10. Guillermo del Carmen Gacitúa Quijada

Relato basado en el testimonio de su hermano Pablo

Guillermo del Carmen Gacitúa Quijada

Guillermo del Carmen Gacitúa Quijada

Guillermo Gacitúa había empezado a trabajar a los catorce años, siguiendo los
pasos de sus hermanos Pablo y Segundo. Los inviernos los ocupaban en el campo, pero
desde hacía años que en los veranos los hijos de la familia Gacitúa Quijada trabajaban de muy temprano en la mañana hasta entrada la noche, de lunes a domingo, en una labor un tanto atípica, pero relacionada con el sector donde vivían: los chicos fotografiaban a los turistas que pasaban por los Saltos del Laja. Fue así como Guillermo guió a caballo y retrató a miles de visitantes que buscaban dar un paseo por las inmediaciones de las cataratas, registrando para siempre el instante en que tenían como telón de fondo, las entonces impresionantes cascadas de agua.
Guillermo trabajaba para Don Esteban, dueño del negocio de fotografías. Al
patrón le gustaba como trabajaban los Gacitúa, por eso, año a año los mandaba a buscar a la casa en el campo. Necesitaba ayuda porque el negocio no daba abasto en los veranos y los jóvenes nunca le fallaron.
Se quedaba hasta tarde trabajando en el Salto y después pasaba a las discotecas,
con uno o dos amigos, razón por la que su hermano Pablo siempre lo aconsejaba para
que no desaprovechara su tiempo y su trabajo. Guillermo sí que sabía gozar la vida y
de eso a Pablo nunca le cupo alguna duda. No obstante, siempre mantuvo su carácter
sumiso ante él, frente a sus reconvenciones no decía nada, agachaba la cabeza y nunca
le levantaba la voz. Tan cercana era su relación, que lo había elegido como su padrino
de confirmación.
Entre la numerosa familia eran los más compañeros. Juntos soportaban los
constantes retos de su padre, Rómulo, quien consideraba que ambos constituían una
especie de “ovejas negras” para el resto de los hermanos, porque a Pablo también le
gustaba salir y divertirse. Estos afanes los complementaba Guillermo con la pesca,
la música sound y ver el fútbol cuando se podía, o bien, pasar horas jugando con el
hermano menor, Miguel, quien solo tenía dos años.
Guillermo se había ofrecido como voluntario para hacer el servicio militar
porque, al igual que a otros jóvenes de su promoción, cosideraba que era una verdadera posibilidad de estabilidad laboral, buenos sueldos y aportar a su familia, principalmente para que sus hermanos chicos no se vieran obligados a dejar el colegio, como le había sucedido a él. Su último salario lo ocupó en comprar ropa y útiles escolares para que a los más pequeños no les faltara nada.
Partió solo a enrolarse. Nadie en su casa podía acompañarlo, pero él se fue
feliz a cumplir con su sueño al regimiento angelino. Y feliz lo vieron todos los fines de
semana que fueron a visitarlo su madre Sabina y sus hermanos Pablo y Miguel. Nunca
contó que lo pasara mal, que debiera soportar frío o hambre. Al contrario, siempre se
mostró contento de ser militar y orgulloso de estar en la Compañía Andina. Incluso,
estaba inscrito para terminar su enseñanza media, estudiando en el regimiento.
Tan feliz estaba, que para la ceremonia de entrega de armas lo que más le pidió
a Pablo fue que llevara una cámara y el rollo para tomarle fotografías.
En cuanto lo vio,fue lo primero que le preguntó a su hermano mayor.
-No, sabes que no traje ninguna cámara- le respondió Pablo.
Su rostro se contrajo. Él quería registrar ese día como uno de los más
importantes de su vida, como se fotografían las grandes ocasiones o los momentos
alegres, de la misma manera que los turistas lo hacían en los Saltos del Laja.
-No Guillermo, no te enojís, si es una broma hermano. Aquí está la cámara.
El abrazo de Pablo y su risa le hicieron comprender que era una broma. Una
mala broma. Pero en fin, rió y su ánimo se distendió. Era un gran día y habían venido
sus padres y Miguel, quienes se quedaron con él hasta que la ceremonia culminó.
Una vez terminado el acto en que recibió su fusil, la familia se retiró. Pablo
decidió esperarlo hasta que saliera, porque era el primer fin de semana de franco, así
es que irían a la casa a pasar esos días antes de prepararse para la campaña en Los
