16. Juan Alfonso Ramírez Jara

Relato basado en el testimonio de su madre Rosa

Juan Alfonso Ramírez Jara

Juan Alfonso Ramírez Jara

Juan Alfonso conocía Los Barros antes de entrar al servicio militar,
específicamente desde el verano anterior a su periodo de conscripción. Bajo el sol
abrasador de los primeros meses del año había caminado por las suaves dunas y
los oscuros arenales del sector cordillerano junto con su madre, Rosa Jara. Habían
refrescado sus pies en las aguas del entonces débil estero El Volcán, que corría hacia
el lago Laja casi como una bendición entre aquellos parajes desérticos. Ambos iban
hasta el lugar para visitar a Michael, el hermano mayor de Juan, quien se encontraba
realizando su servicio militar de verano como parte del contingente del Regimiento
Reforzado número 17 Los Ángeles. Michael había pasado apenas una semana en la
unidad militar en la ciudad, cuando los montaron en los camiones militares para
trasladarlos -en medio de una polvareda infernal- hasta el Refugio de Los Barros. El
joven solía relatar a su familia que prácticamente no conocía el camino que los había
llevado hasta ese destino final, dado que la hilera de vehículos en que los transportaban
levantó tal cantidad de polvo, que cuando los bajaron al llegar a las dependencias del
Mariscal Alcázar, no tenían idea para dónde “estaban vueltos”.
El servicio militar para estudiantes se realizaba sólo durante los meses de
verano. Se decía que era más liviano que el periodo de conscripción normal, pero
lo cierto es que su brevedad obligaba a que fuese mucho más intenso en cuanto a la
preparación física. Michael contaba a su madre que les tocaba enterrarse en los arenales
para aprender lo que los militares denominaban “sobrevivencia”.
Con la idea de acompañarlos y darles ánimo a los jóvenes, cada fin de semana,
partían desde el regimiento buses destinados a los familiares que quisieran ir a visitarlos
hasta la cordillera. Fue así como por su hermano, Juan Alfonso pudo estar en un par de
ocasiones en Los Barros; conocer por dentro el refugio y por fuera los parajes que lo
rodeaban.
En esos viajes solía mirar a los veraneantes que a veces armaban sus campings
en la tranquila ribera del lago Laja. Observándolos le decía a Rosa, que algún día él
también iría a veranear hasta ese lugar, que llamaba su atención por la rara belleza que
exhibía con sus negras dunas y azules aguas del lago colindante con tierra argentina.
Mantuvo su anhelo de viajar hasta allí así como su deseo de ser militar, pese
a que su hermano Michael le habló lo difícil que podía ser el servicio. El mayor de
los Ramírez Jara había terminado la enseñanza en el Liceo Industrial de Los Ángeles
y quería realizar luego la práctica profesional de mecánico, para culminar de una
vez con su formación académica. Al momento de entrar al servicio persistía en él su
deseo de conocer la vida militar por dentro, porque no descartaba hacer sus esfuerzos
para continuar la carrera de las armas. No obstante, a poco andar se dio cuenta que
pertenecer a las filas de la institución castrense no era lo suyo. Pasar dos meses en Los
Barros lo único que generó en el joven eran unas ansias enormes por regresar a su casa
en Santa Bárbara, por volver a Los Ángeles, por continuar con su vida normal y dejar
de lado el aislamiento en que pasó todo aquel verano.
Pese a que Michael habló de esto con su hermano menor, Juan Alfonso hizo
caso omiso de las advertencias. Hacía tiempo ya que tenía la firme convicción de ser
militar. De hecho, había terminado su enseñanza media en el liceo de Santa Bárbara y
no quiso rendir la Prueba de Selección Universitaria PSU, porque le dijo a su madre
que no quedaría y que el esfuerzo -principalmente económico- sería en vano. Además
quería otra cosa para su vida. Iba a realizar el servicio y, una vez adentro, postular para
continuar. Si le iba mal tendría que buscar cualquier otro oficio, menos trabajar en el
lugar donde vivían en Rinconada de Santa Bárbara, porque las labores en el sector
ni siquiera eran agrícolas o campesinas: todos trabajaban en la forestal que se había
instalado en el sector.
El sueño de Juan Alfonso no parecía lejano y se concretaba cada vez más a medida
que se probaba el uniforme verde de su hermano, recordaba los paseos con su madre
por el camino embanderado hasta Los Barros, o revisaba las numerosas fotografías que
se habían tomado los fines de semana que subieron hasta el lugar para compartir con
Michael. Todo parecía idílico para él, aunque su hermano lo prevenía: “No lo hagas
porque no vas a durar adentro, es difícil, te toque en invierno o en verano”.
Rosa recuerda que el Comando -así lo apodaban en el colegio- no tomó en
cuenta los consejos del mayor de sus hijos. La familia temía un poco por la suerte de
Juan, porque su carácter y modales eran los de un joven calmado, así es que pensaban
que estaría cada semana castigado por alguna cosa, situación que al parecer no se dio,
nunca contó que lo sancionaran.
“Siempre fue así calmado, desde chico, ni siquiera cuando guagua fue llorón,
nada. Nunca tuve reclamo de él, ni en el internado ni en el colegio. Lo único que
el inspector me contaba era que se les perdía en las noches y lo pillaban atrás del
internado haciendo ejercicios, allá lo encontraban” dice Rosa, agregando que el joven
también inventaba su propio sistema de pesas en la casa, entre los sacos y utensilios de
la cocina.

