nos acompañaría durante todo el trayecto hasta mi casa en Puente
Perales. No sé porqué vería esas flores justo en esos momentos en que esperaba saber
qué pasaba con Francisco. Sería un mensaje o quizás es que estaba muy cansada y, en
realidad, iba soñando con los ojos abiertos. No lo sé. Lo único que recuerdo es que esa
tarde vi en Canal 13 un extra, en que dijeron de soldados muertos en el volcán Antuco,
así es que nos vinimos altiro para Los Ángeles. En el gimnasio había harta gente, pero
no logramos saber nada. Es raro y no quiero pensar mucho en ello, pero desde que vi
las noticias en mi casa que no siento conmigo a mi único hijo.
Francisco entró al servicio el 4 de abril y quedó en la Compañía de Morteros.
Estaba feliz con eso de armar y desarmar armamento, aun cuando yo no quería que
hiciera el servicio, porque creía que podía sufrir. Incluso él mismo a principios de
este año no tenía ganas de hacerlo y pensaba sacárselo con la práctica profesional de
construcciones metálicas que tenía que cumplir, especialidad que estudió en el liceo de
Laja y que ya había terminado.
Pero no sé qué pasó con él que cuando se vio en las listas, le dio con que lo iba
a hacer. Me dijo que aunque yo hablara con el mismísimo Presidente de la República, él
iba a hacer igual al servicio. Claro, después me contó que quería entrar a la Escuela de
Gendarmería y que su ingreso sería más fácil si cumplía con el servicio militar.
Le encontraba razón en cierta parte, pero yo no quería. Igual no podía hacer
nada como mamá, porque ya tenía sus dieciocho años y toda mi familia me decía: “María Inés, deja que haga el servicio, porque es muy flojo y no te ayuda en nada”.
Es que a mí me bastaba con tenerlo conmigo.
Francisco alcanzó a descansar un año antes de entrar al regimiento. Había
terminado el colegio y no me gustaba que trabajara, que le anduviera pidiendo favores
a la gente para hacer “pololitos”. Mi idea era que siguiera estudiando, que sacara una
profesión, pero él no quiso, así es que aprovechó el año pasado para descansar y los
últimos meses para carretear harto.
Se juntaba con sus amigos y salían a alguna fiesta en casas de por aquí cerca.
Cuando volvía, nunca lo hacía solo. No le gustaba que sus amigos se quedaran botados
en algún lado, así es que los traía a dormir a la casa. Y el domingo me tocaba prepararles el almuerzo a todos.
Por eso tenía miedo del servicio, porque era bueno para salir y levantarse tarde.
Podía dormir casi todo el día. Yo en ese tiempo tenía trabajo en dos horarios, mañana y
tarde. Primero cuando volvía lo pillaba acostado, se cambiaba de dormitorio y se ponía
a ver tele en la otra pieza. Volvía a salir como a las dos, llegaba a las cuatro y a veces
todavía lo encontraba en la cama.
Siempre tuvimos una relación muy buena. Como vivimos los dos solos lo
pasamos jugando y riendo mucho, teníamos un nexo muy fuerte, por eso me daba pena
que se fuera de la casa. Me las lloré todas cuando se fue al regimiento, sentí algo muy
raro desde el momento que entró, en realidad tenía miedo a que fuera a sufrir.
Pero no sé, las veces que fui a verlo me decía que estaba muy bien, contento
y que incluso lo pasaba mejor que en la casa, porque echaba la talla con los chiquillos.
Debe haber sido que tenía ganas de hacerlo, porque hasta se mejoró de una tendinitis
de su pierna, para que no lo dejaran afuera en el examen médico. Francisco jugaba de
arquero del club deportivo de Puente Perales y ahí se lesionó, pero con inyecciones y
medicamentos se alivió y no tuvo ningún problema en quedar adentro.
Yo creía que cuando lo fuera a visitar el primer fin de semana se me iba a
“apollerar” para que lo trajera de vuelta a la casa. Sin pensarlo dos veces, me lo iba a
traer porque es mi hijo. Pero no, todo lo contrario, me salió con que estaba feliz en su
compañía y que no los levantaban tan temprano, sólo a las seis y media de la mañana.
Todas las otras semanas de visita fui a verlo. Le llevaba la comida que me pedía:
pollo asado, papas fritas, completos y en esta última visita me pidió budín. Veníamos
a verlo con mi familia y mis sobrinas. Lo único que no le gustaba del servicio era
que se aburría cuando le tocaba hacer las “imaginarias”, eso de velar el sueño de sus
compañeros. Pero en lo demás había estado bien.
