19. Cristian Javier Chávez Varela

Relato basado en los testimonios de su madre Itolinda y de su madrina Denisse

Cristian Javier Chávez Varela

Cristian Javier Chávez Varela

Recuerdo que él le dijo a mi esposo:
-Pelao, cuida a mi mamá, no le estís pegando.
-¡Qué le voy a pegar yo, si es la Itolinda la que me pega a mí!
Luego nos largamos a reír.
Yo quería salir a dejarlo a la calle, pero Cristian no quiso. Me quedé ahí afuera
sentada sobre unos neumáticos. Era una pena tan grande la que sentía, entonces me
dijo algo que en su momento no entendí.
-Mamá, cuide a la Coni, mi hermanita, porque ella es niñita y la necesita mucho
más que nosotros.
Nunca antes me había dicho algo así. Siempre me pedía que cuidara a la Coni,
pero esta vez sentí que le salió como de adentro, así es que me llegó mucho más. Fue
parecido a lo que le dijo a mi esposo, que me cuidara y no me tratara mal.
Lo que más recuerdo es que yo lloraba, lloraba. Lloré hasta cuando Cristian
llegó a la calle para tomar el bus. No cruzó, se quedó a este lado y de arriba me hacía
señas. Yo más lloraba, era una pena tan grande que tenía, como si hubiese sentido que
no lo fuera a ver nunca más.
Después entré a la casa. Me senté en el sillón y mi marido me decía que para
qué lloraba tanto, si se había ido a hacer el servicio no más. Nunca me había dado tanta
pena despidiéndome de él, es que me había anunciado que esa semana en Los Barros
venían los “aporreos”.
-Mamá, no me quiero ir.
-Cristian, tú hiciste un compromiso con la patria y ahora lo tienes que
cumplir.
Eso fue lo único que le dije antes de irse ese domingo 1 de mayo de vuelta
al regimiento. Y él no me respondió nada. Se puso su uniforme. Era la primera vez
que iba a la nieve y Cristian era muy friolento, además de calmado. Tomó sus cosas.
Había traído una lista el viernes, después de la ceremonia de entrega de armas. Ahí le
indicaban todo lo que necesitaba para irse a la campaña en la cordillera. Me entregó el
listado en el bus cuando veníamos de regreso a Laja.
-¡Buuu! Mejor te hubiera dejado dentro del regimiento y no te hubiera traído a
la casa, con tal que no me entregaras esta lista con tantas cuestiones.
Tuvimos que conseguirnos nylon, linterna, gorros, guantes, calcetines,
bloqueador y pintura. De esta le compré una no más, porque yo no tenía plata. Fue así
como llegó el domingo en que partió de la casa y nos despedimos. Me llamó desde el
regimiento un día antes de irse a Los Barros, el viernes, como a las seis de la tarde. Ya
estaba oscuro.
-Mamá, me están pidiendo zapatillas.
A mi marido le iban a pagar el jueves 4. Entonces, cuando Cristian vino el fin
de semana a Laja todavía no le habían pagado, así es que le dije que esos días antes que
se fuera, íbamos a ir a Los Ángeles a comprarle las zapatillas. Yo se las iba a pasar a
dejar al regimiento.
-Cristian, no le pagaron al Pelao y además, ¡a la hora que me llamái! No puedo
ir a esta hora, porque no tengo las zapatillas ni la plata para ir.
Estaba molesta por el llamado y la situación. Se cortó la comunicación. Fue lo
último que hablé con él.
Le conté a la Denisse lo que pasó. Ella es como la madrina de mi hijo. Le dije
que me había dado una pena tan grande, aunque entonces no podíamos saber lo que iba
a pasar.
Yo iba a llamar por teléfono todos los días al regimiento para saber cómo
estaba y ver cuándo bajaba. La última vez que llamé fue ese miércoles 18, como a las
dos de la tarde, me dijeron que mi hijo no se encontraba acá, que todavía estaba arriba
y que al día siguiente empezarían a bajar. El viernes iba a estar de franco y pasaría unos
días en la casa porque era fin de semana largo. Entonces, ese día miércoles me puse a
hacer empanadas. Hice el pino y dejé guardado un poco para cuando Cristian llegara el
viernes. Quería tenerle empanadas calentitas.
Me senté a servirme las empanadas. Mordí una y sentí algo raro en el pecho,
una cosa que no me dejó comer. Eran como las seis y media de la tarde. Trataba, pero
no podía. Luego me puse a fumar y hasta el humo del cigarro se me atajaba. Termino de
fumarme el cigarro y llegan a golpear a la puerta. Era mi tía Silvia, que vive al lado.
-Tengo que decirte algo, pero no sé cómo lo vas a tomar.
Me asustó, porque no me quería decir.
-Diga lo que tenga que decirme rapidito no más.
-Los chiquillos del regimiento… la Compañía de Morteros tuvo un accidente y