Barros.
-¿Estás contento Guillermo?- le preguntó su hermano mayor.
-Sí pus, estoy feliz. Más encima voy a conocer la nieve, ¿qué mejor?
Sonrió.
-Pablo, te invito a comer, hoy no nos han dado nada y tengo hambre. Yo tengo
unas monedas.
-No te preocupís Pablo. Vamos y yo te invito.
Comieron y disfrutaron juntos esa tarde hasta llegar a casa. Como si hubiese
sido una bonita despedida, ya de noche en el dormitorio, se pusieron a escuchar música.
Guillermo contaba sus historias militares, las levantadas poco después de las seis de la
mañana, los dormitorios llenos de literas, los ejercicios físicos, las mujeres soldados de
las otras compañías, la inminente subida a Los Barros, donde conocería la nieve y les
habían prometido más aporreos que nunca. La noche pasaba rápida entre historias y
bebidas. A Pablo le bajó la melancolía y sintió una urgente necesidad de pedirle perdón
a Guillermo, por todas las veces que lo había tratado con brusquedad estando ambos en casa.
-No Pablo, no te preocupís. Si lo que me decías estaba bien y siempre era por
algo.
Casi amanecieron conversando. Pablo recordaba cuando Guillermo era guagua
y estaba bajo su cuidado. Una vez se distrajo y su hermano menor desapareció, para la
angustia de su madre. Lo encontraron en un canal, flotando boca abajo y lo alcanzaron a sacar antes que ingresara a un tubo de desagüe desde donde sabían que no lo rescatarían con vida. Pero para entonces, el pavor los había dominado a todos, incluyendo a Pablo que no entendía cómo su hermano menor desapareció tan rápido. A sus cinco años una punzada de culpabilidad lo hirió. Pero ante el estupor de todos, Guillermo salió del agua riéndose, como si se hubiese burlado de quienes se asustaron con su repentina desaparición.
Años después, los hermanos seguían unidos como siempre, pero esa mañana que
sucedió a la noche de recuerdos y relatos, Pablo debía viajar, así es que sería el último
instante que compartieron juntos. La siguiente vez que volvió a ver a su hermano venía
congelado y para entonces ninguna sonrisa iluminaba su rostro.
De lo que pasó dieciocho días después, Pablo se enteró por las noticias. Se había
quedado sin trabajo, así es que miércoles, jueves y viernes se los pasó entre su casa en el campo y el gimnasio militar. Para él la espera tenía algo de agonía. Aunque en un primer momento su familia se quedó tranquila, pensando que el “accidente” había tocado sólo a los morteros, Pablo nunca lo creyó, porque sabía que eran muchos los soldados que estaban arriba como para que sólo cinco hubiesen sido los afectados. Sin embargo, mantenía las esperanzas, como buen católico, en algún milagro que permitiera que su hermano se salvara del temporal de nieve, la misma nieve que no había visto antes en su vida.
Su hermano retornó días después y Pablo estaba allí esperándolo. Pese a que lo
sabía muerto, no pudo evitar acercarse a tocarlo y lo que sintió le pareció mentira. Era
como si Guillermo hubiese estado en un refrigerador. Irreal, pero palpable, la muerte
estaba allí, quitándole a su compañero más entrañable, el de los carretes, los retos
soportados juntos y los días en el campo jugando a los pistoleros y a la escondida.
Hubo que llevar a Guillermo hasta la casa, para velarlo en la misma capilla
donde asistía la familia y sepultarlo junto a otros soldados, en el Cementerio General
de Los Ángeles. En el rito de despedida fue Pablo quien sacó su voz grave para despedir
a su compañero de toda la vida.
“Dios ha mandado a cortar las flores más bonitas para su jardín y entre esas
flores, estamos seguros que está la de nuestro soldado Guillermo”.
De la misma forma como llega la noche o como se asoma el temporal en el
campo, sus días se transformaron en sombra. Sombra que sólo es iluminada por los
sueños que Pablo y Miguel tienen con su hermano. Cada tarde, la luz llega cuando se
sienta toda la familia a la intemperie, en el “descanso” que le hicieron a la entrada de la
parcela, encienden velas y se quedan ahí a la espera que, en una de esas, Guillermo, el
hermano soldado y a ese que la gente llama héroe, se decida a volver de la cordillera.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s