13. Hugo Javier Muñoz Cifuentes

Relato basado en el testimonio de su madre Marta

Hugo Javier Muñoz Cifuentes

Hugo Javier Muñoz Cifuentes

Hugo era alto y moreno, así se aprecia en las imágenes que han quedado de
él. Su estampa era similar a la de su padre, aunque a sus dieciocho años seguía siendo
más delgado que su robusto progenitor. El hombre, ya de unos cuarenta años, se aleja
ahora para no escuchar los recuerdos de su esposa Marta, sobre el único de los varones
y mayor de los hijos del matrimonio Muñoz Cifuentes.
A la familia le quedan dos hijas: Luz y Alexandra, por ellas el joven matrimonio
ha debido sobreponerse a la dura experiencia de perder al mayor de sus hijos cuando
recién había cumplido los diecinueve años. El joven partió sin que hubiese revelado a
los suyos uno de los secretos mejor guardados de esta historia.
Huguito siempre fue malo para estudiar. Definitivamente, no le gustaba. Lo
que él soñaba era vestir el uniforme y transformarse en un suboficial de ejército. Su
último año lo hizo en el Liceo Isabel Riquelme de Canteras, tal como otros jóvenes con
los que se encontraría después en el regimiento.
La familia vivió desde siempre entre el límite de las comunas de Los Ángeles
y Quilleco, en el sector de Chacayal Norte, donde tenían una existencia tranquila,
típica del sector. Es así que la rutina del mayor de los hijos era ir a clases y, a su
regreso, acompañar a su padre en el trabajo en el campo. Cuando había tiempo para
descansar escuchaba música romántica a un volumen en el que retumbaba toda la casa.
Hugo estaba enamorado de su polola y con ella pasaba parte de su tiempo. Los fines de
semana alegraba a todos en casa con los programas radiales bailables y los domingos
los consagraba al fútbol, jugando con la camiseta número nueve del Stronger, el mismo
equipo de su padre. En las canchas del fútbol campesino se encontraba también con
quien sería su compañero de armas y destino, José Bustamante.
Así como los inviernos eran para cazar o divertirse jugando con los niños que
encontrara, los veranos eran para bañarse en el río Diuto y disfrutar del calor, junto
con los tíos y primos que suelen visitarlos en periodo de vacaciones. Este descanso
se compartía con trabajo, ya que durante su último verano optó por laborar como
temporero, cosechando choclos en un campo cercano, con lo que pudo comprar las
cosas que necesitaría para ingresar al ejército.
Siempre decía que su ideal, a la hora de salir por primera vez de su casa, era
irse lejos de Los Ángeles y conocer otras realidades, ojalá ser trasladado hasta la más
apartada unidad militar a cumplir con su periodo de instrucción obligatoria, volviendo
a casa sólo cada seis meses. Pero el destino quiso otra cosa. Pese a sus deseos, Hugo
debió quedarse en la misma zona de donde era oriundo, en las filas del Regimiento
Reforzado número 17.
Fue así como el lunes 4 de abril partieron con su madre a las siete y media
de la mañana. Era el día en que se enrolaba y Marta no dudó en acompañar a su hijo
en una ceremonia que suponía muy breve y tras la cual retornaría de inmediato a sus
quehaceres domésticos en la casa. Se equivocó en pleno, porque fueron largas horas las que debió permanecer en el regimiento durante todo lo que fue el rito de inducción de los jóvenes y que consistió básicamente en que, mientras los hijos habían ya entrado
al regimiento, los padres veían en el gimnasio militar una serie de videos en pantalla
gigante donde les mostraban el aprendizaje que tendrían los reclutas.
A Marta le parecía estar en el cine, mirando todo lo que hacían esos soldados,
como artistas hollywoodenses, en una película que al propio Hugo le tocaría protagonizar.
En las imágenes les mostraron en qué consistía la campaña en la montaña, cómo
eran los refugios cordilleranos y cuáles los ejercicios más comunes que realizaban
los conscriptos. Pertenecían a las orgullosas filas de un regimiento con historia en la
cordillera y de legendarios “montañeses”, porque incluso hasta un par de años atrás, el
regimiento angelino ostentaba el título de unidad militar andina.