hay algunos muertos.
Entonces supe porqué no podía comer. Era un apretón que sentía y en ese
momento, lo sentí más fuerte que nunca. Creo que en el fondo, yo sabía lo que pasaba.
Tratamos con la Denisse de comunicarnos al regimiento, pero no pasaba nada.
Ella me decía que fuéramos mejor a Los Ángeles. A las ocho y media llegamos al
gimnasio. Estaba lleno de gente y andábamos las dos no más. Nos quedamos a dormir
allá. Estuvimos hasta el viernes, pero ya el jueves me había convencido que el Cristian
estaba muerto.
Yo me acuerdo poco. Pero la Denisse me dice que Cristian apareció en una lista
y que nos abrazamos de contentas, porque creímos que estaba vivo. Saltábamos.
-¿Viste, viste que Dios es grande?
Pero después nos dicen que no. Esa lista era de los dispersos, no de los
que estaban a salvo. Nos dieron esa lista como a las tres de la tarde. A las cuatro
me confirmaron que mi hijo había muerto. Cheyre nos reunió como a las ocho y dijo
nuevamente que los dispersos estaban muertos. Se me nubló todo. Sentía los gritos de
las familias reclamando al general. Escucho de lejos algo de un soldado Bustamante.
Pero no entiendo nada. Me quedé ahí. Entré en una especie de sopor. Y siento el mismo
frío que debió haber sentido mi hijo en la montaña. No fui capaz de decir nada. Ni
siquiera de reclamar.
-Denisse, sácame de aquí por favor, no quiero estar más, sácame.
Nos vinimos a Laja. ¿Cómo llegamos aquí? No tengo idea. Me bajé del bus allá
arriba y estaba toda la familia esperándome para saber las noticias. La Denisse algo
había avisado. Yo sólo quería acostarme, pero más tarde me llamaron del regimiento,
había llegado Cristian y tenía que reconocerlo.
Fuimos con la Denisse y mi papá. Cristian se crió con él hasta los diez años.
Llegamos al regimiento. Mi hijo estaba tirado encima de unas tarimas. Venía normal.
Su cara estaba un poco morada no más. Pero no tenía nada. O sea, sí. Le vi las piernas
como quebradas. Y estaba todo cocido con el hielo. Todavía no le habían hecho la
autopsia. Sólo estaba vestido para arriba. Yo lo tomé. Estaba congelado. Las manos
tiesas. Pregunté por sus piernas y me dijeron que se le estaban descongelando.
Después fuimos al Instituto Médico Legal. Ahí nos acompañó mi hermana.
Pero no fui capaz de vestirlo. Es que le levanté la cabeza y me vi las manos llenas de
sangre, parece que tenía roto por la autopsia, no sé. La Denisse lo vistió. Era la primera
vez que vestía un muerto. Pero tenía que hacerlo, porque le pedí que me dejara a mi
niño lindo. Y ella tenía que cumplirlo.
Lo pusieron en la urna. Parecía que dormía, porque su cara era de tranquilidad.
Lo llevamos de vuelta al regimiento. Estuvo en la capilla, velándose con otros doce
niños más. Ahí quedó, cubierto con la bandera. Después los trasladaron hasta el patio
de honor, donde Cristian antes pasaba marchando con su compañía y lo había visto
por primera vez con su uniforme. Esa vez él venía de soldado con sus brazos abiertos
para abrazarme y yo también lloraba, pero era de contenta. Ahora los estaban velando.
Llegó el Presidente. Me entregó la bandera. Pero yo no comprendía nada. Eso terminó
en la noche. Lo trasladamos a Laja. Desde Puente Perales había toda una caravana. La
calle de mi casa estaba llena de gente, por todos lados iluminada con velas y cintas. Y
algunos afiches que decían, “Adiós, héroe”. Lo velamos acá, y llegó tanta gente, que
incluso se rompió el piso de la casa. Había un niño, Mauricio Carrasco, amigo de mi hijo
y que también era mortero. Se abrazó a mí y me pedía perdón por no haber salvado a
mi hijo: Cristian murió en sus brazos.
Es que Cristian era tan calmado. Siempre peleábamos por eso, porque teníamos
el mismo carácter. Le decía que tenía que ser más ágil, que su tranco no le servía. A
veces pienso que esa forma de ser que tenía hizo que no aguantara en la nieve. Yo le
aconsejaba que trabajara, porque no tenía plata para darle. Igual a veces hacía sus
“pololitos”, en la feria iba a cargar sacos con papas o cebollas. Trabajaba en verano e
invierno, pero de repente le daba flojera y no iba más. Se quedaba dormido. Quizás eso
mismo hizo que no aguantara arriba. Pero ahora, es demasiado tarde para tener alguna
respuesta y ya ni siquiera tendré los brazos abiertos de mi hijo para habernos abrazado
tras su regreso de la cordillera.

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