12. Cristian Marcelo Mendoza Concha

Relato basado en el testimonio de su madre Sonia

Cristian Marcelo Mendoza Concha

Cristian Marcelo Mendoza Concha

El viernes que precedió a la primera visita que le realizaría a su hijo en el
regimiento, Sonia tuvo un sueño extraño. Soñó que viajaba desde su casa en el sector
de La Hijuela, en Quilleco, y sin motivo aparente se trasladaba al lugar donde vivía
Mónica, la madre del soldado Ángel Saavedra Troncoso, en Villa Mercedes. Alguien
la llamaba a su celular. Era un oficial del ejército que le decía: “Señora Sonia, acaba de
pasar un accidente y su hijo está muy, pero muy mal”. Sonia se desesperaba y en lugar
de llamar a su marido, José Luciano, buscaba a un tío carabinero para que le diera
mayor información. Gritaba y lloraba. Fue tanta su angustia que despertó, se levantó
como pudo desde su cama, desafiando la cerrada oscuridad de la noche campesina y su
dificultad para andar, y se fue a tomar agua. Pero la sensación no cesó. Quedó con el
temor durante largas semanas.
¡Cómo se rió Cristian, su negrito, cuando ella le contó su sueño dos días más
tarde! Era casi mediados de abril y él hacía sus primeras semanas de acuartelamiento en el Regimiento número 17 Los Ángeles. Cumpliendo su anhelo quedó en la Compañía
Andina, justo la que deseaba, porque un amigo le había dicho que en esa unidad
estaría “donde las papas queman”. Así se lo aseguró a su madre cuando le contó que se
transformaría en un andino, porque quería hacer el servicio militar.
Pero el verdadero objetivo de Cristian era cumplir con el proceso de instrucción
obligatoria para convertirse luego en carabinero. Sabía que le faltaba algo de estatura,
entonces suponía que el ejercicio físico y la disciplina militar lo harían crecer durante
ese año.
-Lo del servicio es decisión tuya, pero si quieres hacerlo, lo haces y si no, no.
Ahí buscaremos el medio para que no lo hagas.
-Es que alguna cosa tengo que hacer, no me voy a quedar en el campo.
Había terminado su cuarto medio en el liceo de Antuco, donde le entregaron
formación científica humanista. Pese a que su mamá intentó convencerlo de cambiarlo
al Liceo Agrícola El Huertón, Cristian no quiso. Llevaba demasiado tiempo estudiando
en Antuco, siempre interno; fue en cuarto medio que dimensionó que debía hacer algo
con su vida.
-Mamá, yo no tengo ninguna profesión. No estudié nada.
Lejos de mirar esta realidad como un obstáculo, el joven se había entusiasmado
con seguir en alguna rama de las Fuerzas Armadas. Habían ido desde las diversas
instituciones a llevarles folletos al liceo y él se había encandilado con el uniforme verde
de los carabineros. Para esto, el servicio era como una puerta de entrada. Claro que
tenía su segunda opción, porque de no quedar, seguiría haciendo carrera en el ejército.
Acostumbrado a vivir fuera de su casa, siempre interno en el liceo, para Cristian
el servicio no requeriría de mayores esfuerzos. Tenía buen carácter, así es que su madre no temía por los problemas de disciplina que pudiera presentar. Bastaba con recordar cómo era en casa, siempre sacándole una sonrisa al papá o a ella misma. Con el viejo jugaban juntos, si veía demasiado gruñón a su padre con el trabajo en el campo, lo encaraba diciéndole: “A ver, ¿cómo es la cosa aquí?” y lo empujaba para jugar, al final
terminaban los dos riéndose.
-Si yo no sé para qué se hacen tanto problema ustedes: la vida es para vivirla y
pasarlo bien.
A ella la buscaba siempre para hacerle bromas. Robusta y, con un problema en
sus caderas, debía ingeniárselas para arrancar cuando él se empapaba el pelo y jugaba al “perrito mojado”, sacudiéndose al lado de ella para salpicarla. Sonia arrancaba en medio de las piezas de madera construidas en La Hijuela y por el extenso patio de campo lleno de árboles y flores. Cuando no era para mojarla, se le acercaba solapadamente y le raspaba el brazo con su barba, cosa de irritarla.
Desde el embarazo que Cristian la había hecho sentir distinta, con una sensación
de alegría infinita, de plenitud que nunca antes ni después sintió. Y muy probablemente
la sensación era recíproca, porque él sabía que contaba con la paciencia de su madre
para sus juegos. La seguía por el callejón para hacerle cosquillas, tomarle las manos,
alegrarle el día con algún chiste, ayudarle a picar la leña o a buscar agua.
Poco antes de irse a enrolar en abril, Cristian buscó la manera de alivianarle