Ya cerca de ese mediodía de otoño los jóvenes desfilaron por primera vez ante
sus padres. Con el paso medio cambiado y cada uno con su particular estilo, pasaron
frente a la mirada orgullosa y emocionada de los padres, quienes los despedían para
dejarlos bajo el estricto cuidado de la institución castrense. La siguiente vez que vieron
a Hugo fue durante el primer domingo de visita, ya que no dejaban de acompañarlo
apenas tenían la oportunidad. Hugo se veía bien, contento y siempre sonriente. Su
madre, queriendo evitar que algo malo le ocurriera, aguardaba los momentos a solas
con él para interrogarlo y preguntarle si realmente estaba bien en el regimiento, si lo
maltrataban, si pasaba hambre o frío. Pero él nada de eso padecía o por lo menos, así
se lo aseguraba a su madre. Ni frío ni hambre. Incluso, durante el segundo domingo
de visita andaba con los bolsillos llenos de pan, que le habían dado de lo restante del
desayuno.
Nunca se quejaba y le presentaba orgulloso a sus padres los militares que
estaban a cargo de él. Fue así como Marta guarda hasta el día de hoy, una elegante
tarjeta de presentación del capitán de ejército, Carlos Olivares, a cargo de la compañía
de su hijo, quien se había preparado durante años para estar a cargo de los jóvenes que
habían llegado a servir a su país en esta zona.
Marta recuerda que para la ceremonia de entrega de armas fue toda la familia.
Hugo se veía orgulloso, claro que de eso se dieron cuenta cuando por fin pudieron
distinguirlo entre tanto joven con uniforme verde. Fue su padre el que reconoció la
silueta tan parecida a la de él mismo, porque era su propia figura remontada hacia atrás
en el tiempo, entonces sólo atinó a gritar un emocionado y trémulo: “¡Ahí está el hijo!”,
a su esposa y a sus niñas. Ahí pasaba su compañero, su Hugo, orgulloso. Sus pasos de
niño habían adquirido el tranco marcial, dejando atrás los días en que era un pequeño
de grandes ojos oscuros.
Esa ceremonia marca el inicio de lo que serían los últimos días en casa, porque
tras la entrega venía el primer fin de semana de franco. Aprovechó para estar con ellos,
visitar a sus abuelos y despedirse de su polola, Rosa. Esos son los últimos recuerdos
que guardan ellos, aunque su madre tuvo la oportunidad de estar a solas con él durante
esa misma semana.
El lunes 2 de mayo, Marta fue a dejarle una serie de utensilios que le habían
solicitado para la campaña en la cordillera: útiles de aseo, una linterna y chocolates,
formaban parte del cargamento. Eran las seis de la tarde de ese lunes cuando ella llegó
al regimiento a dejarle las cosas. Se presentó en la guardia, donde debió esperar largos
minutos antes de verlo. En el lugar, Hugo le confesó su temor.
-Mamita, tengo miedo.
-¿Y por qué hijo?
-Porque hay un niño que ingresó último al servicio, es medio “pajaroncito” y no
sabe usar el fusil.
-Pero Hugo, tú no te preocupes de los demás. Preocúpate solamente de ti
cuando te lleven para arriba y no si el niño sabe usar el fusil.
-Bueno mami, le encargo que se cuide, que cuide a las chiquillas y a todos,
porque usted sabe que yo los quiero.
-Yo también te quiero Hugo. Que Dios lo bendiga, hijo.
La montaña se ve desde la casa en Chacayal. Sólo basta dirigir la mirada hacia
el este para distinguir a lo lejos la blanca y azulada geografía. Hugo por primera vez
estaba en contacto con la nieve, ya que antes no había podido conocer ni el hielo ni
los cerros cordilleranos. Seguro está feliz en la campaña, pensaba su madre, mientras
recordaba las películas que le habían mostrado.
Habían pasado tan sólo cinco o seis semanas desde entonces, pero a ella le
parecía mucho más tiempo. Sin Hugo en casa, algo faltaba, se le extrañaba en el quehacer cotidiano y sabía que su esposo sentía lo mismo, porque se le había ido su compañero de labores y andanzas. Así era la vida en el campo y sabían que los hijos debían dejar el hogar en algún momento, aunque doliera verlos partir.
El lunes 16 de mayo Hugo cumplía diecinueve años. Marta, con la pena de no
tener a su hijo junto a ella, decidió ir al regimiento a preguntar si podía enviarle algún
