2. Julio César Renca Navarrete

Relato basado en los testimonios de su madre Lidia; su padre Luis y su hermana Carolina

Julio César Renca Navarrete

Julio César Renca Navarrete

“El Julio es aperrao” piensa la joven Carolina Renca en medio de la asfixiante
humareda que se ha vuelto el gimnasio militar a esta hora. Es miércoles en la noche
y cientos de personas han llegado hasta acá, la mayor parte de ellos para saber de
los chiquillos que tuvieron un accidente en Los Barros. Dicen que se dio vuelta un
camión y que hay cinco muertos, eso es lo que se rumorea, porque “los milicos no
hablan nada” asegura la gente, lo que se suma a la completa desinformación por no
contar con algún medio de comunicación que entregue mayores antecedentes. Sólo se
escuchan las transmisiones desde las radios portátiles que han traído algunas personas.
De televisión, nada, por eso nadie de los que estaba ahí, podía imaginar que todo el país
tenía pendiente la mirada en este lugar.
“Por fuera siempre se sabe, pero entre trescientos, no creo que vaya a estar el
Julio entre los fallecidos. No, no lo creo, cómo tanta la mala suerte”. Carolina sigue
hablando a los suyos, está nerviosa, no quiere pensar que a su hermano le haya pasado
algo. Como todos, está inquieta, teme, pero no quiere creer que está en la espera de
lo peor, mientras continúa oyéndose como una larga letanía “los milicos no nos dicen
nada” en medio de esta angustiosa noche.
“Éstos son puros calmantes. Mira, ahora dicen que andan arriba ambulancias
y patrullas de rescate, pero no dicen nada de las compañías. Sólo han llegado cazadores
y plana mayor, pero ¿y la morteros y la andina? Parece que los cabros que murieron
son morteros… menos mal que el Julio es andino, así es que seguro que se ha salvado”
asegura la joven.
La obligación periodística lleva mis pasos hasta el gimnasio militar que, como
nunca, luce atestado. El sector donde se emplaza, al final de avenida Ercilla, no suele
caracterizarse por ser muy concurrido, pero hoy el panorama es distinto, pese al frío
atroz que hace en Los Ángeles.
Es en este desconcierto que aparece Carolina, hermana mayor de Julio. Ambos,
junto a Pablo, son hijos del matrimonio conformado por Lidia y Luis. Julio partió recién
en abril a hacer su servicio militar en la Compañía Andina, donde lo sorprendió este
18 de mayo.
“Mira, ése es Mercado, el comandante, bajemos para escuchar más de cerca”, se
oye decir en las graderías del gimnasio militar, mientras se dirige hacia el centro de la
cancha el comandante del regimiento, quien parece nervioso entre tanta gente. “Tengo
que pedirles que mantengan la calma, sus familiares van a estar pronto acá, porque ya
solicitamos ambulancias y las patrullas de rescate están arriba…”
El sonido de su voz se fue apagando en la medida que los gritos de las personas
iban en aumento. Finalmente tuvo que salir apurado, ante la ira de las familias que                                                            le gritan que se va a ir a dormir tranquilo, mientras ellos seguirán a la espera. Algo