el trabajo a Sonia, ya que su salud no era la mejor y debía operarse nuevamente de la
cadera. Siempre criaban algunos animales en el campo y con el dinero de la venta de
una ternera le pidió a su mamá que comprara un motor para extraer el agua, evitando
que ella debiera acarrearla de un lado para otro, como lo hacían a diario. El gesto
emocionó a su madre, aunque no le extrañó, porque siempre que él ganaba algo de
dinero, le entregaba una parte para ayudarla con los gastos domésticos.
La venta de animales volvió a salvarlo cuando le pidieron una serie de utensilios
que debía adquirir para lo que sería su primera campaña. Llevaba casi cuatro semanas
de instrucción, ya había recibido su arma y se preparaba para ir a Los Barros. Para Sonia todo iba demasiado rápido. Comparaba estos tiempos con los que había vivido el mayor de sus hijos, Luciano, el año anterior, cuando hizo el servicio militar en la Compañía de Ingenieros del mismo regimiento. Ella hubiese apostado que no los habían llevado tan rápido a la cordillera el 2004. Pero a Cristian todo le parecía normal y estaba feliz, a pesar de que ni el lugar ni la nieve eran para él una novedad y que además estaba medio resfriado al momento de partir.
Era el primer fin de semana que pasaba en su casa desde que se había ido al
ejército. Había regresado a fines de abril, todo orgulloso, saludando a los parientes con
su uniforme de soldado. Le había llevado de regalo a su mamá una bebida “heladita”
para que compartieran. Se levantó temprano esos días y junto a su hermana Carolina
lavaron toda la ropa que traía sucia y que debía llevar a la campaña. Lo único que le
pidió a su madre fue que le reforzara la costura de la mochila. Quería estar seguro
que todo funcionaría bien en Los Barros, que no tendría ningún inconveniente. Estaba
contento y relataba a su familia las aventuras que vivía dentro del regimiento. Se veía
feliz. La venta de unos lechones le permitió contar con dinero para comprar linterna,
nylon y chocolates que le habían pedido. Ese domingo su padre quería hacer un asado
antes que él se fuera, pero Cristian le recordó que debía partir temprano.
-No me voy a poder quedar, pero usted me guarda carne para que cuando
vuelva de Los Barros nos podamos comer un asadito.
En eso quedaron. Sonia tenía el refrigerador con carne, chicha, yogurt y
chocolates para su regreso. Cristian se despidió alegre, pero se devolvió a buscar una
crucecita que se colgaba a su cuello. Su madre aprovechó para bendecirlo.
-Hijo, cuídese.
-Si mamá, no ve que los andinos estamos bien preparados para la montaña y no
nos va a pasar nada.
-Pero cuídate.
-¡Ah! Todo el mundo me dice lo mismo.
-Te decimos lo mismo porque te queremos y ¿qué va a hacer mami sin su
negrito?
-¡Qué tanto! Si se muere su negrito, pasa a una mejor vida.
Tomó su mochila y se fue con su cara sonriente.
Ya en Los Ángeles alcanzó a despedirse de todos sus parientes, antes de tener
que irse al regimiento. Le ofrecieron ir a dejarlo en auto, pero él optó por caminar con
la mochila llena de cosas, para entrenar y acostumbrarse a caminar con peso.
Eso fue lo último que su familia supo de él.
-Ya estás con tus presentimientos raros, todo porque el cabro está allá arriba.
Su marido la reprendía, porque se vivía acordando del hijo. Durante esas
semanas de campaña en Los Barros el tiempo había estado medio malo y hacía mucho
frío en el campo quillecano. Sonia podía mirar hacia el este y, no muy lejos de ella, divisar la montaña gris en días nublados o la roca cordillerana azul, cuando los días estaban tímidamente soleados, como ocurre a finales de otoño en esta tierra campesina.
Pero sus presentimientos no eran vanos. Había vuelto a tener un sueño
extraño. Esta vez fueron unos sacos blancos que flotaban sobre el agua cristalina del
río que pasa junto a la casa de su comadre. Sonia se veía en un puente y divisaba los
sacos plásticos flotando. Tomaba un bastón y comenzaba a sacarlos para que el agua
siguiera circulando libremente y no se “apozara”. Luego veía camas blancas y rojas.
“Qué raro” se decía ella en el sueño, mientras llamaba a su comadre para que saliera y
viera lo mismo que ella estaba presenciando, pero no salía nunca. Y Sonia se despertó
llamándola.
-Tú sueñas de puro preocupada que andas por los cabros allá arriba.
-Viejo, es que quizás dónde estará mi negrito.
-Ahí, por ahí debe estar perdido.