Para su entrega de armas estuvo todo muy bonito. Se alegró mucho, porque le di
la sorpresa de llevarle a su mejor amigo, el Indio. Se puso muy contento de encontrarlo
allá y me dijo que nunca se le hubiera ocurrido que lo llevaría. Después me pidió que
me quedara esperándolo hasta el final para que pudiera comprarle un equipo de música
que quería para escuchar sus canciones románticas y su reggeatón. “Con eso no voy a
salir nunca más a fiestas”, me prometió. Lo esperé, fuimos a comprar y cuando llegamos
a la casa estuvo toda la tarde escuchando música.
Ese fin de semana justo había una completada bailable. Estuvo un rato con sus
amigos y luego volvió a la casa a escuchar música y a ver películas. Al día siguiente fue
a comprar discos a Los Ángeles y el domingo se volvió al regimiento.
-Mamá, ya no vuelvo hasta que bajemos de Antuco.
Me despedí sin temor alguno, porque Francisco conocía la nieve y el lugar al
que iban ahora. Siempre viajaban con mi cuñado Segundo, y con uno de sus primos
hace un par de años subieron al volcán. En esa ocasión se demoraron como tres horas
y arriba se sacó una foto muy linda en que sale con un arco iris detrás suyo.
¿Cuándo íbamos a imaginar que esa fotografía se transformaría en un recuerdo
del mismo lugar en que mi hijo se nos fue?
A las semanas después de nuestra despedida supe que Francisco murió
en los brazos del soldado Carrasco. Así me lo dijo el mismo joven que vive en Laja
y que sobrevivió a la marcha en la que mi hijo partió. Nosotros fuimos todos esos
días al regimiento en busca de noticias, pero por la televisión supe un domingo que
encontraron a mi hijo y tal como me dijo el soldado Carrasco, lo hallaron con cuatro
cuerpos más. Me tocó reconocerlo la madrugada del lunes… venía bonito, tal como era.
Me lo entregaron ese mediodía y lo trajimos para Puente Perales con una caravana
larga de vehículos acompañándonos. El camino estaba lleno de flores y entonces ahí
comprendí mis visiones de ese primer día de espera. Acá en la casa estaba lleno de gente esperando y a la primera persona que vi fue a un profesor que tuvo Francisco cuando estaba en séptimo básico y que viajó desde Tomé para el funeral.
Mi hijo me dejó un recado con el soldado Carrasco, pero él nunca me lo ha
dicho directamente. Aunque nadie sabe, un día en que el joven vino a la casa a hablar
con mis sobrinas, me quedé escuchando detrás de la puerta, porque quería saber de
los últimos momentos de Francisco, tan lejos de mí. Ahí supe que mi hijo le pidió que
me dijera que estaba bien, recado que nadie ha podido darme todavía. Carrasco dijo
también que en el lugar donde murió habían quedado cuatro soldados que ellos dejaron amontonados para poder encontrarlos después bajo la nieve. Contó que le había pasado su chaqueta a mi hijo y que lo había tapado con una manta.
El mismo día que los encontraron a ellos hallaron también el cuerpo del
sargento Monares. Pero a mí no me calzaron los nombres que me dio Carrasco con las
familias que fueron a reconocer los cuerpos el mismo día que yo. Esas son dudas que
van quedando y lo único claro es que mi hijo fue uno de los primeros que cayó.
He tenido ganas de dejarlo todo botado. Mi mamá, que vive conmigo, también
ha estado muy triste, porque aunque tiene treinta nietos, Francisco era el regalón.
Estuvo muy enferma y de repente me la encuentro con sus ojitos llorosos, aunque no
me dice nada.
He querido dejar el trabajo, pero todos me han dicho que no lo haga. Igual he
bajado diez kilos desde que Francisco se fue y la gente a veces casi no me reconoce. He
cambiado mucho. Todos me dicen que tengo que aprender a vivir con este dolor y eso
es lo que he tratado de hacer en este tiempo. Estoy con abogado también, porque pienso que debería castigarse a las personas que fueron responsables de todo lo que pasó, pero aunque las castiguen por diez o mil años, el dolor de perder a mi único hijo no me lo va a sacar nadie y muy pocos imaginan el tremendo vacío que quedó en nuestras vidas.

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