parecía raro en Mercado, su rostro lucía demasiado contraído y algo demacrado. Sin
embargo, Carolina sigue desestimando que algo malo hubiese ocurrido.
“No, pero no pasa nada. El Julio es aperraoy bueno para el frío. Incluso anda
siempre de short y polera, aunque sea en invierno y el campo helado, a él no le da frío”
recuerda ella.
Pasan las horas y no dicen nada. Yo, que aunque miro desde fuera la escena,
no puedo dejar de conmoverme. Así como ella, hay decenas de padres y familiares
angustiados. Es fácil percibir que salieron apurados desde sus casas y que algunos
llegan desde lejanos sectores rurales: sus ropas lucen embarradas y son muy pocos los
que están preparados para pasar la noche en este lugar.
“Igual mis viejos están preocupados. Van a volver mañana temprano…, el Julio
es el menor y el regalón de mi papá. Yo salgo más de la casa y a veces trabajo afuera,
así es que el Julio es el que más se queda allá, ayudándole a mi viejo en el campo o
regaloneando con mi mamá. Le dice la Gordi, el muy barsa” relata la hermana.
Las horas pasan lentas. A cada tanto, golpeamos las palmas o el suelo con los
pies, me he unido al requerimiento de los familiares y me voy convirtiendo en uno
de ellos, exigiendo información y compartiendo sus angustias mientras los escucho
relatar sus historias.
“El Julio estaba en el Liceo Industrial, salió de cuarto medio con la especialidad
de mecánica automotriz. Igual le falta la práctica, pero es porque se le ocurrió hacer el
servicio. Se presentó como voluntario, porque tenía hartas ganas de hacerlo. Lo hemos
venido a ver todas las semanas y está súper contento, incluso mi vieja dice que le contó
que les dieron la oportunidad de arrepentirse del servicio y ella le dijo que porqué no
se salía, pero él le dijo que no. Es que quiere entrar a la Escuela de Suboficiales, así
es que mis viejos ya le tienen lista la plata de la inscripción. Estaba feliz por conocer
Los Barros, porque como es andino cree que le van a enseñar a esquiar y a escalar
montañas”.
El relato de Carolina es común en este espacio. Todos han comenzado de alguna
manera a valorar la vida cotidiana de los jóvenes, ahora que han dejado el hogar y que
el temor que estén sufriendo los vuelve en el recuerdo una y otra vez.
“El cabo que tiene Julio le dijo que es uno de los que mejor estado físico posee
en la escuadra. Hace un montón de barras. Es que es súper sano, no fuma, toma, pero
muy poco y hace mucho ejercicio siempre. Se mantiene fuerte”.
La noche transcurre entre cafés, cigarros y conversaciones. Nuestros rostros
se vuelven cada vez más pálidos y ojerosos, lo que sale a la luz con la llegada de la
mañana de ese jueves 19. A las siete aparecen los papás de Carolina. Llegan asustados.
Han escuchado en la televisión que lo que ocurrió en Los Barros no fue un accidente en
un camión, sino una tormenta de viento que afectó a la compañía, no sólo de morteros,
sino también a la andina.
Carolina enmudece. Los peores temores empiezan a tomar forma real. Recuerda
una anécdota que le contó Julio y que ahora adquiere un matiz dramático.
“Me acuerdo del día cuando nos presentó al cabo que estaba a cargo de él. Mi
hermano me dijo que si les tocaba algo, como una tormenta, los primeros huevones que
iban a morir, iban a ser ellos, porque su cabo salió último en el curso de montaña”.                                                              La broma que le había provocado risas burlonas a su hermana, ahora provoca

desazón.
Mientras, llega más gente al gimnasio y hemos sabido los nombres de los
primeros soldados fallecidos; nada oficial, pero ahí están. Sus padres han viajado
para que les den noticia acá, pero en este regimiento parece que literalmente penan
las ánimas, nadie da ninguna información oficial a las familias. Y esto se ha llenado
de periodistas nacionales. Nunca habíamos visto acá la parafernalia de las antenas
parabólicas cubriendo alguna noticia relevante en esta ciudad, ahora los de la televisión
se lo pasan despachando en directo y a mí me parece que estoy inmersa en un escenario
surrealista, con el gimnasio como un macabro set televisivo.
En medio de las entrevistas se van conociendo nuevos detalles. La madre de
Carolina cuenta que anduvo acá ayer en la mañana, cuando todo estaba aún tranquilo.
“Con ese temporal que había antenoche, mejor vine a preguntar por mi hijo,
para saber cómo estarían ellos con el mal tiempo arriba. El suboficial Arancibia me
dijo: ‘¿Qué anda haciendo mamita?’ Y yo le respondí que venía a saber por los soldados
en campaña. Me dijo que estaban bien y que llegaban hoy jueves. Me preguntó de
qué compañía era y me aseguró que estaban bien. Eran como las nueve y media de la
mañana de ayer miércoles. Después me fui para el campo y en la tarde, cuando estábamos
tomando once, me avisan los patrones lo del accidente. Total que nunca fue un camión
como se dijo al principio, fue una tormenta… y parece que al Julio también le tocó”.
Lidia, robusta, de cabello corto y ojos claros, ha comenzado a creer que su hijo
puede figurar entre los fallecidos, ahora que dicen que son como cien los extraviados
en la cordillera.
“Hace mucho frío y hay que esperar lo peor” le dice a Luis, su esposo.
Su temor tenía un fundamento: estaban llegando los sobrevivientes y Julio
no aparecía. No obstante, Carolina se niega a creer y su mente continúa divagando en
episodios y diálogos cotidianos que lentamente va susurrando.
“El último fin de semana antes de irse, el Julio le dijo a mi mamá que le había
dejado el seguro de vida. Y yo le dije: ‘¿Por qué no me lo dejaste a mí mejor?’ Nos dijo
que si moría, íbamos a quedar con buena platita”.
Los recuerdos de Carolina a esta hora parecen de humor negro. Ya entregaron
las listas con los nombres de los soldados con vida y pese a buscarlo con la acuciosidad
producida por las ansias de temerlo perdido para siempre, Julio no figura en la nómina.
Lo peor, es que los andinos ya llegaron, los pasaron a todos a la enfermería y no han
hablado con nadie. Julio no llegó con ellos tampoco. Su mamá está deshecha.
“A mí me pareció tan raro que fueran tan pronto a la cordillera. Incluso le dije
al Julio: ‘Tan luego que los van a sacar’, porque yo pensé que los llevarían como en los
otros años, primero a Laguna Verde o Chaimávida a hacer su entrenamiento. Apenas
llevan un mes adentro, pero el Julio me dijo que los llevaban altiro y por eso estaba
contento” murmura su madre.
Al igual que decenas de otras familias, los Renca Navarrete optaron por
quedarse en vigilia esa noche. Con la rapidez con que suelen propagarse las malas
noticias, ya todos conocían los nombres de cinco soldados fallecidos, mientras, se temía
que el número siguiera en aumento, lo que se vio corroborado con que ya para el
viernes habían entregado un listado del “personal disperso” en la cordillera.                                                                   Julio estaba en esa fatídica lista.