saludo. Andaba en Los Ángeles con la menor de las niñas, haciendo las compras del
mes. Eran como las diez de la mañana, cuando ingresó a las dependencias ubicadas al
final de avenida Ercilla. Allí se encontró con el suboficial Arancibia, que permanecía en
la guardia del regimiento.
-¡Buu chiquilla! Recién terminé de comunicarme con Los Barros, pero a las
cuatro y media le doy el recado a tu hijo de parte de toda la familia: que vino su mamá
a saludarlo por su cumpleaños.
No pudo saber si le habían dado o no el recado. Y no hubo ni un presentimiento
ni nada que le avisara a Marta que algo malo ocurriría con su hijo. Absolutamente nada.
Ella estaba relativamente tranquila y, en realidad, el único temor que la acongojaba
era lo que el propio Hugo le había confesado, respecto a la torpeza de algunos de sus
compañeros para maniobrar con el armamento.
Lo inesperado apareció de golpe dos días después, el miércoles 18, mientras
ella sintonizaba Radio La Amistad de Los Ángeles. Para paliar el monótono transcurrir
de los fríos días en el campo, Marta escuchaba un programa de rancheras con su hija.
A eso de las cuatro y media se suspendieron de improviso las trágicas narraciones de
amores y pistoleros, para dar paso a una historia que para ella fue infinitamente peor.
El primer anuncio que terminó con su calma fue el de un accidente en Los Barros.
Un segundo reporte ya hablaba de la Compañía de Morteros y de algunos militares
muertos.
Poco antes del anochecer partieron hasta el regimiento para preguntar qué era
lo que había ocurrido. Estuvieron hasta pasadas la una de la mañana y no supieron nada en concreto. Volvieron al día siguiente y al otro también. Vieron cómo llegaron algunas compañías, sin que apareciera Hugo en ningún lado. En la única parte que figuró fue en el listado del personal disperso en la cordillera. Más tarde les dijeron que sólo un milagro mantendría con vida a los que aparecían en esa lista.
Alcanzaron a ir dos días al regimiento para ver si lo habían encontrado. El
domingo 22, los llamaron al celular de la casa. Eran los militares, quienes les insistieron
en la importancia que fueran a la reunión de las veinte horas, donde se leía el listado
de los jóvenes que habían sido encontrados ese día congelados en la cordillera. Marta
comprendió que la insistencia del llamado telefónico no podía ser más elocuente: habían encontrado a Hugo.
No quiso decirle nada a su esposo, pero igual lo apremió para que fueran.
Su corazón no podía latir más fuerte durante el trayecto que le pareció eterno. Allá,
en medio de esas frías paredes en que se juega a la guerra, debieron reconocerlo. De
chaleco y pantalones, a ella le pareció que el hijo no estaba tan frío. Lo revisó como
cuando pequeño y notó que no tenía signos de golpes ni nada raro en su cuerpo. Es
más, todo parecía indicar que se quedó plácidamente dormido en medio de la tormenta
blanca. Incluso ahí, en el macabro procedimiento para certificar su identidad, en el
macabro rito por el cual sus padres se enfrentaban a la peor realidad que podía tocarles, Hugo parecía dormir sin ningún atisbo de preocupación. Y así lo vieron todos durante el velatorio en su casa y, luego, en la misa fúnebre que le hicieron en la Parroquia San Francisco de Los Ángeles. Lo sepultaron en el Cementerio General de esta ciudad, donde Hugo descansa junto a una decena de camaradas de muerte.
La vida se hizo difícil, luego que uno de los suyos había sido apartado para
siempre. Quedaba en la casa su lugar en el dormitorio, su música, su puesto en la mesa,
su risa marcada en las paredes de madera, sus sueños de convertirse en militar, la
promesa de convertirse en un hombre grande y fuerte como su padre.
Pero antes de partir y quizás presintiendo que el destino iba a poner su punto
final, el soldado dejó su simiente en Rosa. Ocho meses después que la muerte pusiera
su lápida de hielo, la vida nuevamente renació. El niño, bautizado como Javier Antonio,
llegó a recordar el eterno ciclo de la naturaleza.
Finalmente Hugo se había ido, pero no del todo ni para siempre.

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