¿Estaba contento por entrar al servicio militar?
“Sí. No hallaba la hora de irse, incluso se fue a despedir al internado, a sacarles
pica porque él se venía al regimiento y los otros no, había muchos que querían hacer el
servicio y no quedaron. Estaba bien animado, más encima que su amigo también se iba,
así es que ninguno de los dos echó pie atrás”.
El amigo de Juan Alfonso era Eduardo, un joven con el que habían compartido
desde que eran niños, la vida siempre los puso en los mismos lugares. En el colegio y
en el internado tenían la fortuna que les asignaban los mismos pabellones, así es que
fueron creciendo juntos, casi sin darse cuenta que los años transcurrían. Por eso, los
animó el hecho que ambos habían sido aceptados por el regimiento angelino para hacer
el servicio militar y estaban ilusionados con que les tocara en la misma compañía. Pero
la vida marcó una gran diferencia: Juan quedó en la andina, mientras su amigo Eduardo
pasó a la de ingenieros. Esta diferencia marcaría también el sello entre la vida y la
muerte.

¿Ha podido conversar con Eduardo sobre lo que pasó?
“Sí y me dice que mi hijo estaba contento en Los Barros, porque el día antes de
la marcha les habían dado libre, así es que estuvieron jugando con la nieve, se tomaron
fotos y estaban contentos porque se iban a venir de arriba. Se tomaron hartas fotos,
pero nunca me las han mostrado en el regimiento, porque por más que las he pedido,
siempre me dicen que me las van a pasar después, pero nada.
Eduardo dice que a su compañía la dejaron todos esos días, después del 18
de mayo, encerrada allá arriba así es que no sabían lo que pasaba y creían que sus
compañeros estaban bien acá en Los Ángeles. Recién cuando llegaron aquí les dijeron
lo que había pasado. Pienso que no les avisaron nada para no desesperarlos. Dice que a
las ocho de la mañana salió el grupo de mi hijo, se despidieron los dos y le dijo que acá
lo esperaría porque al otro día les tocaba marchar a ellos. Según Eduardo, Juan Alfonso
estaba ilusionado con que vendría a desfilar para el 21 de mayo y luego se iría a la
casa, así es que arriba todos tomaron desayuno apurados. Apurados porque ya se iban
a venir. Sabían que iban a desfilar y después tendrían cuatro días de franco. Nosotros
también sabíamos que teníamos que venir al desfile y después irnos para la casa con
él”.
A diferencia de otras madres, Rosa ya no recuerda si tuvo presentimientos o
algún sueño que la advirtiera sobre lo que iba a ocurrir. No sabe si es porque no los
tuvo o porque prefirió borrarlos con el paso del tiempo. Lo que sí sabe es que está sola
con su madre y que le quedan dos hijos más, además de una pequeña nieta junto a ella.
“Hay que seguir no más, de a poco una tiene que ir olvidando… se va olvidando de las
cosas que han pasado” dice ella, aunque mantiene vivo en su recuerdo a Juan Alfonso.
Lo ve con tan sólo unos pocos años, tranquilo sentado sobre la cama o jugando a los
camioncitos con su hermano Michael, en medio de la tierra que los vio nacer cuando
ella aún no cumplía sus dieciocho años y el futuro era como una promesa alojada en las
risas infantiles de sus niños.

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