Esa noche estuvo todo peor. Los rostros no hacían más que evidenciar la agonía
de esperar lo irremediablemente perdido. Los cuerpos ya no toleraban el ambiente de
tensión, por lo que los desmayos no eran pocos, sumado a la enorme y masiva presencia
de telespectadoresque habían optado por mirar el sufrimiento de los familiares, atraídos
básicamente por las luces televisivas y la sorpresiva llegada de sus estrellas hasta el
gimnasio militar.
Con las pocas esperanzas que ya quedaban encima y por la enorme cantidad
de visitantes que tiene el gimnasio, en un gesto de delicadeza o de autoprotección, los
mandos militares tomaron la decisión de llamar a los familiares de los extraviados
hasta otras dependencias para conversar con ellos. Lidia se mantuvo afuera, porque
algo en ella no quiso escuchar lo que tenían que decirle. Pasó Carolina y su padre.
Adentro, los familiares más cercanos de los soldados desaparecidos buscaban ansiosos
el motivo de la reunión. Sin embargo, comenzaron a ofrecerles café y galletas, lo que a
esas alturas les pareció una burla. Carolina no aguantó y se enrojeció de furia. Estalló.
“¡Claro! Los cabros allá arriba cagados del hambre y ustedes dándonos
comida”.
En eso, entró el Comandante en Jefe del Ejército, General Juan Emilio Cheyre,
quien venía de dar una conferencia de prensa en la que había anunciado a todo el país
que los soldados no estaban vivos. Pero los familiares -desconectados del revuelo
mediático del caso- aún no lo sabían y lo calaron con sus miradas furibundas. Alguien
trata a Cheyre de mentiroso.
“¿Quieren que les diga la verdad? La verdad es que sólo un milagro podría
dejar a estos 45 soldados con vida. Pensamos que están todos muertos”.
No hubo calmantes, frases delicadas ni palabras con que adornar la realidad.
Cheyre venía de reconocer los hechos ante las decenas de periodistas agolpados en
angustiosa conferencia. Su tensión no dio pie a frases de consuelo para los familiares.
Un padre lo encaró.
“¡Qué se cree usted que nos está mintiendo desde un principio! ¿Qué se creen?
¿Qué porque uno es pobre no entiende?”
Esas frases se clavaron en la memoria de la joven, quien entre llantos y gritos
de histeria salió del lugar para tratar de entender y aceptar que su hermano yacía
inerte en la nieve. La espera por saber lo ocurrido había terminado, aun cuando la
comprensión y la aceptación tardarían mucho tiempo en llegar.
A Julio lo encontraron diez días después de su muerte. A esas alturas, Carolina
lo único que quería era que su hermano apareciera, “para darle una digna sepultura” y
entregarle algo de descanso a sus adoloridos padres.
“Pensar que siempre que hablábamos de la muerte con Julio, me decía que
él iba a dejar la cagácuando se muriera, porque íbamos a tener duelo nacional y así
fue. Es como si hubiese estado predestinado”, cuenta ella finalmente, con una amarga
sonrisa en sus labios, mientras intenta contener a sus padres, delante de las decenas de
personas que los acompañamos en la despedida final del joven.                                                                                          Supe nuevamente de ella el día que la vi en las noticias, clamando justicia por

las 45 muertes y mes a mes organizando las velatones en Los Ángeles, para mantener
vivo el recuerdo de lo ocurrido en esos fríos días de mayo, que su padre nunca pudo
aceptar, transformándose tres años más tarde en la víctima 46 de la tragedia, cuando
sus ganas de no seguir pudieron más que cualquier argumento: Luis no aceptó ayuda
médica con la misma porfía con que nunca más quiso pisar el suelo del regimiento
angelino.
Mil días después que su hermano partiera, Carolina debió aceptar la silenciosa
decisión de su padre de partir junto al menor de sus hijos. “No quiero pedir explicaciones,
hace tres años desgarré mi alma pidiendo explicaciones, hoy no, y miro al cielo y no
necesito que me expliques nada, lo entiendo y aunque me duele, lo acepto papá” dijo
en sus palabras pronunciadas frente a la decenas de madres que continúan llorando
a sus hijos paridos y ausentes cada día que pasa, tomadas de la mano con la muerte
tantas veces ansiada, mientras siguen aferradas a la vida por la familia que se arraiga y
cimienta en sus faldas, en sus oscuras cabelleras, en sus rostros curtidos y en sus voces
cansadas de tanto clamarle a la muerte.

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