Fue un día como cualquiera de los de esas semanas de campaña, que ella estaba
tejiendo tranquilamente en su casa. Unos pasos apurados la sacaron de sus pensamientos para volverla rápidamente a la realidad. Era su compadre que venía a urgirla para que sintonizara alguna radio con noticias y escuchara lo que estaba ocurriendo.
-Pasó un accidente con los milicos, se les volcó un camión allá arriba y dicen
que hay como cinco muertos.
Sonia sintió como si “le sacaran de un tirón la piel de la espalda”. El frío la
paralizó. Creyó que entraba en una burbuja de pesadillas en la que quedaría atrapada
para siempre.
No tardó en llegar su esposo. Le dijo que estuviera tranquila, porque él se había
comunicado con el regimiento y le habían dicho que los andinos se encontraban bien, el
problema estaba con los morteros.
-No, no puede ser. No creo que sea como te dicen, ¿por qué entonces tengo esta
angustia tan grande?
-Son puras tonteras tuyas, que andas preocupada desde que se fue.
En ese instante sintieron un ruido fuerte y seco. Fue como si hubiese caído
una piedra grande en el dormitorio. Un miedo supersticioso se hizo presente en
ellos y Sonia sintió en el ruido la confirmación a todos sus temores que ni siquiera se
atrevía a mencionar. Optaron por estar pendientes de las noticias e ir al día siguiente al
regimiento en Los Ángeles.
La espera en el gimnasio militar fue peor de lo que hubiese imaginado, porque
en cada rostro de soldado que veía, a Sonia le parecía reconocer a su Cristian. Sin
embargo, esta asfixiante agonía no se extendió por mucho tiempo para ellos, porque su
negrito fue el primer soldado que encontraron en la cordillera, luego de Bustamante.
Lo bajaron pronto y su hermana Carolina lo reconoció. Sonia quiso ir a vestirlo, pero
no la dejaron; lo hizo su marido. Cuando ella lo vio, ya lucía tal como era en vida, tal
como era en los momentos cotidianos que vivían en el campo. Su rostro moreno y joven
parecía dormido en forma plácida, su madre incluso le reconocía una sonrisa.
-Viste, viste negrito, me sigues haciendo trampa. Te fuiste tú primero.
Entre llantos, Sonia recordó las palabras con que su hijo la molestaba
siempre.
-Usted señora es tan rejodida, que cuando se muera yo la voy a quemar y la voy
a poner en un reloj de arena, para que siga trabajando después de muerta. Se acordaba
y más lloraba.
-Te moriste y me dejaste a mí trabajando en esta vida, tramposo. Siempre
andabas con tus travesuras para sorprenderme. Pero ahora, nunca más.
A diferencia de otras madres, a los pocos meses, Sonia ya había asumido la
muerte de Cristian. Podía pronunciar, aunque con voz queda y baja, que su hijo había
muerto, frase que las demás mujeres difícilmente podían mencionar cuando conversaban de su dolor. Sin sicólogo ni ayuda de especialistas, su terapia consistió en aplicar las sabias enseñanzas maternas que desde siempre le previnieron que Dios suele quitar a las personas lo que más quieren. Por eso, su madre le decía que el dolor debía confrontarlo para que no permaneciera con ella, como una pesada mochila que la fatigaría en su andar. Era mejor dejar sólo las cosas buenas que regala la vida.
Junto con estas enseñanzas, Sonia ideó su propia terapia escribiendo todos los
18 de cada mes una carta a su hijo. En un papel que luego quema, le cuenta todas las
novedades que hay en la casa, lo que ha estado haciendo ella y el resto de la familia
durante ese último periodo. La frase final es siempre la misma: Un abrazo de todos
nosotros, desde la tierra hasta la eternidad.
Sonia sonríe bastante y llora poco. A su marido en algún momento se le acabaron
las fuerzas para vivir, pero ella le recordó que aún quedaban hijos que cuidar. Lo difícil
fue aceptar que su hija Carolina quisiera ingresar al ejército, sabiendo por todo lo que
había pasado su hermano. Pero la joven era mayor de edad y Sonia sintió que no quedaba más que apoyarla en lo que decidiera, con el temor a que la historia volviera a repetirse con la menor de los suyos. Carolina partió, la vida siguió su cotidiano devenir y los meses han apaciguado el dolor enceguecedor que Sonia sintió en un primer momento ante la muerte. Sabe que el dolor pasará, pero con la misma certeza asume que el vacío dejado por la partida del hijo no se llenará nunca, aunque ella siga sonriente y escaseen las lágrimas en sus ojos de madre.

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